Durante muchos años, el talón de Aquiles del coche eléctrico ha sido la autonomía. Ha sido uno de los principales motivos de rechazo a la hora de comprarse un vehículo de este tipo, pero eso está cambiando.
Cada vez hay más compradores de coches eléctricos que se preocupan por la velocidad y la potencia de carga, en lugar de fijarse únicamente en la cifra de autonomía. En parte, es gracias a China.
Tener autonomía "por si acaso" pierde sentido
La autonomía nunca ha sido un factor determinante a la hora de comprar coches de gasolina o diésel: salvo algunas excepciones de conductores que sí valoran especialmente esta cuestión, siempre ha dado igual que un coche de gasolina o diésel pueda hacer 100 o 200 km más del tirón con el mismo depósito porque la mayoría de conductores no suelen hacer viajes a diario y, cuando toca viajar, basta con parar unos minutos en una gasolinera a repostar cuando no queda combustible para continuar.
El problema del coche eléctrico es que esto último no ha sido posible. Tener una menor autonomía implica parar más tiempo para recargar la batería y, si la autonomía es muy baja, lo más probable es que toque parar más de una vez. No es un problema en el día a día porque los conductores españoles hacemos, de media, menos de 40 km al día, pero sí es un inconveniente cuando hay que viajar.
Durante años, se ha creído que la mejor forma de resolver ese problema es tener baterías más grandes que ofrezcan una mayor autonomía. Tanto los fabricantes como los conductores han considerado que esta era la solución, pero esa mentalidad está cambiando. Y tiene sentido.
La potencia de carga y el tiempo de recarga están ganando peso sobre la autonomía. Uno de los motivos es, precisamente, que no necesitamos 1.000 km de autonomía para movernos a diario, más aún, si tenemos en cuenta que, hoy por hoy, para aumentar la autonomía la única solución es hacer coches con baterías más grandes.
Una batería de mayor tamaño implica más peso y eso supone un mayor consumo, lo cual es contraproducente desde el punto de vista de la autonomía porque, a mayor consumo, menor alcance. Además, una batería más grande implica un mayor desgaste de las ruedas y una puesta a punto del coche acorde a ese peso extra, con una suspensión y unos frenos más capaces, entre otras muchas cosas, lo que se traduce en un precio final del coche más alto.
No tiene mucho sentido, pero los fabricantes europeos han apostado por esto durante mucho tiempo. Solo hay que ver los coches con mayor autonomía del mercado, como el BMW iX3 o el Volvo EX60: tienen baterías enormes, son muy pesados y son caros.
Mientras tanto, China está apostando por incrementar la potencia de carga de las baterías para reducir drásticamente los tiempos de carga, en parte, gracias a las plataformas de 800 voltios.
En paralelo, están apareciendo puntos de carga cada vez más rápidos, como el Flash Charging de BYD que carga a 1.500 kW de potencia y permite pasar del 20 al 97% de una batería grande en menos de 9 minutos, como comprobó mi compañero Héctor Ares en China.
Con una carga muy rápida, importa menos que el coche eléctrico pueda hacer 500 km o 1000 km del tirón porque en los dos o tres viajes largos que hacen la mayoría de conductores europeos cada año, bastaría con parar unos minutos para continuar el viaje, como sucede con los coches de combustión desde hace décadas. Y, seamos sinceros, poca gente puede hacer 1.000 km del tirón sin tener que parar antes para ir al baño, tomarse un café o estirar las piernas.
El resto del año, llevar una batería de menor tamaño y peso en el coche, tiene sus ventajas: menor consumo, mejor comportamiento del coche y menor desgaste de neumáticos, frenos, suspensión y otros elementos, como los silentblock. Además, el precio del coche con una batería de menor tamaño es más bajo.
Ojo, cada conductor es un mundo y hay casos en los que sí compensa pagar 4.000 euros por una batería más grande que garantiza un 30% más de autonomía, pero lo cierto es que, para la mayoría de compradores, no tiene sentido, y más ahora que los fabricantes se están esforzando en optimizar la aerodinámica y la eficiencia de los motores para conseguir consumos más bajos y mejorar la autonomía sin necesidad de instalar baterías absurdamente grandes.
Bien es verdad que este cambio de mentalidad requiere tiempo porque a todos nos da tranquilidad subirnos al coche y ver que tenemos cientos de km de autonomía, aunque, a la hora de verdad, no nos aporte ninguna ventaja en los desplazamientos cotidianos.
También es necesario que sigan mejorando las baterías para que se puedan recargar más rápido y, por supuesto, es imprescindible que la red de recarga pública mejore: por un lado, con más puntos de carga y, por otro, con puntos más potentes, como el Flash Charging de BYD.
Imágenes | CUPRA, Jaguar Land Rover, BMW, Ionity
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