La tecnología avanza a una velocidad vertiginosa. La inteligencia artificial dibuja coches enteros incluso en estudios como el de Pininfarina, los programas de diseño generan renders hiperrealistas en tres dimensiones y la impresión 3D promete revolucionar los procesos industriales. Sin embargo, hay algo que no ha cambiado en casi cien años: los coches más innovadores del planeta siguen naciendo de un bloque de arcilla.
El modelado de coches en arcilla, introducido por el legendario Harley Earl en la década de 1930 cuando militaba en las filas de General Motors, fue la gran revolución del diseño automotriz de su época. Frente a los pesados modelos de madera y metal, la arcilla permitía esculpir las formas aerodinámicas y sensuales que definieron la era del art déco sobre ruedas. Lo que nadie imaginaba entonces era que esa misma técnica sobreviviría a la era digital, convertida hoy en una herramienta insustituible.
El secreto más antiguo de la industria más moderna
El proceso comienza con una estructura base, llamada armature, que actúa como un esqueleto ajustable de aluminio sobre el que se colocan bloques de espuma y, finalmente, la arcilla. Que no es arcilla natural, sino una plastilina técnica de alta densidad elaborada con ceras y aceites especiales.
En una sala climatizada, donde la temperatura ronda los 60 ºC para mantener el material maleable, una fresadora de cinco ejes perfila el bloque con precisión milimétrica. A partir de ahí entra en juego la parte más artesanal.
Los diseñadores y modeladores dan forma al coche con herramientas manuales, lijas y espátulas, afinando cada línea, cada arista y cada curva. La superficie del modelo puede pulirse, pintarse o incluso revestirse con materiales que simulan el acabado final del vehículo. De este modo, el equipo puede observar cómo incide la luz sobre las superficies, cómo se perciben las proporciones desde distintos ángulos o cómo cambia la percepción visual al variar el color o las llantas.
“Sólo cuando puedes caminar alrededor de un coche y verlo bajo la luz natural entiendes si funciona o no”, explicaba en una entrevista a Autocar uno de los diseñadores de Aston Martin. Esa tridimensionalidad o sensación física de volumen es algo que ningún render digital, por avanzado que sea, puede replicar.
De los bocetos a la era digital… y vuelta a la arcilla
En los años 40, cuando las carrocerías pasaron de los chasis independientes a las estructuras monocasco, el modelado en arcilla se volvió aún más esencial. Con él, los diseñadores podían comprobar en persona si las proporciones eran equilibradas o si el habitáculo tenía suficiente espacio, por ejemplo.
Algo que sobre el papel resultaba casi imposible. El proceso completo de creación de un coche, desde los primeros bocetos hasta el modelo final, podía alargarse cuatro años. Entonces, como ahora, el objetivo era el mismo: conseguir un diseño que funcionara no solo en la pantalla, sino en la realidad.
Hoy, los equipos de diseño combinan el modelado digital y físico. Los programas CAD y las simulaciones por IA permiten acelerar las primeras fases del proceso y probar variaciones infinitas. Pero el paso por la arcilla sigue siendo innegociable. En centros de diseño como los de BMW, Toyota, Ford o Hyundai, los modelos de arcilla siguen ocupando salas enteras, bajo un control de luz cuidadosamente calibrado.
La emoción: donde la IA aún no puede competir
Las herramientas han cambiado, pero la esencia se mantiene. Las fresadoras son ahora controladas por ordenador, los escáneres 3D permiten digitalizar cada curva del modelo para introducirla en el sistema, y la retroalimentación entre el mundo físico y el digital es constante.
La inteligencia artificial ya se utiliza para crear propuestas conceptuales a partir de prompts o para analizar cómo reaccionan los consumidores ante determinados diseños. Sin embargo, muchos diseñadores coinciden en que el ojo humano y el tacto siguen siendo insustituibles.
“En la era del metaverso, seguimos tocando la arcilla con las manos. Es la única forma de saber si una línea emociona o no”, dijo Karim Habib, jefe de diseño de Kia, en una entrevista. En la misma línea, Michael Mauer, jefe de diseño de Porsche, dijo que “la IA puede sugerir formas, pero no entiende la emoción detrás de una línea. Nosotros sí”. Así, esa emoción se decide todavía frente a una escultura de arcilla, bajo los focos y las sombras del estudio.
Imágenes | Ford, Gettymages
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