La industria del automóvil lleva una década compitiendo por meter la mayor cantidad de tecnología posible dentro de un coche. Pantallas que ocupan todo el salpicadero, apertura por huella dactilar, cámaras de infrarrojos que vigilan la cara del conductor en busca de signos de sueño.
Cada fabricante quiere presumir de ser el más avanzado. Pero una parte nada desdeñable de los compradores está empezando a hacer justo lo contrario, según recoge The Wall Street Journal.
No son sólo las pantallas, también es la constante vigilancia
A medida que la tecnología avanza cada vez más deprisa, estamos experimentado ahora una suerte de retroceso. Los auriculares de cable vuelven a ser los favoritos frente a los de Bluetooth. El formato físico para el entretenimiento (vinilo, CD o simplemente música en un USB) no ha muerto, al contrario. En ese sentido, la decisión de Sony de abandonarlo por completo en la PS5 no ha gustado a los gamers. Y es algo que se empieza a ver también en el automóvil.
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Brett Doyle, informático de St. Louis, mantiene una hoja de cálculo con toda la tecnología que no quiere ver jamás en un coche, desde manetas de puerta electrónicas hasta el control de crucero adaptativo.
Él y sus dos hijos adolescentes se encargan del mantenimiento de los cuatro coches de la familia, todos comprados en la década de 2010, precisamente para seguir siendo analógicos el mayor tiempo posible. Su queja no es ideológica sino práctica. Prefiere girar un mando físico para el aire acondicionado antes que aprender un menú nuevo cada vez que estrena un coche.
Karen Kefauver es consultora de redes sociales en Santa Cruz y se plantea comprar un coche usado por primera vez en su vida. El detonante fue un vídeo viral en el que una mujer de estatura similar a la suya veía cómo su coche decidía frenar solo porque el sistema de vigilancia del conductor interpretó que se había quedado dormida al agacharse un instante. Kefauver no se considera enemiga de la tecnología, pero se resiste a que su coche le monitorice el pulso y la cara.
Los concesionarios lo notan, aunque no lo comparten. Chris Lemley, presidente del grupo Sentry Auto Group en las afueras de Boston, admite recibir quejas constantes sobre el aviso de punto ciego o la cámara trasera. Aun así, no cree que el sector vaya a dar marcha atrás. Para él, un coche sin tecnología de última generación en 2026 sencillamente no es una opción comercial, y la mayoría de sus clientes sigue pidiendo más pantallas, no menos.
Quien busque huir de esa deriva tiene muy pocas opciones. La firma de análisis Edmunds incluyó el año pasado al Chevrolet Trax en su lista de coches recomendables para reacios a la tecnología en EEUU, precisamente por su escasez de ayudas a la conducción.
Los Mazda 3 y CX-30 aparecen también en ese tipo de listas gracias a sus botones físicos y mando giratorio para controlar el sistema multimedia (una función que hasta no hace mucho era la norma en BMW, Audi o Mercedes), además de conservar la rareza de una caja manual. Y por muy poco tiempo todavía en el caso del Mazda 3, ya que la marca sólo vende unidades en stock y no acepta nuevos pedidos.
Pero la norma parece ser, más y más pantallas, aunque tengan todas las mismas informaciones y funciones. Sólo algunas marcas, como Volkswagen están volviendo a los botones, debido a las quejas de los clientes. China, que nos ha inundado con coches llenos de pantallas. Ahora ha decidido desterrarlas porque no son seguras, dando un argumento más a favor de estos "anti tecnología".
El propio CEO de Nissan, Ivan Espinosa, reconoce que el planteamiento del sector es un poco absurdo. Los fabricantes concentran la tecnología más sofisticada en los modelos más caros, cuando suele ser el comprador de coches de acceso, generalmente más joven, quien más la demanda. Según su lectura, el perfil que rechaza estas ayudas tiende a coincidir con compradores de mayor edad.
Ron Burda desmiente parcialmente esa teoría. Tiene 85 años, acaba de comprarse un Toyota RAV4 y detesta la tecnología de asistencia a la conducción, pero no por una cuestión generacional. Su argumento es que un conductor no necesita ayuda para mantenerse en el carril o para no chocar contra algo, y que llevamos cien años aprendiendo a conducir sin eso.
El velocímetro digital de su RAV4 le costó tanto leer que un técnico del concesionario tardó media hora en configurarle una lectura de estilo analógico. Mientras tanto, ha resuelto el resto de molestias a su manera, con trozos de cinta adhesiva pegados en la pantalla para localizar los “botones más importantes” sin necesidad de mirarlos.
Burda ha llegado a escribir a la sede de Toyota en Estados Unidos proponiendo un modelo específico para conductores expertos, sin avisos ni pantallas digitales. Según su cálculo, sería más barato de fabricar y, de paso, obligaría a mejorar la técnica al volante. En todo caso, su idea sería inviable en Europa, donde las ayudas a la conducción obligatorias son cada vez más numerosas, aunque su funcionamiento en no pocos coches deja mucho que desear, como el asistente de límite de velocidad.
Imágenes | Mercedes, Li Auto, Mazda
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