En el norte de Burgos hay una carretera que lleva unos 2.000 años ahí: 1.600 metros de una antigua vía romana que todavía se conservan prácticamente intactos en el Valle de Losa. El ingeniero e historiador especializado en ingeniería romana, Isaac Moreno Gallo la identificó en 2009 y desde entonces lo tiene claro: “Es una carretera que probablemente sea la mejor conservada de España”.
Pero esos 1.600 metros son sólo una pequeña parte de la vía original, que recorría unos 115 km y conectaba Castro Urdiales (la antigua Flaviobriga) con Osma de Álava, ex Uxama Barca. Esta carretera formaba parte de la enorme red que los romanos extendieron por sus territorios: hacia el año 150 d.C., sumaba unos 300.000 km entre calzadas y caminos, una infraestructura imprescindible para mover personas, mercancías y ejércitos por el Imperio.
Los romanos no construían las calzadas como las vemos en las películas
Cuando nos imaginamos una calzada romana, viene a nuestra mente la típica imagen de una vía formada por grandes losas de piedra… pero esto no refleja cómo se construían estas carreteras romanas fuera de las ciudades. En el Valle de Losa, un sondeo arqueológico de 2010 permitió comprobar que el firme estaba formado por diferentes capas de piedras, áridos finos, arenas y arcillas compactadas.
Además, en algunos puntos, el paquete de materiales se asentaba directamente sobre la roca y alcanzaba un espesor considerable. Sobre esa base se construyó una plataforma elevada, sostenida por un terraplén de más de un metro de altura. La vía llegó a tener unos 6,35 metros de ancho, más que suficiente para que dos carros pudieran cruzarse sin problemas.
No era un camino de tierra o de losas sin más: aquella estructura estaba pensada para soportar el paso continuo de carros cargados de personas y mercancías y mantener un firme estable durante todo el año. Y hay una prueba irrefutable de lo bien que funcionaba aquella ingeniería: dos mil años después, el trazado sigue siendo rectilíneo y su firme continúa resistiendo la lluvia y la nieve sin los charcos ni los blandones que aparecen en caminos cercanos.
Incluso las bandas de rodadura permanecen despejadas porque algunos tractores todavía utilizan la antigua vía.
La carretera sobrevivió porque durante siglos nadie sabía qué era
Lo más sorprendente de esta historia no es que una calzada romana haya llegado hasta el siglo XXI en España, sino por qué. Hasta los años 80 se conservaban más de 7 km de esta misma vía en el Valle de Losa, pero la concentración parcelaria acabó con buena parte del trazado. Los 1.600 metros que quedan hoy no fueron protegidos a propósito, simplemente quedaron fuera de la planificación.
Moreno Gallo apuntaba al problema: “Nadie era capaz de identificar una carretera romana”. Durante mucho tiempo, estas infraestructuras se confundieron con caminos rurales y no se tuvieron en cuenta en las transformaciones del territorio. El propio especialista dice que el tramo del Valle de Losa se ha conservado “por casualidad”.
En total, esta vía romana recorría unos 115 km desde el Cantábrico hasta el interior peninsular atravesando el Valle de Mena, la Junta de Traslaloma y el Valle de Losa antes de llegar a Osma de Álava. Todavía pueden encontrarse otros vestigios de su recorrido y, en las zonas transformadas por los cultivos, el antiguo trazado puede seguirse desde el aire durante varios kilómetros gracias a las piedras que quedaron en el terreno.
Hoy el Ayuntamiento del Valle de Losa trabaja en su señalización y una ruta circular de unos 7,5 km permite recorrer el entorno y llegar hasta el tramo mejor conservado.
Imágenes | Isaac Moreno Gallo
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