La carrera espacial en la Guerra Fría fue el otro gran pilar de la maratón de fondo que enfrentó a la URSS y EEUU. Del lado soviético, su proyecto más ambicioso y caro de toda su historia fue el proyecto Burán. Su piedra angular, un transbordador 100 % autónomo, sin necesidad de pilotos y sin motores principales propios.
Para ponerlo en órbita necesitaba una mastodóntica infraestructura, incluyendo crear el avión de carga más grande del mundo o el cohete más potente del planeta en aquel entonces. Miles de millones después, todo acabó en la nada: su legado son dos reliquias abandonadas en un hangar en mitad de la estepa de Kazajistán.
Dos reliquías gigantes atrapadas en el tiempo
Baikonur es hoy por hoy el cosmódromo más antiguo y grande en activo. Sigue administrado por Rusia, que paga un millonario alquiler anual a Kazajistán para mantener el control de este enclave estratégico hasta 2050. En su interior hay un hangar que materializa las ruinas del proyecto Burán: una reliquia y cápsula del tiempo soviética con dos gigantescas naves en su interior.
Se trata del hangar MZK, en el área 112A de Baikonur. En él se encuentra el OK-1.02, o Ptichka, que era el segundo transbordador construido para el programa, casi terminado. Nunca voló, como sí lo hizo su hermano: el OK-1.01. Y junto a él, está la OK-MT: una nave de pruebas para ensayos y operaciones. Estos dos mastodontes llevan décadas encerrados allí.
Las lanzaderas Burán, concebidas en los 80, nacieron para rivalizar con el Space Shuttle estadounidense. A nivel exterior se parecían mucho, pero las soviéticas se distinguían por incorporar soluciones más avanzadas. Podían volar y aterrizar de forma 100 % autónoma, sin tripulación a bordo. Tampoco necesitaban equipar grandes motores principales como el Shuttle, ya que para lanzarse a órbita recurrían al cohete Energía, que fue el más potente jamás creado en aquel momento. Y, a su vez, podía utilizarse de forma independiente para lanzar otras cargas pesadas al espacio, como una estación espacial.
Una infraestructura descomunal para un proyecto condenado
El sistema Burán se diseñó para ser más barato que el norteamericano, pero distaba mucho de serlo. En gran parte, por la infraestructura logística que requería este programa espacial soviético para poder funcionar.
Por ejemplo, la URSS creó el Antonov An-225 Mriya, que sigue siendo el avión de carga más grande jamás construido. Su cometido era el de transportar el transbordador espacial Burán, así como componentes del cohete Energía, desde los centros de fabricación hasta Baikonur. Hacerlo por tierra habría sido tan lento como complicado, dado el peso y dimensiones de semejantes cargas. Este orbitador firmaba más de 36 m de largo y pesaba 62 toneladas.
Las cifras del An-225 Mriya son igualmente una locura: 84 m de largo, una envergadura de 88 m y una capacidad de carga de 250 toneladas. Como también lo era su gran particularidad: podía llevar el transbordador sobre el fuselaje, sujeto a un sistema de anclaje específico. Imagina tal coloso con otro coloso encima. Desgraciadamente, no estuvo listo a tiempo y para el primer traslado se tuvieron que adaptar dos bombarderos estratégicos, que pasaron a ser los Myasishchev VM-T Atlant.
Y una vez en Baikonur, había que llevarlos a la plataforma de lanzamiento. Para ello, los soviéticos crearon un mastodóntico sistema ferroviario, con enormes plataformas transportadoras capaces de mover tanto el transbordador como el gigantesco cohete Energía. El conjunto se desplazaba lentamente sobre raíles desde el edificio de montaje a la plataforma. Una operación logística sumamente compleja que solo llegó a usarse una vez: el único Burán que se puso en órbita fue el OK-1.01, en 1988. Completó dos órbitas, y aterrizó y despegó de forma completamente autónoma, sin tripulación a bordo. Y con éxito.
64.000 millones de euros y dos naves abandonadas
El programa Burán se canceló oficialmente en 1993, pues la caída de la URSS lo dejó sin financiación. Además, con el fin de la Guerra Fría, la carrera espacial había perdido gran parte de su sentido, y mantener tal infraestructura era imposible en plena crisis económica. Y es que este proyecto espacial era una auténtica máquina de quemar dinero.
Hasta enero de 1991, la URSS había gastado 16.400 millones de rublos en desarrollar el sistema, según cifras de Rostec, el conglomerado tecnológico estatal ruso. Pero exigía todavía más para completarse: las estimaciones eran de 27.000 millones en I+D, más 4.700 millones en nuevas infraestructuras. Una reconstrucción financiera sitúa el gasto total en unos 17.800 millones de rublos, equivalentes a unos 74.000 millones de dólares actuales, o 64.000 millones de euros al cambio.
De ahí que el Ptichka dejara de construirse, quedando al 95 %. Y que tanto este transbordador como la nave OK-MT terminaran abandonados desde entonces en el interior del hangar MZK. Han pasado 33 años mientras el polvo se ha ido acumulando sobre el fuselaje de estos vehículos espaciales gigantescos, que siguen allí parados en las instalaciones.
Hoy, ambas reliquias son uno de los destinos favoritos para los aficionados al urbex: la exploración de lugares abandonados. El hangar MZK se encuentra en una zona restringida del cosmódromo de Baikonur, y UrbexStorm comercializa expediciones de alrededor de 1.300 euros que incluyen un recorrido a pie de entre 30 y 40 km por la estepa hasta las instalaciones. También hay opciones menos extremas: Urbex Travel ofrece visitas organizadas que, con los permisos correspondientes, permiten acceder al hangar.
Imágenes | Urbexstorm, Panikovskij
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