Imagina un cañón tan potente que acaba rompiendo el tanque sobre el que está montado. No tiene mucho sentido, aun así es exactamente lo que hizo la URSS al principio de la Guerra Fría con los Kondensator y Oka, dos monstruos de 20 metros que se destrozaban a sí mismos al disparar.
A mediados de los años cincuenta, la Guerra Fría iba camino de su punto álgido de paranoia, y Washington acababa de reorganizar sus divisiones en torno a la guerra nuclear táctica. La URSS carecía entonces de misiles de corto alcance fiables y precisos. Por eso, en lugar de esperarlos, optó por llevar hasta el extremo lo que ya dominaba, la artillería.
El cañón más bestia y más grande posible sobre un tanque
El resultado fue un programa aprobado en noviembre de 1955 y que puso en marcha dos vehículos a la vez. Por un lado teníamos al 2A3 Kondensator-2P, un obús autopropulsado con cañón de 406 mm. Y por otro lado, el 2B1 Oka, un mortero de 420 mm. Ambos compartían una base derivada del tanque pesado T-10, con la mecánica y el tren de rodaje muy reforzados. O eso creían.
El Kondensator pesaba 64 toneladas y, con el tubo hacia delante, el conjunto alcanzaba unos 20 metros de largo. El Oka, por su parte, superaba las 55 toneladas y su tubo liso medía casi 20 metros, de modo que sobresalía por delante del chasis como una lanza. Además, su munición era exclusivamente nuclear, lo que convertía cada disparo en un asunto estratégico.
Los 2A3 Kondensator en la Plaza Roja de Moscú en 1957.
Sobre el papel, todo era perfecto. El problema llegó cuando hubo que disparar. Al principio, las pruebas estuvieron acompañadas de numerosas averías. El Kondensator no tenía zapatas ni anclajes que fijasen el vehículo al suelo, así que el retroceso lo empujaba varios metros hacia atrás sobre sus orugas. Los amortiguadores hidráulicos que equipaba para atenuar el retroceso claramente no servían de nada. Más adelante se registraron casos de fallos en las fijaciones de la caja de cambios.
A pesar de las mejoras aportadas tras las pruebas iniciales, no fue posible eliminar por completo el retroceso, y tras cada disparo el vehículo retrocedía varios metros. Con el tiempo, además, esa violencia terminaba por crear fatiga en la estructura y el bastidor, sencillamente, se fisuraba y rompía.
El ángulo de puntería horizontal del cañón también era muy reducido. Debido a su considerable masa y dimensiones, la preparación de la posición de tiro del Kondensator exigía mucho tiempo.
Mortero autopropulsado de 420 mm 2B1 «Oka» y su proyectil en el Museo de Artillería de San Petersburgo.
El Oka, en cambio, estaba pensado para disparar con grandes elevaciones y sufría menos el retroceso, aunque tampoco se libraba de someter el chasis a un esfuerzo enorme a pesar de sus amortiguadores reforzados.
Los bestiales retrocesos, de todos modos, no eran su único problema. La cadencia de tiro era irrisoria. El Oka apenas podía lanzar un proyectil cada cinco minutos, lo cual, sumado a que cada vehículo cargaba con una sola ojiva, dejaba poco margen para hablar de fuego sostenido. Como resultado, la maquinaria era tan aparatosa como frágil y costosa de mantener.
Pese a todo, de cada uno se construyeron cuatro unidades. Y Moscú los sacó a la calle, en la típica operación de propaganda destinada al bloque occidental. Ambos cañones desfilaron por la Plaza Roja en 1957, y la sorpresa entre los periodistas y observadores extranjeros fue mayúscula. Aquello cumplió su primera función, mostrar que la URSS también tenía su propio cañón atómico, aunque nadie supiera que no eran viables.
Mientras tanto, el desarrollo de los misiles tácticos avanzaba sin pausa y terminó por dejar sin sentido la idea de lanzar una ojiva desde un tubo de 20 metros. Un misil era más ligero, más preciso y no destrozaba el vehículo que lo disparaba. En 1960, el Consejo de Ministros ordenó detener los trabajos sobre ambos proyectos, y los supercañones quedaron reducidos a rarezas de museo.
Imágenes | Faller, Wikimedia
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