El Bugatti Type 41 Royale era coche definitivo para Ettore Bugatti: bonito, enorme, lujoso y elegante, propulsado por un gigantesco motor de ocho cilindros en línea. Pero llegó al mercado en el peor momento posible: la Gran Depresión dejó sin compradores a buena parte de la clientela a la que iba dirigido. De hecho, en 1933 ya se habían construido seis Royale y 25 motores, pero sólo se habían vendido cuatro coches.
Así, por un lado, Ettore Bugatti tenía una fábrica llena de motores carísimos que no podía colocar… y por otro, la industria ferroviaria francesa necesitaba modernizarse. La solución para ambas partes fue reutilizar aquellos propulsores para crear algo que, visto desde hoy, parece casi una locura: un tren Bugatti de hasta 800 CV capaz de alcanzar 196 km/h.
El motor del Bugatti Royale que acabó sobre raíles
Cuando nació el Bugatti Type 41 Royale, la red de ferrocarril francesa estaba bastante desarrollada, pero buena parte de sus servicios seguía dependiendo de pesadas locomotoras de vapor. Además, los coches y los autobuses comenzaban a convertirse en una amenaza para el transporte ferroviario: hacía falta trenes más ligeros, rápidos y adecuados para servicios de medio y largo recorrido.
El Bugatti Type 41 Royale "Esders" Roadster. Junto al coche, Jean Bugatti, hijo de Ettore Bugatti. La réplica de este coche es hoy una de las joyas de la colección Schlumpf y equipa un 8 cilindros recuperado de un tren Automotor Bugatti.
Ettore vio la oportunidad y, en apenas nueve meses, desarrolló un nuevo automotor a partir del motor del Royale. Lo que resultó de aquel trabajo récord fue el ‘Automotor Bugatti’, también conocido como Autorail Bugatti: sus versiones más potentes, con apellido “WR” (Wagon Rapide), llevaban cuatro motores de ocho cilindros y 12,7 l, con una potencia conjunta de unos 800 CV. Por su parte, los “WL” (Wagon Léger), recurrían a dos motores y rondaban los 400 CV.
En ambos casos los propulsores se colocaban en la zona central y transmitían su fuerza a los ejes mediante árboles de transmisión, embragues hidráulicos y mecanismos de inversión. Y la configuración también era modular: los automotores podían circular como unidades individuales, dobles o triples, adaptándose a las necesidades de cada compañía ferroviaria.
Se llegaron a hacer composiciones desde 36 plazas hasta 144, mientras que la más rápida y lujosa, conocida como ‘Présidentiel’, llevaba cuatro motores para desarrollar 800 CV y ofrecía 48 asientos. En esa configuración alcanzó los 196 km/h en 1934.
El diseño se adelantó a su tiempo varias décadas
Para los pasajeros de la década de los años 30, subir a uno de estos trenes debía resultar bastante extraño y chocante. Y es que Bugatti no se limitó a colocar sus motores sobre cuatro ruedas de acero: intentó trasladar al tren la misma obsesión por el diseño que aplicaba a sus automóviles.
Empezando por el diseño, la carrocería tenía una forma extremadamente aerodinámica, muy alejada de las locomotoras de vapor tradicionales… ya que Bugatti aprovechó aquí su experiencia con los automóviles para reducir la resistencia al aire y conseguir una máquina ligera y rápida.
Además, el puesto de conducción estaba situado en una cabina elevada en la zona central del tren, una solución inédita entonces que permitía al conductor controlar la composición desde una posición muy particular.
En el interior, se seguía la misma filosofía: los asientos podían girarse para que los pasajeros viajaran mirando en el sentido de la marcha o en dirección contraria, y la distribución permitía crear pequeños espacios de reunión. La intención era ofrecer un viaje rápido, pero también cómodo y con un nivel de refinamiento poco habitual en el ferrocarril de aquella época.
Y entonces llegó la prueba que convirtió al automotor en una auténtica máquina de récords. En 1933, durante los ensayos de homologación, el primer Bugatti ferroviario alcanzó 172 km/h, una velocidad extraordinaria para un tren de pasajeros de aquella época; pero solo un año después, una versión posterior llegó a 196 km/h y se convirtió en el tren más rápido del mundo.
La cifra es especialmente llamativa si recordamos que hablamos de la década de 1930 y de una máquina impulsada por motores de gasolina derivados de un coche de lujo. El automotor llegó a utilizarse en diferentes servicios de la red francesa y permitió reducir considerablemente los tiempos de viaje… pero sus enormes motores también tenían un inconveniente evidente: consumir cuatro propulsores de 12,7 l no era ni eficiente ni barato. Por eso las versiones de dos motores resultaban más razonables para buena parte de los servicios comerciales.
Aun así, el proyecto cumplió una función mucho más importante para Bugatti, ya que permitió aprovechar motores que habían quedado sin salida comercial y mantener actividad en la fábrica de Molsheim en un momento especialmente complicado. En concreto, Bugatti asegura que llegó a desarrollar y fabricar 88 automotores.
La aventura ferroviaria terminó con la llegada de soluciones más modernas y eficientes. Los automotores Bugatti fueron desapareciendo progresivamente del servicio y hoy solo queda uno de aquellos trenes: el mítico ‘Le Présidentiel’, conservado en la Cité du Train de Mulhouse.
Imágenes | Bugatti
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