De récord de 24 horas a fábrica de bombarderos: la doble vida del primer circuito permanente del mundo que hoy se cae a trozos

  • Brooklands revolucionó las carreras con el primer circuito permanente del mundo en 1907

  • Sus gigantescos peraltes de hormigón sobrevivieron a dos guerras mundiales y todavía pueden recorrerse 

Apertura Circuito
Sin comentarios Facebook Twitter Flipboard E-mail
irene-mendoza

Irene Mendoza

En Brooklands, a media hora de Londres, la historia del automovilismo aún se puede tocar. Entre naves industriales, hangares urbanizaciones y carreteras, sobreviven las ruinas de un lugar que revolucionó para siempre el automovilismo. A simple vista podrían confundirse con los restos de un anfiteatro romano, pero son parte del primer circuito del mundo, construido expresamente para automóviles en 1907.

Por increíble que parezca, hoy sus gigantescos peraltes de hormigón siguen en pie y sobreviven cerca de tres cuartas partes del trazado original. Pero además de cambiar para siempre la competición automovilística, Brooklands también fue uno de los puntos clave donde comenzó a desarrollarse la aviación británica. Pocos lugares han dejado una huella tan profunda en dos industrias que marcaron el siglo XX.

El circuito que enseñó al mundo cómo se debía correr

Basta levantar la vista para entender por qué Brooklands sigue impresionando: una pared de hormigón de nueve metros de altura, cubierta de grietas, musgo y árboles, se alza donde hace más de un siglo los coches pasaban a toda velocidad. Detrás de aquella obra estaba Hugh Locke King, un terrateniente que ni siquiera era piloto.

Apertura Brooklands

Convencido de que Gran Bretaña necesitaba un circuito permanente donde desarrollar coches cada vez más rápidos, invirtió prácticamente toda su fortuna en un proyecto que muchos consideraban imposible: en sólo nueve meses levantó una pista de 5,23 km con dos inmensos peraltes de hormigón, una anchura de 30,5 m (suficiente para que rodaran hasta ocho coches de la época en paralelo) y un puente curvo sobre el río Wey que fue una auténtica proeza de la ingeniería.

El circuito que enseñó al mundo cómo se debía correr

Además de costarle su patrimonio, el esfuerzo también deterioró su salud, pero mereció la pena: Brooklands empezó a hacer historia incluso antes de celebrar su primera carrera, pues sólo unos días después de la inauguración, Selwyn Francis Edge completó allí un récord de resistencia de 24 horas recorriendo 2.544 km a una media cercana a 106 km/h.

Lo hizo de noche, guiado únicamente por cientos de faroles y grandes bengalas que iluminaban el interior del circuito… y aquella marca permaneció imbatida durante 17 años. Cuando llegaron las primeras competiciones tampoco existía un reglamento para las carreras de automóviles, así que muchas normas se copiaron directamente de las carreras de caballos. No por casualidad, la prensa bautizó aquella primera reunión como el “Ascot del automóvil”.

Brooklands 2

Pero Brooklands nunca fue sólo un circuito: en 1909 también acogió uno de los primeros aeródromos de Reino Unido y empezó a atraer a pioneros como A. V. Roe, Louis Paulhan o Tommy Sopwith. Así, mientras unos buscaban cómo fabricar coches más rápidos, otros aprendían a volar desde los hangares levantados en el interior del circuito. 

Allí abrió incluso la primera oficina del mundo dedicada a vender billetes de avión y comenzaron a desarrollarse compañías que acabarían dando origen a algunos de los fabricantes aeronáuticos más importantes del siglo pasado.

Trazado

De los récords de velocidad a los bombarderos

En las décadas siguientes Brooklands se convirtió en el circuito más rápido del mundo: en 1913 Percy Lambert fue el primer piloto en superar las 100 mph (161 km/h) en un circuito, mientras que años después John Cobb alcanzó una velocidad media de 230 km/h con el legendario Napier-Railton, un registro que Indianápolis no consiguió superar hasta 1955.

El viejo puente Hennebique terminó asentándose con el paso del tiempo y creó un bache tan pronunciado que algunos coches llegaban a despegar durante unos instantes. Aquellas fotografías de los Bentley de Tim Birkin literalmente suspendidos en el aire terminaron convirtiéndose en algunas de las imágenes más famosas de Brooklands. 

Aviones

Y hay una leyenda que añade un último capítulo a su historia: muchos visitantes siguen asegurando que el fantasma de Percy Lambert continúa recorriendo el circuito vestido con su equipación de carreras.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial cambió para siempre el destino del circuito: donde antes se perseguían récords de velocidad empezaron a fabricarse bombarderos Vickers Wellington y otros aviones militares. De hecho, para facilitar su producción y despegue se demolieron varios tramos del Byfleet Banking y otras zonas quedaron dañadas por los bombardeos alemanes. Muchos años después, aquellas mismas instalaciones también participarían en el desarrollo del Concorde.

Lo que queda hoy de Brooklands puede ser algo desconcertante: puedes caminar junto a un peralte centenario y, unos metros después, aparece un supermercado. Más adelante hay oficinas, un aparcamiento y hasta una urbanización donde antes rugían Bentley lanzados a más de 200 km/h. 

Aun así, la extraordinaria solidez de aquella gigantesca estructura de hormigón ha permitido que sobrevivan los espectaculares peraltes del ‘Members Banking’ y del ‘Byfleet Banking’, el ‘Test Hill’, antiguos hangares, parte de los boxes y otros edificios históricos que hoy forman parte del Brooklands Museum.

Valla Test Hill

Incluso el Members Banking, que parece una inmensa ola de hormigón suspendida sobre el visitante, conserva en algunos puntos un grosor de sólo 15 centímetros, una cifra difícil de creer para una estructura de semejantes dimensiones. Puede que Brooklands ya no escuche el rugido de los motores, pero pocas ruinas cuentan una historia tan importante para el automóvil… y para la aviación.

Imágenes | Brooklands Museum

En Motorpasión | La increíble historia de Michèle Mouton: la reina de la velocidad que rompió el techo de cristal en los rallies

Inicio