Ni litio ni hidrógeno, Portugal quiere almacenar energía renovable inyectando aire comprimido en rocas a 3.000 metros de profundidad

El sistema podría alimentar ciudades enteras y reaccionar al instante ante un apagón, pero todavía necesita entre 5 y 10 años de desarrollo.

Aerogeneradores
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Daniel Murias

Almacenar energía en el subsuelo puede parecer ciencia ficción, pero no es algo nuevo. Conocida desde los años 70, con las primeras experiencias realizadas en cavernas de sal en Alemania, esta técnica abre un abanico de posibilidades para las energías renovables y para las necesidades de almacenamiento que estas conllevan.

“Uno de los problemas de la transición energética es la mayor disponibilidad de energía procedente de fuentes renovables, que no es posible almacenar”, explica a Euronews Ricardo Pereira, investigador de GeoBioTec en la Facultad de Ciencias y Tecnología de la Universidad NOVA de Lisboa. “Es posible aprovechar ese excedente de energía eléctrica y almacenarlo temporalmente en las rocas del subsuelo, a 500, 1.000 o 2.000 metros”, añade el investigador portugués.

El subsuelo como batería gigante

Investigadores portugueses trabajan en un sistema capaz de almacenar los excedentes de energía renovable directamente en las rocas situadas bajo la península ibérica. ¿Cómo? Inyectando aire comprimido en los poros naturales de ciertas formaciones geológicas para liberarlo después para producir electricidad cuando la red lo necesite.

El proyecto corre a cargo de equipos de la Universidad NOVA de Lisboa y del Instituto Dom Luiz, vinculado a la Facultad de Ciencias de la Universidad de Lisboa. Sus trabajos, publicados en la revista científica Geoenergy, describen cómo rocas situadas entre 500 y 3.000 metros de profundidad podrían actuar como depósito energético.

Paneles Solares Y Aerogeneradores

“Usando la tierra, las rocas, como una especie de batería, podemos almacenar cantidades de energía capaces de alimentar ciudades pequeñas, y esa es la gran fortaleza de esta tecnología”, explica Ricardo Pereira.

Aunque parecen perfectamente compactas, algunas rocas albergan diminutas cavidades entre sus granos. En el caso de estas rocas porosas, el procedimiento consiste en alimentar compresores de aire con el excedente de electricidad producida a partir de fuentes renovables, como aerogeneradores o paneles solares. Estos inyectan después el aire, sin hidrógeno ni CO2 y por tanto sin riesgo de explosión, a través de un pozo hasta una capa de roca porosa en profundidad. El aire quedaría así atrapado bajo tierra hasta que se necesitara.

El funcionamiento recordaría al de una central eléctrica convencional, con la diferencia de que no habría combustión. En un pico de demanda, el aire subiría a la superficie, se expandiría y movería turbinas para generar electricidad. De este modo se puede aprovechar mejor la producción solar y eólica ibérica, especialmente en las horas en que supera la capacidad de absorción de la red.

Hasta 1 TWh almacenado bajo tierra

En el mejor de los escenarios —yacimientos explotados hasta 3.000 metros de profundidad—, el estudio habla de una capacidad de almacenamiento de hasta 1 TWh, suficiente para alimentar temporalmente varias ciudades portuguesas de tamaño medio. Ricardo Pereira, investigador de GeoBioTec en la Escuela de Ciencias y Tecnología de la Universidad NOVA de Lisboa, matiza: se trata del escenario más optimista, con todas las condiciones ideales reunidas.

Más allá del almacenamiento de larga duración, la tecnología ofrecería otra ventaja estratégica, la capacidad de arranque en frío, es decir, reactivar la red sin depender de un suministro eléctrico previo. Según Pereira, el aire comprimido reacciona casi instantáneamente, lo que permitiría activarlo o cortarlo en un instante, un activo valioso ante un apagón generalizado.

El despliegue a gran escala sigue siendo lejano. Pereira estima que entre identificación de formaciones adecuadas, estudios geológicos en profundidad, perforación de pozos, construcción y validación de una instalación de prueba un proyecto piloto requeriría entre cinco y diez años de desarrollo. 

A ello se suma la ausencia, por ahora, de un marco regulatorio específico para este tipo de almacenamiento subterráneo, condición indispensable antes de cualquier explotación comercial.

Imágenes | Pexels

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