A la larga, usar combustible barato "puede acabar pasando factura", y no es una advertencia lanzada al aire, sino una idea que comparte Carlos Pérez, conocido popularmente como "el mejor mecánico de España", en una charla con La Vanguardia. Ahora bien, tampoco es tan simple como parece, porque el propio experto matiza que "todas las gasolinas parten, en esencia, de los mismos proveedores mayoristas". Entonces, ¿dónde está realmente la diferencia?
El nombre de Carlos Pérez no aparece por casualidad: este profesional ha ganado notoriedad tanto dentro como fuera del sector gracias a varios reconocimientos, entre ellos el otorgado por La Comunidad del Taller. Su presencia en medios ha ido creciendo, y con ella sus opiniones sobre qué coches elegir, qué marcas ofrecen mayor fiabilidad o qué tipo de combustible conviene utilizar.
Con el tiempo, Pérez se ha convertido en una voz habitual en entrevistas donde analiza el mundo del motor con un enfoque práctico. Y precisamente en ese contexto es donde surge el debate sobre si merece la pena ahorrar en la gasolinera o no.
Aquí es donde aparece el matiz que lo cambia todo: en sus declaraciones, Pérez explica que, aunque el origen del combustible sea común, lo que marca la diferencia son los aditivos que cada marca añade. Estos compuestos, según indica, ayudan a mantener limpio el sistema de alimentación y evitan la acumulación de residuos que pueden afectar al motor con el paso del tiempo.
Dicho de otro modo, no hay una negación rotunda al combustible barato, pero tampoco una aprobación total. El mecánico deja caer que ese ahorro inmediato podría traducirse en un mayor desgaste mecánico a largo plazo. Y claro, cuando entran en juego posibles averías, el ahorro inicial puede quedarse en nada.
"El precio puede ser tentador, pero a largo plazo, el uso de combustibles de peor calidad puede provocar averías y un mayor desgaste del motor, con el coste que eso supone en reparaciones"
Aun así, hay un punto en el que coinciden muchos expertos: en España, el combustible que llega a las estaciones de servicio es, en esencia, el mismo. No es una suposición, es una cuestión de logística.
El suministro pasa por Exolum, antes conocida como CLH, que distribuye carburante procedente de refinerías operadas por compañías como Repsol, Cepsa o BP con un producto que ya cumple unos estándares de calidad antes de llegar al surtidor.
La diferencia real aparece después, justo antes de la venta. Es en ese punto donde cada marca decide si añade o no determinados aditivos a su combustible.
La clave del asunto
Algunas compañías optan por enriquecer el carburante con fórmulas propias que, en teoría, mejoran el rendimiento del motor o reducen la suciedad interna. Otras, en cambio, prescinden de estos añadidos para abaratar costos. Incluso la propia Exolum incorpora ciertos aditivos base en algunos casos, pero la decisión final recae en quien comercializa el producto. Y, como es lógico, añadir estos compuestos encarece el precio final.
¿Y hay evidencia científica? La respuesta no es tan clara como cabría esperar. Investigadores como Carles Fité y Rodrigo Soto, ambos vinculados a la ingeniería química, han señalado que, desde un punto de vista analítico, las diferencias entre combustibles son mínimas. En sus estudios, los componentes y proporciones resultan prácticamente idénticos.
En la OCU tampoco han encontrado pruebas concluyentes que respalden los beneficios de estos aditivos. De hecho, apuntan a que demostrar que prolongan la vida del motor es extremadamente complicado, ya que no existe una forma real de comparar qué habría pasado en condiciones distintas.
Foto de engin akyurt en Unsplash
No es el producto, es el negocio
Si no está en el producto, entonces está en el modelo de negocio. Las gasolineras low cost pueden ofrecer precios más bajos porque operan con menos gastos: menos personal, menos inversión en desarrollo y prácticamente nada de publicidad.
En cambio, las estaciones premium construyen su valor alrededor de la confianza. No solo venden combustible, también fidelizan al cliente con programas, tiendas o acuerdos con otras empresas. Todo suma en el precio final.
En el fondo, más allá del tipo de gasolina, lo realmente importante suele ser el estado de la estación de servicio: que el combustible se renueve con frecuencia, que los depósitos estén en buen estado y que se respeten los estándares mínimos marca más la diferencia que el precio en sí.
Eso sí, en los últimos tiempos han salido a la luz casos de fraude relacionados con estaciones que vendían carburante de baja calidad mientras manipulaban cuestiones fiscales. Este tipo de prácticas ha contribuido a generar cierta desconfianza hacia el combustible barato, aunque el problema, en realidad, no esté tanto en el precio como en quién lo vende.
Fotos de Ballenoil | BP España
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