Los acorazados dejaron de ser los dueños de los océanos cuando los aviones y los misiles demostraron que el tamaño y el blindaje ya no bastaban para ganar una guerra naval, pero ahora EEUU quiere devolverles el trono con un buque de más de 40.000 toneladas, propulsión nuclear y una capacidad de fuego pensada para el siglo XXI.
El proyecto se conoce como BBG(X) o “clase Trump” y pretende convertirse en el mayor buque de combate de superficie estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial, solo por detrás de sus portaaviones… Pero lo realmente llamativo de este proyecto no son sus dimensiones, sino que Washington está volviendo a plantear una pregunta que parecía resuelta: ¿tiene sentido concentrar tanta potencia militar en un solo barco?
El acorazado vuelve, pero sus cañones serán misiles
El anuncio de la clase Trump recupera deliberadamente el concepto del antiguo “capital ship” o “ buque capital”, cuando los grandes acorazados eran la máxima expresión del poder industrial y militar de una potencia. Eran enormes, estaban fuertemente blindados y llevaban una cantidad de artillería que permitía enfrentarse a otros buques a distancias cada vez mayores.
El ejemplo más extremo fue el japonés ‘Yamato’, que llegó a desplazar unas 72.000 toneladas a plena carga, aunque los estadounidenses también tuvieron sus propios gigantes, culminados por los acorazados de la ‘clase Iowa’, capaces de desplazar unas 58.000 toneladas y montar nueve cañones de 406 mm. El ‘USS Washington’ llegó a enfrentarse al japonés ‘Kirishima’ en Guadalcanal en 1942, en uno de los últimos grandes duelos artilleros entre acorazados.
Pero para entonces la guerra naval ya estaba cambiando: la aviación embarcada permitía atacar a estos gigantes desde mucha más distancia, fuera del alcance de sus enormes cañones. Además, la aviación embarcada demostró durante la Segunda Guerra Mundial que un avión podía atacar a un buque desde una distancia a la que sus cañones no podían responder.
El hundimiento del ‘HMS Prince of Wales’ y del ‘HMS Repulse’ por aviones japoneses en 1941 fue una de las demostraciones más claras del problema: cuatro años después, el gran ‘Yamato’ sería destruido por ataques aéreos estadounidenses. Era una realidad, el portaaviones había cambiado las reglas del juego.
La clase Trump intenta recuperar aquella filosofía utilizando las herramientas de una guerra completamente distinta: las estimaciones manejadas para el BBG(X) hablan de hasta 41.000 toneladas y unos 268 metros de eslora, aunque las definitivas podrían variar ligeramente. Lo que sí está claro es que será un buque extraordinariamente grande, pensado para llevar una enorme cantidad de misiles, sensores y sistemas electrónicos.
Concretamente, hasta 128 celdas de lanzamiento vertical, misiles hipersónicos y armas de energía dirigida, incluidos láseres de alta potencia… y también se ha planteado la posibilidad de incorporar un cañón electromagnético. Así, en lugar de los proyectiles de más de una tonelada de los antiguos acorazados, el nuevo gigante concentraría una batería de armas capaces de atacar a grandes distancias y defenderse frente a amenazas aéreas y de misiles.
La propulsión nuclear es otra de las piezas clave. El almirante Daryl Caudle confirmó ante el Congreso en mayo de 2026 que “el programa utilizará el reactor A1B de los portaaviones de la clase Gerald R. Ford”. Esto le permitiría navegar durante largos periodos sin repostar. Un buque de semejante tamaño necesitará enormes cantidades de energía para alimentar radares, sensores y futuras armas de alta demanda eléctrica. La US Navy pretende además reutilizar tecnologías ya desarrolladas para reducir los riesgos de un programa que, de por sí, resulta extraordinariamente ambicioso.
De Mahan a los drones: el gran problema del superacorazado
La idea tiene un precedente doctrinal, pues el almirante estadounidense Alfred Thayer Mahan defendía a finales del siglo XIX que el dominio del mar era una de las claves de la supremacía de una gran potencia. Su planteamiento le daba un papel central a las grandes flotas y a los buques capaces de disputar el control de los océanos. Más de un siglo después, esa concepción vuelve a aparecer en el debate sobre el BBG(X).
La propia Marina estadounidense justifica la necesidad de una plataforma con gran autonomía y potencia de fuego para operar en el Pacífico, mientras que la iniciativa Golden Fleet también recupera una dimensión política que recuerda a la Gran Flota Blanca de Theodore Roosevelt, que entre 1907 y 1909 recorrió el mundo como demostración del poder naval estadounidense… El problema es que el mundo en el que tendría que operar este nuevo acorazado es muy diferente.
China ha convertido su Marina en una fuerza oceánica de primer nivel, con destructores Tipo 055 de 112 celdas de lanzamiento vertical, además de portaaviones y submarinos nucleares. Al mismo tiempo, la guerra naval avanza hacia un modelo de “guerra mosaico” con drones, misiles de largo alcance y plataformas no tripuladas capaces de atacar desde múltiples direcciones.
Zumwalt
De ahí la principal contradicción del BBG(X): un buque enorme puede transportar más armas, generar más energía y soportar más daños, pero también concentra una inversión gigantesca en un único objetivo. Un misil hipersónico o un enjambre de drones no necesita hundir un barco de 41.000 toneladas para convertirlo en una pérdida estratégica: basta con dejar fuera de combate sus sensores, sistemas de mando o lanzadores.
EEUU ya conoce los riesgos de apostar por buques revolucionarios y extremadamente complejos, ya que con el programa Zumwalt comenzó con la idea de construir más de treinta destructores furtivos y terminó reducido a tres unidades. Costó más de 7.000 millones de dólares por barco y uno de sus sistemas estrella, el cañón AGS, quedó prácticamente inutilizado cuando su munición guiada superó el millón de dólares por proyectil. A todo ello se suma el problema industrial.
Trump Class Render
La Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) ha estimado que una flota de quince unidades podría alcanzar unos 275.000 millones de dólares, con un primer barco que podría situarse alrededor de los 23.000 millones. Además, la industria naval estadounidense tendría que aumentar considerablemente su capacidad mientras ya soporta la construcción simultánea de portaaviones y submarinos nucleares.
Por eso, la verdadera incógnita de la clase Trump no es si EEUU puede construir el buque de guerra de superficie más grande y poderoso de su generación. La pregunta es si un gigante de acero sigue siendo la mejor forma de concentrar el poder naval cuando la próxima guerra puede llegar desde el cielo, desde el mar y desde cientos de kilómetros de distancia.
Imágenes | Navy.mil render, Wikimedia Commons, Info Defensa TV
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