El mítico Mazda 787B no es un coche de carreras más: es una anomalía gloriosa que desafió la lógica de los pistones en 1991 para conquistar la 24 Horas de Le Mans y convertirse así en el primer coche japonés en hacerlo. Su inconfundible aullido es, para muchos, la banda sonora definitiva del automovilismo, pero mantener ese rugido vivo tres décadas después, parecía un desafío casi imposible.
Pero la marca japonesa acaba de conseguirlo, y lo ha reflejado en un minidocumental de seis minutos que es pura pornografía mecánica. En él vemos cómo el equipo de Flis Performance se enfrenta a la titánica tarea de reconstruir el motor R26B pieza a pieza: una joya que constaba de cuatro rotores y alcanzaba unos 700 CV a 9.000 RPM y un par máximo de en torno a 600 Nm a 6.500 vueltas. Pelos de punta.
Un puzle de cuatro rotores donde no existe el margen de error
El motor R26B es una obra maestra y una rareza absoluta incluso en el universo wankel. Mientras que un motor convencional se conforma con pistones, aquí tenemos rotores triangulares girando en carcasas ovaladas con tres bujías por cámara para optimizar la combustión.
Como apunta Todd Flis, director de Flis Performance, “restaurar esta unidad es como intervenir una obra de arte”: un fallo en el remecanizado de las piezas de aluminio y el bloque queda inservible para siempre. Y es que la dificultad técnica es extrema porque el stock de recambios originales se agotó hace años.
En el vídeo vemos cómo los técnicos miden el grosor de los anillos con una precisión quirúrgica para evitar fugas de compresión. Lo más curioso es que, según explican desde el taller en Daytona, “los rotores son casi los únicos componentes que podrían heredarse de un RX-7 o RX-8 de calle sin causar un desastre”. El resto del propulsor es una colección de piezas específicas que deben recrearse desde cero.
El desafío de mantener viva la leyenda de 1991
Aquella victoria en La Sarthe fue un triunfo de la eficiencia frente a la fuerza bruta. El 787B no era el más rápido, pero sus apenas 830 kg (gracias al chasis de carbono y kevlar y al protagonista de este post) le permitieron mantener un ritmo altísimo durante 24 horas.
Mientras sus rivales caían por consumo o fiabilidad, el coche número 55 aguantó hasta completar casi 5.000 kilómetros y firmar una de las gestas más inesperadas de Le Mans. Tan contundente fue el golpe que poco después la FIA cerró la puerta a los motores rotativos. Por eso, ver este proceso artesanal cobra hoy un valor especial.
Sin red industrial, sin piezas en catálogo y con una tecnología que quedó congelada en el tiempo, la reconstrucción de esta joya es un ejercicio de precisión extrema. Mazda ha decidido que su mayor hito no se quede en silencio, por eso sigue invirtiendo en mantenerlo vivo, para que el 787B continúe haciendo lo único que justifica todo este esfuerzo: rodar, y seguir aullando como ningún otro en la historia del automovilismo.
Imágenes | Mazda Motorsports, Mazda Australia
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