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Jamás dejaría mi coche a un aparcacoches... (una de esas frases que me tuve que tragar)
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Jamás dejaría mi coche a un aparcacoches... (una de esas frases que me tuve que tragar)

El de aparcacoches es un tipo de servicio que no siempre agrada a todo el mundo. Si tienes un mínimo de aprecio por tu coche, sabrás que dejárselo a un desconocido para que te lo aparque, no es algo cómodo. Cada vez más habituales en locales de alto standing, puertas de hoteles de lujo o restaurantes de zonas donde es complicado aparcar, sabes que tarde o temprano tendrás que dejar tu coche en manos de uno de ellos.

Al menos eso es lo que me dice la experiencia personal. Yo era reticente a dejar los coches a los aparcacoches, básicamente porque no me siento cómodo cuando otra persona, por muy experta que sea, se queda con mi bien más preciado. Me quedo intranquilo aunque sea el mismísimo Lewis Hamilton el que recoge las llaves y se va con el...

¿Dónde hay aparcacoches?

Antiguamente los aparcacoches eran exclusivos de los locales más elitistas de las grandes ciudades. Los mejores restaurantes, las discotecas más cool o los hoteles de cinco estrellas ofrecían ese servicio a sus clientes, para que a su llegada a la puerta, no tuviesen que preocuparse de nada más que disfrutar de la experiencia.

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Poco a poco, el servicio de aparcacoches se ha ido extendiendo más allá de estos locales de alto nivel, y hoy en día es habitual ver aparcacoches en locales más asequibles, especialmente los situados en zonas donde aparcar el coche puede llegar a convertirse en un impedimento para que acudas. Tu llegas, le dejas la llave y ellos se encargan de todo.

No tienes que preocuparte de los dichosos tickets de la hora ni de buscar un hueco donde aparcar tu coche. Cuando salgas, el aparcacoches te entregará las llaves y te indicará dónde está tu coche. Así de sencillo. Tu le das una propina y asunto resuelto. No parece un mal servicio, ¿verdad?

Aparcamientos de larga estancia y parking donde tienes que dejar las llaves

Además hay otro tipo de ocasiones en los que tienes que recurrir al servicio de aparcacoches y dejar tu pequeñín en manos de un desconocido. Hablo por ejemplo de los servicios de aparcamiento de larga estancia, cada vez más habituales en aeropuertos o estaciones de tren.

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El modo de funcionamiento de esos servicios es muy sencillo. Sabiendo a que hora tienes tu tren o avión, contratas con ellos a través de web o teléfono un servicio de aparcamiento de larga estancia y te diriges al sitio concertado para dejar tu coche, por norma general enfrente de la estación o aeropuerto pertinente.

Tras firmar un par de papeles conforme les cedes la custodia de tu coche hasta tu regreso, verás como aquel hombre de chaleco naranja se lo lleva hasta un aparcamiento más o menos cercano. Miedo, ¿verdad?

Otro tipo de sitios donde tienes que dejar tu coche en manos de otro, son los aparcamientos que obligan a dejar las llaves para que ellos, como jugando al tetris con los coches, los muevan a su antojo para maximizar la capacidad de aparcamiento.

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Muy habituales en ciudades como Madrid, este tipo de aparcamientos son los que personalmente me ponen más nervioso y me generan más intranquilidad. Por norma general suelen ser los que están en peores condiciones, los más estrechos, complicados de aparcar, mal iluminados...y curiosamente los más caros.

Se aprovechan de estar situados en zonas especialmente complicadas para encontrar aparcamiento, y por lo general no suele haber alternativas en forma de aparcamientos más tradicionales en los que tú metes el coche y te llevas las llaves en el bolsillo con total tranquilidad.

Mi experiencia con un aparcacoches que quería ser probador de coches

Aunque como decía al comienzo de este artículo, yo era reticente a dejar mi coche a un aparcacoches, lo cierto es que la experiencia me ha enseñado que tarde o temprano tendrás que utilizar sus servicios. Os voy a contar una experiencia curiosa que tuve la primera vez que dejé el coche en manos de un "profesional del aparcamiento" en la puerta de un restaurante de Madrid.

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Eran las diez de la noche de un viernes, y habíamos quedado para cenar un grupo de amigos en un céntrico restaurante. El tráfico aquel día era muy intenso, como cualquier noche de viernes en la época pre-crisis en las calles de la capital del país. Tras tardar más de 45 minutos en hacer un recorrido que con tráfico fluído no hubiese supuesto más de 15 minutos, me encontré con que faltaban cinco minutos para la hora de la cita y no había ningún sitio donde aparcar.

Cinco vueltas a la manzana y varios intentos de encontrar un aparcamiento con plazas disponibles hicieron que la desesperación al volante de aquella potente berlina alemana fuese en aumento. Todos los aparcamientos lucían el cartel de "completo" y los minutos pasaban más allá de la hora de la cita.

De repente, un hombre con chaleco reflectante naranja se acercó al coche y me dijo: "¿Viene usted al restaurante?", ofreciéndose a hacerse cargo de mi coche. Evidentemente no podía decirle que no ante aquella situación, así que con la inevitable intranquilidad que suponía la situación, cambié las llaves de aquella berlina de 420 caballos por una ficha de plástico con el número 34.

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Como de costumbre, la mitad de mis amigos llegaron más tarde que yo a la cena. Tomando un refresco mientras les esperaba, trataba de olvidar que le había dejado el coche a aquel desconocido a cambio de 30 gramos de plástico, trataba de no estirar más el cuello para ver el coche por la ventana, trataba de no preocuparme por aquella preciosa berlina deportiva de color azul tan jugosa para cualquiera que le gusten los coches.

A los diez minutos llegó otro de mis amigos, al cual le gustan bastante los coches. Nada más entrar y saludar al resto de comensales, me saludó y me dijo: "Acabo de ver un Audi RS4 de los nuevos". Con una sonrisa en la boca le dije: "¿El azul que está aparcado en la puerta? Es el que estoy probando esta semana", a lo cual me contestó: "¿En la puerta? Que va, me pasó por hace 5 minutos por la calle a toda velocidad haciendo un ruido escandaloso".

Sin pensármelo ni un segundo, salí a la calle y allí estaba el Audi RS4 aparcado. Me acerqué al aparcacoches y le pregunté si había movido el coche, a lo que me contestó que solamente había dado una vuelta a la manzana para aparcarlo en donde estaba. "¿Una vuelta a la manzana? ¿Vuelta rápida o vuelta de calentamiento?" pensé para mi.

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Más tarde confirmé que aquel Audi RS4 que estaba probando, era la única unidad matriculada en nuestro país, así que el que había visto mi amigo haciendo una "vuelta rápida" era el coche que había dejado en manos del aparcacoches del restaurante, que por cierto se quedó sin propina.

Aunque estoy convencido de que en esa profesión, como en todas, hay gente que hace correctamente su trabajo y evita mover los coches más que lo básico e imprescindible, no me digáis que la tentación, especialmente con determinados coches, no es demasiado grande.

Por suerte para los que nos da miedo dejar el coche al aparcacoches, el futuro de esta profesión puede acabarse en cuanto se popularicen los sistemas de aparcamiento pilotado en los que trabajan ya varias marcas de coches.

En Motorpasión | De aparcacoches, gorrillas y otros fieras de la carretera

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