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¡Que no me limpies los cristales, recórcholis!

¡Que no me limpies los cristales, recórcholis!
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Y digo “recórcholis” por no decir “joder”, que queda feo y luego dices que soy un deslenguado. No es sólo que le dé mucha importancia a los cristales de mi coche, y más después de lo que estuve comentando ayer en Circula Seguro y que Hatzive te recomendó leer. Es que los cristales de mi coche son míos y me los limpio cuando yo quiero, no cuando alguien coarta mi libertad de guarrería.

No, en serio. Otro día, seguramente en CS (que es como llamo yo cuando estamos entre amigos a la publicación sobre seguridad vial), hablaremos de la importancia de esa libertad de guarrería que no es tal, y veremos por qué no lo es, pero hoy aquí vamos a hablar de la fauna que puebla los semáforos, esa que lo mismo te ofrece sus servicios de supuesta limpieza como te vende lo invendible.

Y vaya por delante una idea. Me solidarizo con todas aquellas personas que no tienen otro recurso económico que la venta ambulante a la desesperada y de hecho a más de uno le he comprado material. Pero creo que cuando hayamos acabado de conversar estarás algo de acuerdo conmigo. La libertad del otro termina donde empieza la de los demás. La mía, por ejemplo.

Sufría mucho lo de los vendecosas cuando iba de reparto. Por aquella época, recuerdo haber visto toda suerte de individuos que colapsaban los semáforos para ofrecer desde un paquete de pañuelos hasta latas de coca-cola y bolsas de kikos pasando por bocadillos de jamón. En serio. Bueno, y luego los había que creo que vendían cosas más chungas, pero a aquellos ni caso.

fauna en ruta: entretenimiento en el semáforo

A ver, que si lo miramos con perspectiva, aquello era un servicio que además resultaba culturizante. Malabaristas que jugaban con fuego, sobre todo cuando el semáforo se ponía en verde y no se apartaban, flautistas que fueron expulsados del conservatorio por no distinguir un fagot de una turuta, un señor que te prometía llevar el gordo... y no se refería a su hermano pasado de peso, que lo acompañaba, sino a un juego de azar…

Yo incluso me encontré una vez, en algún semáforo de los muchísimos que pueblan la ciudad de Barcelona, con una familia de veintisiete que llevaban a cuestas el teclado, el ampli, la escalera, la cabra y el bebé (¿o eran dos hermanos?) a lo largo de una gira que desarrollaban por los semáforos más eternos de toda la comarca. Impactante, aquello.

¡Claro que culturiza todo eso! Como que te las ingenias para que no te toque lidiar demasiado con esas gentes. Al final, aprendes hasta conducción eficiente, sobre todo el apartado ese que dice que evites las detenciones para no tener que quemar combustible en primera. Ya sabes, si el semáforo de ahí delante aún está en rojo, suelta el pie con tiempo y a ver si consigues que al llegar al improvisado escenario el semáforo esté ya en verde y haya caído el telón.

fauna en ruta: sin visibilidad

¿Qué parte de “NO” no has pillado?

Y va un recuerdo muy caluroso, de esos que encienden el ánimo, para todos aquellos presuntos limpiacristales que nunca entendieron el significado de un dedo índice que oscila de derecha a izquierda al ritmo de la inclinación acompasada de la muñeca. Y un homenaje en forma de zapateao muy flamenco, para todos aquellos que ignorando mi negativa se encontraban con que luego no cobraban y del cabreo me estampaban un esponjazo sucio en medio del campo de visión.

Eso sí, también tengo un recuerdo para un buen hombre al que la vida lo llevó a vender pañuelos en un semáforo de larga duración en la zona donde trabajaba yo como profe. Abro el anecdotario y recuerdo que, ya cuando yo era un alumno, a mis 20 años de edad (sí, no me lo saqué con 18, ¿qué pasa?), nos vino alguien a vender pañuelos y mi profe, un tío mu majo, después de declinar la oferta comercial, dijo:

Pos no debe de llevar mucho tiempo este, porque normalmente por aquí a los coches de autoescuela nadie se nos acerca para vendernos nada…

Vuelvo del flashback. Decía que siendo yo profe nadie me vendía nada. Ni siquiera el hombre al que la vida lo llevó a vender pañuelos en un semáforo de larga duración en la zona donde trabajaba yo. Era curioso contemplar cómo los alumnos al verlo caminar decían: “Ay, ahora me vendrá el pesao este…”, y yo, recuperando el discurso que había aprendido casi veinte años atrás, les contaba: “No, normalmente por aquí a los coches de autoescuela nadie se nos acerca para vendernos nada”.

fauna en ruta: venta deambulante

Un día, me quedé yo sin pañuelos en el coche. Los llevaba para los días de examen, que a veces eran muy útiles si las cosas salían no demasiado bien, y como en aquel momento llevaba una racha de incompatibilidad manifiesta entre alumnos y examinadores… pues eso, que necesitaba pañuelos.

En estas que le hago una señal al hombre del semáforo. Se acerca al lado derecho del coche arrastrando los pies con mucho pesar, tal y como hacía cada una de las diez veces que lo encontraba cada día en aquel lugar. Bajo la ventanilla y le pido un paquete, mientras él me sonríe y dice:

Es que a vosotros prefiero no molestaros, que bastante tenéis con lo que lleváis.

Tócate las narices, que el hombre me tocó el corazón. Dos euros le di por aquel paquete de pañuelos. Me dejó anonadado su sentido de la empatía. No porque no lo esperara de él en concreto, sino porque vi que aquel hombre, aparentemente ajeno a nuestra realidad, era un miembro más de la fauna en ruta que convivía con nosotros y nos observaba desde su puesto (de-)ambulante.

Desde aquel día, lo miré con otros ojos. A los que me ensuciaban el cristal del coche con el agua de haberse lavado los pies toda una congregación de carmelitas descalzas después de haber peregrinado hasta Santiago, no. Que una cosa es que a veces me emocionen las personas y otra muy diferente que esté dispuesto a sufrir en mis carnes – o en las de mi coche – según qué sacrificios. Ante según qué situaciones, nunca un semáforo en rojo se me ha hecho tan largo.

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