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Los desórdenes del progreso

Los desórdenes del progreso
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Decía Eduard Punset en una charla mantenida en TV3 con Andreu Buenafuente allá por noviembre, y que la cadena reemitió el otro día (sí, sí, no estás en ¡Vaya Tele!, enseguida voy a lo que vamos), que no existe una crisis planetaria porque para que eso sucediera la Tierra entera tendría que estar en deuda con otro planeta. Como mucho, la crisis es de algunos países, y otros la ven pasar.

Cierto. Hay lugares donde eso de la crisis lo ven de lejos. Mira, hoy nos vamos tú y yo hasta Brasil. ¿Qué imágenes te evoca la sola mención del país cuyo lema es “orden y progreso”? Creo que los dos tenemos lo mismo en la cabeza. Ah, qué bello es el paisaje que contempla el Cristo Redentor desde lo alto del Cerro de Corcovado, ¿verdad que sí? En eso estaba pensando yo también.

Brasil atraviesa ahora mismo una época de bonanza económica que ha permitido un récord de ventas de automóviles durante el finiquitado año 2011. Dicen que se vendieron 3,6 millones de coches, así que en los concesionarios están que bailan la samba. Aunque ese éxito también tiene una consecuencia, y creo que no nos va a hacer felices ni a ti ni a mí.

Si esta misma mañana salimos tú y yo de São Paulo hacia Río de Janeiro para ver la popular estatua de 30 metros, no creo que lleguemos ni mañana por la noche, y sólo hay unos 450 kilómetros de camino. ¿Que por qué? Por los gigantescos atascos que se cuecen allí. São Paulo soporta una de las peores situaciones de tráfico que uno pueda imaginar, y la venta de vehículos no hace sino empeorarla.

21.667 millones de dólares al año en horas perdidas, más de un 10 % del PIB de São Paulo, es el balance económico que calculan en la capital más poblada de América, con 11.244.3691 habitantes en 2010 y una densidad de población de 7.383,0 hab./km². Por comparar, pongamos que hablo de Madrid, con sus 3.265.038 habitantes en 2011 y su población relativa de 5.389,9 hab./km².

Casi tres horas de atasco cada día

fauna en ruta: atascos

Lo que viene ahora lo reproduzco de la noticia que me ha hecho pensar en los atascos de São Paulo, porque si no dirás que cuando lees mis artículos fauna en ruta nunca sabes si hablo en serio o en broma:

Los paulistanos pierden un promedio de 2 horas y 49 minutos al día en embotellamientos, o un mes al año, según la consultora Ibope. Los conductores leen libros, desayunan y aprenden idiomas al volante. Hay parejas que se conocieron en un embotellamiento.

Con 2 horas y 49 minutos de atasco diario, no es que te dé tiempo a conocer a alguien, es que puedes salir de casa solo y soltero en la vida y llegar al trabajo con mujer e hijos, aunque sean hijos en camino. Total, los críos tampoco van a notar la diferencia, que lo de ir de aquí para allá sin llegar nunca a ninguna parte forma parte de la esencia del paulistano. Casi tres horas al día, ¡qué barbaridad!

Cómo será la cosa, que tienen ya hasta un ranking de caos circulatorio. Dicen que el récord de atascos en 2011 fue de 220 kilómetros de extensión según los registros que tiene el Ayuntamiento. ¿Qué? Una burrada, ¿verdad? Pues cuidado, porque de ese mismo atasco Rádio SulAmérica Tránsito afirma que la caravana alcanzó los 529 kilómetros. Esto es como cuando hay manifestaciones y peleas de números, pero con coches más parados que un caballo de cartón.

Y también se sabe que las empresas están huyendo de la ciudad como cuando en SimCity se te escapa la gente porque te ataca Godzilla, se te inunda la central nuclear, se te estrellan 15 aviones y encima los bomberos y los policías se te quedan sin presupuesto. Vamos, que en São Paulo de la bonanza a la crisis podrían llegar a pasar ellos solitos por méritos propios. Y que viva el progreso.

Consecuencias de vivir en un atasco

fauna en ruta: atascos

Quien sufre un atasco de los que te pillan desprevenido se encuentra con que al final no le quedan ya uñas que morder, su estómago baila la lambada cada vez que consulta el reloj y la desesperación puede adueñarse de su ser. Si además ese conductor nos sale rebelde porque el mundo lo ha hecho así, es posible que tras el atasco quiera recuperar el tiempo perdido a golpe de imprudencias varias.

Si a ese mismo ser lo ponemos a circular por una ciudad como São Paulo, es más que probable que en dos o tres días acabe protagonizando un episodio de combustión espontánea por la mala leche que puede llegar a acumular al comprobar que la peor de sus pesadillas se ha hecho realidad, que el coche que maneja apenas le sirve ya como vehículo y que, si acaso, lo podrá reciclar como salón de estar, de estar… un buen rato.

Pero a quien vive por sistema un caos circulatorio diario de tal envergadura no es de extrañar que ya le dé igual ocho que ochenta, que se siente al volante como quien se sienta a ver la película que cada día algún sádico operador de cine decide proyectar sobre su parabrisas. Así sentado, no le resultará difícil olvidar por unas horas su desdicha y aprovechar el tiempo de la mejor manera que se le ocurra.

En nuestro entorno, decimos que los atascos fatigan por el estrés que conllevan y propician la distracción, fruto de la cual se producen cada día no pocos siniestros por alcance de esos de chapa y poco más: como mucho, una lesión por latigazo cervical que nos hará tener presente durante años a la familia entera del tipo que nos seguía con el coche aquel día de infausto recuerdo.

En São Paulo, sin embargo, han encontrado la solución perfecta para este tipo de problemas. Si el coche no se mueve, lo más que puede pasar es que alguien se golpee contra el volante de puro aburrimiento para pasar el (mucho) rato. Cuentan que es tan lento el ritmo de la circulación, que hasta el GPS se aburre y al final le pregunta al conductor si es que va andando a trabajar, así como para vacilar.

Ojo, que quizá a algunos les saldría más a cuenta.

En Motorpasión | Las ciudades más congestionadas de Europa (2010)

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