Recién comenzado el siglo XXI, el Ejército brasileño creía haber comprado la ganga de la década: pagó 12 millones de dólares por un poderoso portaaviones francés, buque insignia de la Armada gala durante cuatro décadas. Era el Foch, que Brasil rebautizó como São Paulo.
Pero en realidad lo que había comprado era una suerte de caballo de Troya que nadie quería: asolado por problemas mecánicos y escondiendo una "bomba" contaminante en su interior. Años después acabó hundido en el Atlántico, desatando una tremenda polémica medioambiental.
Un gigante de la Guerra Fría que acabó en Brasil
Concebido en los años 50 en el astillero de Saint-Nazaire, el Foch entró en servicio en 1963. Junto a su gemelo, el Clemenceau y que daba nombre a su clase, fue la piedra angular del poder naval galo en la Guerra Fría. Estuvo casi 40 años en activo, completando docenas de misiones: desde las pruebas nucleares en el Pacífico hasta operaciones en Líbano o los Balcanes.
Sus cifras: 265 m de eslora, 51,2 m de ancho y 8,6 m de calado, con un peso de 24.000 toneladas y 32.780 toneladas de desplazamiento. Tenía capacidad para más de 1.700 tripulantes y cerca de 40 aeronaves, entre ellos los cazabombarderos Super Étendard (podía llevar hasta 18) o cazas supersónicos como los F-8 Crusader.
Pero a comienzos del año 2000 su sustituto, el Charles de Gaulle, ya estaba listo. Así que Francia le buscó una segunda vida: vendérselo a la Armada brasileña por los mencionados 12 millones de dólares. Le pusieron el nombre de São Paulo y la intención era que se convirtiera en la flor y nata de su fuerzas militar sobre los mares. No fue así.
Una ganga envenenada
Lo que heredó Brasil fue un portaaviones ya con evidentes problemas de deterioro que acabó convirtiéndose en una auténtica pesadilla. Durante su servicio apenas estuvo tres seguidos operando, asolado por problemas mecánicos y de mantenimiento, pasando largos periodos en el taller. Apenas firmó 200 operaciones en alta mar.
También sufrió varios accidentes: hasta seis incendios, uno muy grave en 2005, y que se saldaron con hasta cuatro muertes. La falta de piezas igualmente complicaba su mantenimiento. Convertido en un agujero negro de dilapidar presupuesto, Brasil planificó someterlo a una profunda actualización para mantenerlo activo hasta 2039, pero los altos costes estimados acabaron por desechar esta modernización.
Casi 20 años después de comprarlo, la Armada decidió retirarlo. Entonces empezó su odisea.
La odisea atlántica de un gigante altamente contaminante
La ganadora del concurso para achatarrar el São Paulo fue la empresa turca ÖK Denizcilik, especializada en el reciclaje de buques. Con sede en Aliağa, en agosto de 2022, las autoridades brasileñas lo remolcaron rumbo a la costa turca, donde debía desmontarse y reciclar sus materiales. Pero cuando estaba ya cerca del Mediterráneo, se le retiró el permiso de importación: diversas organizaciones ecologistas habían alertado de la existencia de materiales altamente tóxicos en los elementos que componían su casco y estructura.
Al regresar de vuelta a Brasil, en una nueva travesía por el Atlántico, las autoridades brasileñas asimismo se negaron a que entrara en sus aguas para su desmantelamiento. El resultado fue que durante meses quedó a la deriva frente a la costa, mientras su casco altamente tóxico seguía deteriorándose. Su desgaste se aceleró en este doble e infructuoso traslado.
Aún hoy se desconoce la cantidad de materiales nocivos que integraba. Según la autoridades de Brasil: 9,6 toneladas de amianto, conocido componente usado durante décadas y que se prohibió en España en 2002 y en la UE en 2005 por su potencial cancerígeno. También 644 toneladas de tintas y otros materiales peligrosos. Pero organizaciones ecológicas señalan cantidades superiores: más de 600 toneladas de amianto sumado a 170 toneladas de pinturas anticorrosivas, a base de cadmio y plomo. Asimismo mencionan elementos como el mercurio o químicos industriales como los PCB de complicada degradación.
"Desastre medioambiental"
Tal cóctel tóxico hoy está a 5.000 m de profundidad bajo el Atlántico. Meses después de estar a la deriva frente a la costa brasileña, la decisión que tomó el Ejecutivo fue hundirlo en el océano. El 3 de febrero de 2023 se hizo efectivo, abriendo su casco con cargas explosivas. No se conoce exactamente la zona, pero se señala que se realizó a unos 350 km de la costa.
Varias ONG criticaron duramente la polémica decisión, tachando de desastre medioambiental el hundimiento del São Paulo, como es el caso de Basel Action Network. Robin des Bois lo tildó de "paquete tóxico de 30.000 toneladas", considerando además a Francia en parte responsable al conocer su deterioro y los materiales que lo componían. Greenpeace y Sea Shepherd denunciaron que la operación suponía una violación de tres tratados ambientales internacionales.
Que no se conozca a ciencia cierta su ubicación bajo el océano y la discrepancia en cifras de la cantidad de materiales nocivos que albergaba, no hacen más que demostrar la opacidad de toda la operación. Sea como fuere, sus restos siguen a kilómetros de la superficie, degradándose lentamente. Una gigantesca pieza de desguace que no se atrevieron a desmantelar por el riesgo que suponía simplemente tratar sus componentes.
Imágenes | Wikimedia, Brazil Navy, Rob Schleiffert en flickr, Pexels
Ver 0 comentarios