El debate entre coches eléctricos y de combustión interna suele girar en torno a autonomía, precio, practicidad o emisiones, e incluso algo más subjetivo como el placer de conducción, pero hay una dimensión menos explorada que resulta enormemente reveladora: la eficiencia. Y la mejor manera de demostrar las diferencias entre uno y otro es usar una cámara térmica.
Una imagen vale más que mil palabras. Y esta ilustra claramente como un motor de combustión interna desperdicia más de la mitad de la energía consumida en calor, mientras el eléctrico apenas lo hace.
El eléctrico gana por goleada al motor de combustión interna en eficiencia
Más allá de opiniones personales o preferencias de conducción, existen diferencias técnicas objetivas entre ambas tecnologías que habitualmente pasan desapercibidas para la mayoría de conductores.
En Fully Charged han realizado una prueba empírica con una cámara térmica FLIR (de la misma marca que usan muchos fabricantes para sus ADAS), para visualizar algo que, a simple vista, es invisible: cómo y cuánto calor desperdicia cada tecnología, dejando al descubierto la eficiencia real de cada motor.
Y esto hace que lo que ya sabíamos sobre la eficiencia energética de estos dos tipos motores sea aún más evidente: el motor de combustión interna es considerablemente más caliente que el vehículo eléctrico, brillando en un naranja intenso.
En el caso de los coches eléctricos, la imagen térmica es más bien discreta. El calor aparece concentrado en zonas muy concretas, esencialmente alrededor de las ruedas y los sistemas de refrigeración de la batería, y en niveles relativamente bajos. La ausencia de un motor de gasolina que queme combustible elimina el principal foco de disipación térmica, lo que se traduce en una gestión de la energía mucho más eficiente.
En otras palabras, casi toda la energía consumida se convierte en movimiento, no en calor residual. Esto no es un detalle menor, sino una de las ventajas estructurales más importantes de la propulsión eléctrica, aunque raramente se mencione.
De hecho, esa eficiencia es lo que lleva a marcas como Nissan, Renault, Honda o BYD a crear modelos híbridos en los que el motor gasolina apenas o nunca mueve las ruedas del coche y sólo genera energía, siendo el motor eléctrico el que mueve el coche. La eficiencia de este es tal que se obtienen consumos reales tan bajos como 4,5 l/100 km a pesar de ser coches que pueden rondar los 200 CV.
El panorama que ofrece la cámara térmica en un vehículo de gasolina o diésel es radicalmente distinto. El calor invade toda la parte delantera del coche e incluso las ruedas motrices, fruto de la combustión y la fricción mecánica constante que caracterizan a estos motores.
Ese exceso térmico no es solo un desperdicio de energía: obliga a los fabricantes a diseñar complejos y costosos sistemas de refrigeración para proteger los componentes, que quedan expuestos a temperaturas extremas de forma continua. El resultado es una huella térmica amplia y difusa, símbolo de toda la energía que se pierde en forma de calor antes de llegar a mover las ruedas.
Al final, un motor diésel consigue convertir entre el 40 y 42% de la energía que consume en movimiento, mientras que la mayoría de motores gasolina tienen una eficiencia del 30 al 35%, con algunas excepciones que rondan el 40%. En un eléctrico, ese porcentaje ronda el 85%, superando por goleada a ambos.
La conclusión que se desprende del experimento es técnica, pero con implicaciones prácticas muy concretas: los motores eléctricos no solo contaminan menos en términos de emisiones, sino que también son intrínsecamente más eficientes en el aprovechamiento de la energía que consumen.
Y esa eficiencia, ahora visible en colores a través de una lente térmica, arroja nueva luz sobre un debate que, lejos de ser puramente ideológico, tiene una base científica cada vez más documentada y difícil de ignorar.
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Imágenes | Fully Charged vía YouTube, Alfa Romeo
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