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Pasar calor en el coche, una incomodidad y un riesgo

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Cuando dejamos el coche aparcado al sol, la energía que irradia el astro rey eleva la temperatura del interior de nuestro vehículo, y al dejarlo con las ventanas cerradas apenas existe intercambio de aire con el exterior, por lo que el aire que hay dentro del habitáculo se calienta más y más cada vez.

De hecho, un coche aparcado al sol puede alcanzar fácilmente temperaturas superiores a 35 ºC, y eso da dos problemas: uno, bastante evidente, es la incomodidad, y el otro constituye un verdadero riesgo, que llevado al extremo puede resultar mortal.

Pero, ¿por qué pasamos tanto calor en el coche?

La termodinámica nos enseña entre muchas otras cosas que cuando hay diferencia de temperatura entre dos cuerpos, el que está más caliente cede parte de su calor al que está más frío hasta que las temperaturas se igualan, y eso se consigue por medio de tres mecanismos: conducción, radiación y convección.

La superficie del sol está a unos seis mil grados centígrados, así que irradia energía suficiente para calentar el coche. Por su parte, el coche no absorbe tanta energía como para irradiarla hacia el exterior, de manera que sólo puede perder calor por conducción hacia otros cuerpos (cuando le ponemos una mano encima y nos quemamos) o por convección con el aire que lo rodea (que es más eficaz y lo más habitual).

Por su parte, dentro del habitáculo hay aire que se calienta al contacto con la estructura del vehículo y por convección va calentando al aire más frío... hasta que el interior del coche se transforma en un horno. Si las ventanas estuvieran abiertas, habría intercambio de temperatura con el aire exterior por convección y no se acumularía tanto calor en el interior. Pero, claro, dejar un coche con las ventanas abiertas no es una opción muy recomendable por motivos de seguridad frente a los amigos de lo ajeno.

¿Cómo afecta el calor al conductor y sus acompañantes?

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Las personas funcionamos en un determinado rango de temperaturas. Cuando hace un calor extremo, las proteínas se rompen como le sucede a un bistec cuando lo cocinamos y, en general, nuestro metabolismo se acelera y se desequilibra, llegando a la muerte si no se le pone remedio al aumento de la temperatura.

Para evitarlo, el organismo decide evacuar calor al exterior como sea. Para conseguirlo emplea la sangre aumentando su flujo hacia la piel (enrojecemos de calor) y hace aflorar gotas de sudor que al evaporarse se llevan parte del calor aportado por la sangre.

Pero este sistema tiene un inconveniente, y es que la sangre que va a la piel no está disponible para otros usos. Uno de los órganos que se ve más afectado es el cerebro, que al recibir menos sangre oxigenada tiene que reducir su ritmo de funcionamiento. Es decir, el calor nos aletarga y nos produce pérdida de concentración y de reflejos.

Se estima que una temperatura en el habitáculo de unos 35 ºC da lugar a unos efectos en el conductor equiparables a los que causa una tasa de alcoholemia de 0,5 gramos por cada litro de sangre. Es decir, el calor es un riesgo no sólo para el organismo sino también para la conducción.

Algunas innovaciones para protegernos del calor en el coche son el sistema de ventilación alimentado por un panel solar que se pone en marcha cuando el habitáculo se calienta, y de esta manera se fuerza la convección del aire caliente hacia el exterior, y también el climatizador por control remoto, que permite refrescar el habitáculo antes de entrar en el vehículo con una anticipación máxima de tres minutos.

Lo que sea, con tal de no pasar más calor de la cuenta dentro del coche.

En Espacio Toyota

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