Durante décadas, la etiqueta “Made in China” ha sido sinónimo de producto de segunda, de escaso valor añadido y de bajo coste debido a su fabricación masiva en el país asiático. Para hacernos una idea, era lo opuesto a encontrarse con el “Swiss made” de un reloj: en lugar de dar “caché” a ese producto, el “Made in China” se lo rebajaba.
Y tenía sentido porque, efectivamente, la mayoría de productos fabricados en ese país eran baratos y no tenían la misma calidad que un producto similar fabricado en occidente o en Japón, el único país oriental que sí era sinónimo de alta calidad, al menos desde los años 70. Ahora, el "Made in China" significa otra cosa.
Un cambio de paradigma que lleva años gestándose
Durante muchos años, China ha sido la gran “fábrica” del mundo: las compañías occidentales decidían fabricar allí ciertos productos porque les salía mucho más barato que hacerlo “en casa” gracias a unos costes laborales terriblemente bajos, tanto, que costaría poner la línea entre costes bajos y esclavitud.
La cuestión es que, gracias a esa jugada, muchos productos de marcas occidentales se podían comprar más baratos, mientras que los productos de marcas chinas se ha visto durante muchos años como cosas “low cost”.
En España ha sido (y es) muy típico ir al bazar chino de turno a comprar cosas tiradas de precio, siendo conscientes de que su calidad no era buena, pero bajo la premisa de que “por ese precio, hace el apaño”.
Pero el mundo ha cambiado y el “Made in China” tiene un nuevo significado. El país oriental se ha puesto las pilas y ha conseguido que cambie la imagen que tenemos de las cosas que se fabrican allí.
Sí, China sigue siendo la mayor potencia manufacturera del planeta, pero ya no es la gran “fábrica” del mundo: además de fabricar productos para compañías occidentales, fábrica de todo para sus propias marcas y muchas de esas marcas no solo compiten de tú a tú con sus rivales occidentales, sino que están por delante: por innovación, por desarrollo tecnológico y por capacidad industrial, pero no únicamente por precio, como pasaba antes.
Basta con nombrar algunas compañías: BYD, Xiaomi, CATL, DJI o Huawei. Todas son referencias mundiales en sus respectivos sectores. CATL fabrica las baterías que utilizan muchos fabricantes de coches eléctricos e híbridos de todo el mundo, ojo, marcas premium, como BMW, Mercedes-Benz o Volvo recurren a la tecnología de CATL.
BYD ha pasado de ser un fabricante de baterías a convertirse en el primer fabricante mundial de coches enchufables. DJI domina el mercado internacional de drones civiles y otros de sus productos, como las cámaras de acción o los micrófonos, son referentes en todo el mundo, por calidad y por precio.
Durante la década de 2010, el Gobierno chino impulsó la transformación industrial y tecnológica del país para desarrollar productos de alto valor añadido, que es lo que nunca había tenido China.
Ahora, esa política está teniendo resultados, y da la impresión de que esto no ha hecho nada más que empezar. Cada vez hay más empresas chinas que diseñan sus propios productos, en lugar de copiar los occidentales, como pasaba antes, registran patentes, desarrollan software y lideran procesos industriales muy complejos: basta con comparar una fábrica europea de coches con una china, como la de Xiaomi.
Esa transformación ha cambiado también la percepción internacional del “Made in China”: está dejando de tener connotación negativa y de asociarse a algo barato y de mala calidad para ser una marca propia y un motivo de orgullo para muchas empresas chinas, especialmente en sectores como el del automóvil, el de la robótica o el de las baterías.
La etiqueta sigue siendo la misma, pero ha cambiado todo lo que hay detrás, por eso ya no solo indica un lugar de fabricación, sino una capacidad tecnológica, como el ‘Swiss made’ de la relojería.
Ojo, esto no significa que China haya sustituido a Europa, Japón o Estados Unidos como primera potencia tecnológica, pero sí ha dejado de ser la competencia de estos países únicamente por precio.
Imágenes | Unsplash, BYD, XPeng, GWM
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