
Pongamos que te levantas por la mañana, vas al baño, haces lo que tengas que hacer, te duchas, te afeitas, te haces un café, desayunas… vamos, lo normal de cada día. Al cabo de un rato bajas a la calle con pocas ganas de ir a trabajar, pero es lo que hay, afortunado tú; caminas, llegas hasta el lugar donde habías aparcado el coche… el coche… ¿el coche? Y no hay coche.
Un sudor frío recorre tu cuerpo mientras notas cómo se te acelera el ritmo cardíaco. Miras y remiras en busca de tu coche, giras sobre ti mismo con un sentimiento que queda a medio paso entre la incredulidad y el desasosiego, vuelves a mirar e incluso cometes el absurdo de retroceder unos pasos hacia casa, no vaya a ser que en tu despiste mañanero hayas pasado frente al coche y no lo hayas visto. Vamos, como si de repente necesitases llevar tu coche pintado de rosa para dar con él.
Que te lo han robado, concluyes. Y te vas a la Policía completamente apesadumbrado, cabizbajo, ya ni enfadado: asqueado, amargado, hastiado; y tras formular la correspondiente denuncia en la comisaría te metes en la boca de metro más cercana para llegar hasta el trabajo, donde explicarás tu historia sin saber que en realidad no es como tú te la imaginas.








Si querer ser demasiado monotemático con el tema del
Llevad cuidado con algunas ofertas de coches a precios de risa, nadie da duros a cuatro pesetas. Os digo esto porque gracias a 

