
Antes de dar mi primer paso por meta, encendí los limpiaparabrisas sin querer. Mis manos estaban nerviosas, hacían lo mismo que mi corazón, vibrar. Antes de bajar la cuesta del túnel lo soluciono y busco pasar por la recta al máximo ritmo posible. No cambio a tiempo y llego al corte de inyección. Vaya, ha sido un poco brusco.
La transmisión pasa a cuarta, pero de forma un poco lenta. De segunda a tercera es rápido, de tercera a cuarta no, hay que hacerlo a mano y antes de que suceda ese punto, o perderemos unas décimas de segundo. El automático es un convertidor de par, pero va mucho mejor de lo que yo esperaba. Casi sentía que llevaba un DSG.
Paso línea de meta y acaricio los 193 km/h, no he llegado aún a insertar la quinta. Es más, no lo hice en todo el día. Me quedaban por delante dos vueltas más, y me concentré en disfrutarlas al máximo posible. Que no os quepa duda que así fue, tenía que gozar ese momento tan difícil de repetir.











