Alfonso, padre de un niño con movilidad reducida: "Es imposible contar con las plazas PMR en los colegios"

Doble fila, aceras e incluso plazas PMR: Alfonso cuenta cómo es cada mañana llevar a su hijo en silla de ruedas al colegio.

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Daniel Murias

Poco antes de las nueve de la mañana, la hora a la que entran los niños al colegio, los coches en doble fila, sobre la acera y hasta sobre glorietas son comunes. Donde hay un hueco libre, hay un coche. Como si ese hueco es un vado o una plaza PMR reservada (para Personas de Movilidad Reducida). 

El argumento en todos los casos es siempre el mismo: “Si sólo es solo un minuto”, cuando no se ponen chulos y espetan que ellos también pagan impuestos. Para las familias que dependen de ese espacio, el minuto ajeno se traduce en una mañana entera complicada.

Es sólo un minuto para ti, para el afectado es un viacrucis

Alfonso, padre de un niño con movilidad reducida, vive esta situación cada mañana y cada tarde. Su hijo se desplaza en silla de ruedas y el trayecto al colegio se ha vuelto un ejercicio de paciencia. “Llego con margen y aun así me la encuentro ocupada por alguien sin tarjeta. Me dicen que solo van a soltar al niño, pero el mío no puede bajarse en cualquier punto. Necesita el hueco lateral para salir con la silla” relata en Tododisca. “Y cuando no está libre, el día empieza torcido”. 

La existencia de esa plaza, a menudo más ancha que las demás, no es sólo para facilitar que la persona pueda bajarse o subirse al coche permitiendo abrir la puerta por completo y pasar del asiento a la silla y viceversa sino que tiene una razón de ser que va más allá.

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Es cierto que cuando un coche sin tarjeta ocupa esa plaza, le está quitando una franja de seguridad para abrir las puertas a un coche de una persona con movilidad reducida. Porque aparcar en un hueco convencional tampoco sirve, los vehículos vecinos o el propio espacio de la acera no dejan espacio para la maniobra.

Y es que esas plazas existan junto a los centros educativos no es casualidad. La orden TMA/851/2021, que regula la accesibilidad en los espacios públicos urbanizados, obliga a ubicarlas lo más cerca posible de los accesos peatonales y a enlazarlas con un itinerario accesible hasta la entrada, es decir, un camino sin escalones ni bordillos.

Aparcar en una plaza PMR no es sólo quitarle el hueco a una persona con movilidad reducida y complicarle salir del coche, sino fastidiarle además todo el camino desde el coche al colegio o a donde sea que vaya.

Miles de alumnos con discapacidad recorren cada mañana trayectos más largos por aceras estrechas, esquivando coches mal estacionados o calles sin rebajes. Caminos más agotadores que a menudo terminan en retraso, y que se suman a las barreras que esos niños ya afrontan a diario.

El escenario empeora cuando la movilidad reducida la tiene quien conduce. Sin la plaza reservada, muchos padres y madres no pueden bajar del coche con seguridad ni acompañar a sus hijos hasta la puerta. Delegan la tarea en abuelos o vecinos y pierden un ritual que el resto de familias ejecuta sin pensar, dejar a su hijo en el cole por sí mismos.

Lo más incómodo de todo es quién comete esa infracción, son  otros padres y madres del mismo colegio que conocen de vista a las familias perjudicadas. “Nos ven cada mañana. Saben que mi hijo va en silla y ahí siguen aparcando”, se queja Alfonso. A esa falta de consideración se añade un daño menos visible, los niños aprenden por imitación que las normas se pueden saltar cuando apura el reloj.

Aparcar en una plaza reservada sin tarjeta es una infracción grave. La multa asciende a 200 euros, que quedan en 100 con pronto pago, sin pérdida de puntos. Las ordenanzas municipales pueden elevar esas cifras. A la sanción se suma el coste de la grúa, si tuvo que actuar, arrastre y depósito incluidos, la factura puede superar con mucha facilidad los 300 euros. También se castiga usar una tarjeta ajena o sin su titular a bordo, una práctica que puede acabar con la retirada del permiso.

Asociaciones y afectados reclaman vigilancia policial en las entradas y salidas de los centros, junto con campañas de sensibilización para las comunidades educativas. La demanda de Alfonso cabe en una frase: “No pido nada especial. Solo que respeten lo que ya nos corresponde por derecho”.

Imágenes | Pexels, Motorpasión

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