Los combustibles sintéticos, o eFuels, llevan una década presentados como la promesa que permitiría salvar el motor de combustión interna sin depender del petróleo. Su producción, aún experimental, es cosa de grandes plantas industriales, como la de Porsche en Chile o de HIF en Texas. Aircela, una startup de Nueva York fundada por los ingenieros suecos Mia y Eric Dahlgren, la ha metido dentro de un módulo del tamaño de un frigorífico de hostelería y es capaz de producir más de 3 litros de gasolina sintética al día.
La compañía presentó su máquina en funcionamiento en mayo de 2025, en una azotea de Manhattan -demostrando así que es muy compacta y se puede instalar en cualquier sitio-, ante inversores y responsables municipales. Desde entonces ha recibido el respaldo financiero de Jeff Ubben, consejero histórico de ExxonMobil, y el brazo de capital riesgo de la naviera danesa Maersk.
Un planta de hidrógeno verde en tu patio trasero
Fabricar gasolina en su tejado o patio trasero, aunque sea a un ritmo de 3,6 litros al día y no en una mega planta industrial suena demasiado bueno para ser cierto. En todo caso, el proceso es el mismo que usan las grandes plantas que ahora producen carburante sintético.
Primero, el aire pasa por una disolución de hidróxido de potasio que captura el CO₂ atmosférico, la misma técnica de captura directa de aire que lleva años desarrollando el físico Klaus Lackner. Después, la electricidad renovable separa el agua en hidrógeno y oxígeno por electrólisis.
Por último, el CO₂ capturado y el hidrógeno se combinan para formar metanol, que se transforma en gasolina mediante el proceso catalítico metanol-a-gasolina, un método que ExxonMobil desarrolló en los años setenta y que ya se explotó a escala industrial en Nueva Zelanda durante los ochenta.
El resultado es un combustible sin azufre, sin etanol y sin metales pesados, con un octanaje equivalente a la gasolina de 95 y compatible con cualquier motor actual sin modificaciones. Cada unidad produce alrededor de 3,6 litros al día y puede almacenar hasta 64 litros.
La cuenta energética, sin embargo, es la que marca el límite del proyecto. Aircela reconoce en su propia web que necesita unos 75 kWh de electricidad para fabricar un galón de gasolina, lo que equivale a unos 19,8 kWh por litro. Un litro de gasolina contiene 8,9 kWh. La máquina consume, por tanto, más del doble de la energía que el combustible devuelve al quemarse.
Es la penalización habitual de cualquier proceso de creación de hidrógeno mediante electrólisis, donde la electricidad se convierte en hidrógeno y, en este caso, después en un hidrocarburo líquido, con pérdidas en cada etapa. La propia Aircela sitúa su objetivo de eficiencia de conversión por encima del 50% a medida que escale, lo que confirma que hoy trabaja por debajo de esa cifra.
Esa limitación explica también a quién apunta el producto. No es una alternativa para el conductor urbano con acceso a gasolinera. El mercado natural son instalaciones militares, explotaciones agrícolas remotas o comunidades aisladas con excedentes de energía solar o eólica que de otro modo se desperdiciarían. Ahí, la comparación no es con el precio del litro en el surtidor, sino con el coste de llevar combustible convencional hasta lugares sin infraestructura.
Aircela no menciona las necesidades en agua de su módulo, porque para producir hidrógeno mediante electrólisis para luego convertirlo en hidrocarburo se necesita agua. Tomando el octano como aproximación razonable de la gasolina, se necesitarían unos 3 litros de agua por cada litro de gasolina producido, o más de 10 litros de agua al día para los 3,6 litros de gasolina que puede producir. Puede parecer una cifra menor, pero los lugares con exceso o fuerte potencial de energía renovable no destacan habitualmente por un exceso de acceso al agua.
El precio de venta estimado, entre 14.000 y 18.500 euros por unidad, refuerza ese enfoque industrial y no doméstico. Aircela prevé iniciar ventas en Estados Unidos a finales de 2026, con una primera fase reservada a socios de prueba.
La máquina de los Dahlgren no redefine las leyes de la química. Simplemente demuestra que empaquetar procesos ya conocidos en un formato modular a escala humana para distribuirlo es viable. La pregunta que queda abierta no es si funciona, sino si a alguien le compensará pagar por ella a cambio de tener energía en forma líquida en lugar de usar (casi) toda la electricidad directamente, recargando baterías, por ejemplo.
Imágenes | Aircela, HIF
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