Que un motor llegue a 600.000 kilómetros no es cuestión de suerte ni de marca. En la práctica, casi todos los motores del mercado pueden alcanzar el medio millón de kilómetros. Vale, hay algunas pocas excepciones notorias por un fallo de diseño. Pero para la mayoría, el secreto para lograrlo es de lo más sencillo.
Basta con recordar la máxima: “El aceite es barato, los motores son muy caros”.
Las bases del mantenimiento
Scotty Kilmer, mecánico con 57 años de experiencia y más de siete millones de seguidores en redes sociales, lo demuestra con su propio coche, que supera los 625.000 kilómetros y sigue en marcha.
El aceite es el punto de partida. Kilmer recomienda cambiarlo junto al filtro cada 5.000 millas (8.000 km), sin esperar a que el motor acumule residuos que degradan la lubricación y aceleran el desgaste interno. Su argumento es directo y lleno de sentido común: el aceite es barato, los motores no.
En la práctica, en realidad sólo basta con seguir las recomendaciones del fabricante. Ya sea cada 10.000 km o 20.000 km; o cada año o cada dos años, lo que llegue antes, se hace el mantenimiento.
El líquido refrigerante merece la misma atención, un aspecto que a veces se descuida o no se le presta la misma atención que al aceite. Usar el líquido incorrecto o dejarlo envejecer favorece la oxidación interna, que corroe piezas del circuito de refrigeración y puede llegar al bloque. No es un gasto opcional. Killmer asegura cambiarlo cada cinco años.
La correa de distribución es la pieza más crítica de un motor de combustión interna y por desgracia tienen fecha de caducidad. Su función es mantener sincronizados el cigüeñal y el árbol de levas; si se rompe en marcha, los pistones y las válvulas colisionan y el motor queda destruido. Es una avería que no avisa, o casi. Si oyes que algo chirría, literalmente, cuando tu motor funciona, es que a la correa le quedan dos telediarios.
Kilmer fija el intervalo de sustitución en 100.000 millas, es decir, 161.000 kilómetros. Para motores pensados para el mercado estadounidense o canadiense, donde las distancias medias recorridas son superiores a las de Europa o Japón. En el caso de Europa, lo ideal es cambiar la correa de distribución cuando se acerca a los 100.000 km.
¿Y los coches que llevan cadena de distribución? En teoría no se tienen que cambiar, pero la realidad a veces pasa de lo que diga la teoría y también se pueden romper por desgaste. Ese desgaste está estrechamente ligado al aceite. Un aceite de mala calidad o intervalos de cambios de aceite muy separados los unos de los otros hacen que se genera más fricción en los eslabones y tensores. Estos últimos suelen ser de plástico y fallan entonces antes que la propia cadena. Muchos talleres independientes recomiendan revisar el estado de la cadena a partir de los 150.000 o 200.000 km si sabemos que el mantenimiento ha sido el correcto.
El uso del coche también influye en su vida útil. La clave aquí es no forzarlo sin necesidad. Conducir de forma brusca o llevar el motor al límite de forma habitual desgasta antes la transmisión y el propio motor. La conducción en carretera o autopista, con régimen constante y sin paradas frecuentes, es mecánicamente mucho menos agresiva que el uso urbano. De ahí, la recomendación de ser suaves conduciendo.
Por último, no descuidemos la carrocería. Los restos de insectos y excrementos de aves contienen ácidos que atacan el barniz si no se eliminan pronto. No es estética, es proteger la chapa de la oxidación a largo plazo.
Imágenes | Motorpasión, Scotty Kilmer
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