La última vez que Suiza participó en un conflicto internacional fue en 1815, contra la Francia de Napoleón. Desde entonces, la neutralidad perpetua Suiza del tratado de Viena de ese mismo año ha hecho que su estrategia sea muy sencilla: hacer que invadirla le salga muy caro al invasor, tanto que no le compense.
Rodeada por Alemania, Francia, Italia y Austria, sin margen para sostener una guerra de desgaste convencional, la neutralidad suiza nunca fue una postura meramente pasiva. Fue una ingeniería para prepararse para lo impensable.
Puentes, túneles y carreteras cargados de explosivos
El punto de inflexión llega en el verano de 1940. Francia acaba de caer y Suiza queda encerrada entre las potencias del Eje. El 25 de julio de 1940, el general Henri Guisan, al mando del ejército desde 1939, convoca a 650 oficiales superiores en el prado de Rütli, cuna simbólica de la Confederación situada en el cantón de Uri. Allí ordena que el ejército se disponga a aplicar el Reducto Nacional, ideado en 1880.
La idea del Reducto Nacional es que en caso de invasión, el ejército suizo podría replegarse a las zonas montañosas del sur del país, desde el Monte Blanco en Francia hasta el Lichtenstein y Austria al Este, y que incluye a los tres cantones fundadores del país (Schwyz, Uri y Unterwald). Eso sí, en el proceso, tendrían que abandonar la meseta central, que aglutina la mayor parte de la población, y las principales ciudades, como Ginebra, Basilea o Zurich.
Reducto Nacional suizo
La idea, firmada por el coronel Samuel Gonard, se basa en un principio que hoy sigue vigente en la doctrina militar: la defensa en profundidad. No se trata de resistir en la frontera, sino de ceder terreno de forma controlada mientras se degrada la capacidad del atacante para avanzar.
Ahí es donde entran en juego las carreteras. Si el ejército se repliega a los Alpes, los puentes, túneles y pasos de montaña del país se convierten en un objetivo propio. Así, miles de estructuras se diseñaron o modificaron para poder ser destruidas rápidamente por el propio país en caso de invasión.
El sistema no era improvisado. En los puentes, se integran cámaras para explosivos en los pilares desde la fase de construcción, junto con cordones detonantes ya tendidos. Cuando una autovía pasa por encima de una vía de tren, el tramo se calculó para que, al volar, cayera exactamente sobre las vías inferiores. En algunos puntos se añadía artillería oculta (en granjas, aserraderos o directamente en un flanco de montaña) orientada hacia la propia estructura, no tanto para destruir al invasor, sino para impedir que reparase lo que Suiza acababa de destruir.
La Villa Rose, a menos de 30 km de Ginebra. Una casa tranquila que esconde artillería.
La cifra de instalaciones varía según la fuente y el periodo que se mida. Según el ejército suizo, habría alrededor de 2.000 estructuras equipadas con explosivos, entre puentes, túneles, carreteras y pistas de aterrizaje, las cuales son a menudo tramos de autovía.
La doctrina, que se remonta al siglo XIX, se intensificó durante la Segunda Guerra Mundial y en 1975, con el programa Empleo Permanente de Explosivos (PED 75). En plena Guerra Fría, el temor ya no era el Eje sino un avance soviético a través de Alemania del Este.
La capa visible de este sistema sigue en pie. Entre Bassins y Prangins, en el cantón de Vaud, corre una línea de diez kilómetros de dientes de dragón —bloques de hormigón de varias toneladas— conocida popularmente como la línea Toblerone, por su parecido con el chocolate.
Artillería camuflada en las montañas suizas, apuntando a un embalse.
Forma parte de la antigua línea Promenthouse, construida entre 1939 y 1945, con doce fortines camuflados a lo largo del trazado; dos de ellos, disfrazados de villas residenciales, siguen visitables hoy. Su función nunca fue detener un ejército blindado de forma definitiva. Era ralentizarlo lo suficiente para que la voladura de puentes y túneles hiciera el resto.
El desmantelamiento llegó tarde y de forma casi discreta. El ejército suizo no completó la retirada de explosivos de la red de puentes hasta 2014, con el Rin como última frontera pendiente: el puente cubierto de Bad Säckingen, que conecta Alemania con Suiza, conservó cargas de TNT hasta octubre de ese año.
La decisión no respondió a un cambio doctrinal dramático, sino a algo más prosaico. El coste de mantenimiento de un sistema pensado para una amenaza que ya no existía. Muchos de los búnkeres asociados al Reducto, más de 8.000 en su versión más amplia, fueron vendidos o reconvertidos; algunos operan hoy como centros de datos, protegidos de forma natural frente a pulsos electromagnéticos.
Lo relevante no es que Suiza minara sus puentes. Es que convirtió la totalidad de su infraestructura de transporte en una extensión deliberada de su defensa, sostenida durante más de un siglo sin disparar un solo tiro. Hoy, esa neutralidad y Reducto Nacional cobra un nuevo sentido. Ya no necesita volar sus puentes y vías de tren, Suiza está literalmente rodeada por la OTAN y la UE. Citando a un diputado suizo de Ginebra crítico con la compra de cazas F-35, “Suiza es un polizón de la OTAN”.
Imágenes | Fabien Perissinotto, Schutz, Auge=mit, Clément Dominik
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