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Bravo F1, el otro constructor de Fórmula 1 español que se quedó por el camino
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Bravo F1, el otro constructor de Fórmula 1 español que se quedó por el camino

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Si te pidiesen que enunciases los constructores españoles que han intentado llegar a la Fórmula 1 probablemente el primero que te venga a la cabeza sea Hispania Racing -o Campos Meta, como se llamó al principio o HRT como se renombró después-. Cierto es que fueron los que llegaron más lejos, pero no fueron los únicos que lo intentaron.

Esta historia data de principios de los noventa. El expiloto Adrián Campos se unió con otras grandes personalidades del momento para fundar un equipo que debía debutar en la máxima categoría en 1993.

Así nació Bravo F1, el que estaba destinado a ser el primer constructor español en la Fórmula 1. Decimos constructor y no equipo porque ya había habido estructuras privadas en la categoría cuando un piloto podía comprarse un monoplaza, contratar unos mecánicos y correr por su cuenta. En aquella época compitió, por ejemplo, Emilio de Villota. Años después, todo se profesionalizó.

Al final no consiguieron llegar a competir, pero este proyecto merece una mención y un lugar en la memoria de todos los aficionados a las cuatro ruedas.

Los fundadores de Bravo F1

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El impulsor del proyecto, al igual que en Hispania Racing, fue Adrián Campos. El expiloto español, que corrió para Minardi en 1987 y la primera mitad de la temporada 1988 -con más sombras que luces terminó dos carreras solo- tras dejar su rol de piloto lo intentó como jefe de equipo.

El de Alzira, Valencia, contó con el apoyo económico de Jean-François Mosnier. El francés contaba con amplia experiencia en el terreno tras pasar por Lola, Cooper, Brabham y Ligier. Por desgracia, en enero de 1993, escasos dos meses después de la presentación del equipo, murió en un hospital de Niza a causa del cáncer que padecía.

El otro de los pesos pesados del equipo era Nick Wirth, ingeniero y encargado del desarrollo técnico del coche con el que debían disputar la temporada 1993. El equipo fue presentado a los medios en el otoño del 92, pero la ilusión no les duro mucho tiempo.

El coche, el mayor problema

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El talón de aquiles del proyecto fue precisamente lo que debía ser lo más importante: el coche. La base que utilizaron era de un chasis usado por Andrea Moda -el S921- y diseñado por Simtek Research, empresa fundada por Max Mosley -que después se convirtió en presidente de la FIA- y por el propio Nick Wirth.

Los resultados obtenidos hasta el momento por sus predecesores no habían sido nada buenos -seamos sinceros, fueron nefastos-. Tan solo habían conseguido clasificar un coche en una carrera y once vueltas después de salir, se vieron obligados a abandonar por problemas.

El equipo disponía de 3 millones de dólares para construir el coche, un presupuesto demasiado ajustado y bastante inferior a con el que habían trabajado en Andrea Moda. Además, los plazos de los que disponían eran muy cortos, lo que encarecía los costes.

El coche se rebautizó como Bravo Judd S931. Vistos los problemas que habían tenido anteriormente, una de las primeras medidas que tomaron fue cambiar el V10 de Judd por un V8 de la misma marca. Se comentó que habían tratado de negociar con Mugen y con Lamborghini, lo que seguro que les hubiese ayudado, pero no había presupuesto para ello.

La gran oportunidad de Jordi Gené

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Entre las numerosas especulaciones que se hicieron durante los meses que duró la aventura, los nombres de los futuros pilotos fueron los que más atención atrajeron. Uno de los nombres que más sonaron para uno de los asientos fue el de Jordi Gené, hermano mayor del piloto probador de Fórmula 1, Marc Gené.

Era la gran oportunidad del piloto catalán. Acababa de terminar el campeonato Formula 3000 en quinta posición y tenía ante sí la mejor oferta de su carrera deportiva. Iba a ser la estrella de la escudería.

No superaron los crash test

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A pesar de que consiguieron tener el coche a tiempo para las pruebas de homologación, en los crash test de la Federación Internacional de Automovilismo, suspendieron estrepitosamente. El coche no solo no era seguro, sino que no era siquiera operativo.

A este complicado inicio, se le sumó que a la muerte de Jean-François Mosnier surgieron problemas económicos. La formación se quedó sin dinero para trabajar en el coche y tratar de pasar los crash test, por un lado, y para pagar la entrada del campeonato, por el otro.

Sin dinero y sin monoplaza, la FIA terminó por excluirles del Campeonato poniendo fin al sueño del primer constructor español que trató de llegar a la Fórmula 1.

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