Los que vivimos los coches de verdad sabemos de qué va esto: en ocasiones, son más que metal y ruedas. Te acompañan, te definen, y sin saber muy bien cómo, terminan ocupando un hueco en tu vida. Casi como un miembro más de la familia. Obviamente, es una relación de sentido único, el coche pasa de ti, es su naturaleza. Hasta que Toyota decidió darle la vuelta a eso.
En el Salón del Automóvil de Tokio de 2001, la marca japonesa presentó el Toyota Pod, un concept car capaz de desarrollar un vínculo emocional real con su conductor. No es una metáfora. No es marketing. Era tecnología diseñada, literalmente, para que el coche te correspondiera.
No es un coche, es un amigo
“El POD está llamado a convertirse en su compañero, capaz de descifrar sus emociones y mejorar a su lado, como un verdadero amigo o un miembro de su familia” rezaba el comunicado de prensa de Toyota de la época. Con este prototipo de coche inteligente desarrollado por Sony y Toyota, presentado en el Salón de Tokio de 2001, ya no se trata de considerar el coche como un simple montón de chatarra, sino casi como una persona.
De color gris azulado y con diodos luminosos en el capó que cambian de color “según su estado de ánimo”, een sta cápsula con aspecto de biscúter gigante cada detalle del coche fue diseñado para ofrecer algún tipo de conexión emocional.
El interior, de un azul eléctrico intenso, recuerda más a uno de esos hoteles cápsula tan populares en Japón que al habitáculo de un coche convencional. Los asientos pueden orientarse en cualquier dirección. La conducción se realiza mediante una empuñadura similar a un joystick, que sustituye al volante tradicional. El salpicadero es una pantalla táctil que, además de ofrecer la información habitual (velocidad, nivel de combustible, etc), monitoriza el nivel de sudoración, el estado de irritación, el tono de la voz del conductor.
Pero la gracia del POD no era sólo que fuera amable con el conductor y sus pasajeros, también con el resto de usuarios de la vía. El coche disponía de un sistema mediante el cual la parte trasera del coche incorporaría señales de tráfico humanizadas, es decir, que recuerdan a caras humanas, algo que ya vemos casi siempre en todos los coches por el fenómeno de pareidolia.
Si el conductor le cerraba el paso a alguien por accidente, porque no lo habías visto o simplemente te habías despistado, este podía pedirle disculpas, guiñarle un ojo, sonreírle o incluso mostrarle tu desaprobación.
Toyota Pod expresando alegría (izquierda) y enfado (derecha).
Y es que en el fondo, en un coche estamos increíblemente limitados en cuanto a formas de comunicación con el entorno lo cual puede dar lugar a no pocos malentendidos.
Tenemos los intermitentes para indicar nuestra intención de girar (aunque no todo el mundo los usa), podemos hacer ráfagas con las luces para avisar o quejarnos, tocar el claxon o poner los warning para avisar de un peligro, dar las gracias o simplemente para decir “sí ya sé que estoy en doble fila y molestó, pero me da igual”, a no ser qué signifiquen “perdón, lo sé, molestó, pero es urgente”.
La idea es que, si pudiéramos disponer de esa gama más humana de emociones y gestos, quizás las relaciones al volante serían bastante más humanas, más cordiales.
Así que el Toyota POD tenía, por ejemplo, una serie de tiras de luces exteriores que se iluminarían en naranja cuando el conductor está feliz, e incluso una "cola" en la parte trasera que se movía como la de un perro cuando está contento. Cuando el conductor está enfadado, esas luces se pondrían rojas y bajarían unas cubiertas sobre los faros para darle una mirada enfadada.
No solo podía reflejar las emociones de su conductor, sino que el coche en sí podía expresar más de 10 expresiones diferentes. Imagina que dejas el vehículo aparcado y te alejas: las tiras se iluminarían en azul con lágrimas bajando por las pantallas LED de los laterales, resbalando por sus ojos tristes.
'A medida que el tráfico se intensifique y aumente el uso de vehículos', reza la solicitud de patente estadounidense, 'los vehículos con funciones expresivas, como llorar o reír, al igual que las personas y otros animales, podrían crear una atmósfera alegre y orgánica, en lugar del simple ir y venir de vehículos inorgánicos'.
Toyota Pod expresando tristeza
Las intenciones son loables, pero tener más señales no equivale necesariamente a más claridad. Habría que aprenderlas, procesarlas y, aun así, interpretarlas correctamente, algo que ni siquiera el claxon, con décadas de uso, ha logrado garantizar. Peor aún: expresar enfado en plena circulación podría encender la mecha en lugar de apagarla.
Y es que tratamos a nuestro coche como una extensión de nuestra casa que circula por la vía pública, sigue siendo nuestra esfera privada, de modo que cuando otros se comportan de forma grosera, se siente como una intrusión en un espacio personal e íntimo.
Además, los conductores, recuerdan en este estudio de UCLA, pueden sentir que, cuando otro realiza una maniobra incorrecta que les afecta, como cerrarles el paso o incorporarse sin respetar el ceda el paso, éstos se ven obligados a "comersela", lo que genera una sensación de inferioridad dentro de una jerarquía social momentánea.
Toyota intentó hacer un mundo más amable, más humano, menos raro y le salió, como era de esperar, un coche con cara, pero también un poco rana.
Imágenes | Toyota
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