En el espacio de dos días, Citroën ha confirmado que volvería el 2 CV y el nuevo Mercedes-AMG GT 4 puertas fue desvelado con una potencia de 1.169 CV. Ambos son eléctricos y sin embargo seguimos hablando de caballos para hablar de potencia. Es más, las iniciales CV se refieren a caballos-vapor. Sí, para hablar de coches eléctricos. ¿Cómo es eso posible?
Porque hace 300 años, un escocés dio con uno de los mejores golpes de marketing de la historia.
El caballo de vapor, o cómo venderte el beneficio y no la máquina
Steve Jobs, el legendario fundador de Apple, y James Watt, el inventor escocés del siglo XVIII tienen en común esa genialidad a la hora de vender productos. En ambos casos existe cierta controversia por ser considerados los inventores de un producto muy popular, cuando se han apoyado sobre los trabajos de otros.
El ratón “inventado” por Apple para Lisa y el MacIntosh, Steve Jobs lo vió en las instalaciones de Xerox PARC, que lo habían integrado en una interfaz gráfica. Apple se hizo con la licencia de ese ratón, lo hizo asequible, bonito y lo popularizó. James Watt, reconocido inventor, era también de los que se aprovechaba del invento de otros.
A partir de los años 1780, James Watt solía depositar patentes vagas o apropiarse de ideas ajenas, registrándolas para atribuirse la invención y asegurarse de que nadie más pudiera trabajar en ese campo. Por ejemplo, Watt contribuyó de forma decisiva a transformar la máquina de vapor, aún primitiva, en un medio de producción de energía fiable y económico.
Pero también se oponía al vapor a alta presión, y algunos consideran que frenó el desarrollo técnico de la máquina de vapor por parte de otros ingenieros hasta que sus patentes expiraron en 1800. En concreto, prohibió a su empleado William Murdoch usar vapor a alta presión en sus experimentos con la locomotora de vapor, retrasando así su desarrollo y aplicación.
Además de un genial inventor, Watt era también un excelente hombre de negocios y un vendedor nato. Y con la máquina de vapor dio un golpe sobre la mesa, probablemente sin saber que su idea llegaría hasta el siglo XXI.
James Watt intentaba vender máquinas de vapor, un invento todavía muy reciente. Además de ser muy caras, nadie sabía muy bien para qué servían. Sí, servían para hacer trabajos de fuerza, pero eso en la práctica, qué significa. Watt propuso su invención a las compañías mineras.
En aquella época, se usaban caballos para tirar los carros con el mineral de las minas. Sabían cuánto les costaba, hasta qué punto eran fiables y controlaban el coste de mantener los caballos. Nadie quería comprar una máquina de vapor.
Watt se preguntó qué querían saber antes de comprar uno. No se sabe con certeza si alguien le preguntó o sugirió cuántos caballos podrían prescindir si los sustituían por uno de sus motores de vapor o si él mismo tuvo la idea. La cuestión es que inventó una unidad de potencia que aún usamos: el caballo de vapor.
La idea es muy sencilla, se les decía que, por ejemplo, si compraban un motor de 25 “horsepower” (o potencia de caballo), este haría el trabajo de 25 caballos. Watt no les vendía la máquina sino el beneficio o la ventaja que obtendrían con ella. Se ahorrarían comprar, cuidar y alimentar caballos.
Fuera de los países anglosajones, el término que se impuso fue el de caballo de vapor, o CV, en castellano, pues en alemán, por ejemplo se tradujo simplemente a Pferdestärke (fuerza de caballos). ¿Y cómo llegó a la conclusión de que la potencia de sus máquinas equivalía a un determinado número de caballos?
Para James Watt, un caballo de vapor es la potencia necesaria para mover 249 kg a lo largo de un pie (30,48 cm) en un segundo. Sus cálculos, basados en un caballo tirando de una rueda de molino durante cuatro horas, reflejaban la potencia sostenida en una jornada, no el máximo potencial del animal. En realidad, el pico de potencia máxima que un caballo, es decir, un esfuerzo puntual, supera con creces los 12 CV. Así, James Watt rebajó la cifra de lo que un caballo podía hacer hablando sólo de un esfuerzo de forma sostenida para asegurarse de que sus máquinas de vapor superaran siempre las expectativas de sus clientes.
Cuando los motores de vapor comenzaron a reemplazar a los caballos, su potencia se siguió expresando en horsepower (hp), caballos de vapor (CV) o Pferdestärke (PS). Con la llegada de los coches, que sustituyeron a los caballos de los carruajes, la costumbre persistió y seguimos usando los hp, CV y PS. Eso sí, cada uno el suyo, los hp definidos por la SAE en EEUU, los CV DIN métricos definidos por Alemania en Europa, etc. A los que se han añadido los caballos fiscales, un valor administrativo diferente en cada país.
Y lo mejor de todo es que desde 1972 la unidad de medida de la potencia oficial en los países de la antigua CEE, es el vatio, o Watt, expresada en W o kW (kilovatios). Y desde 2010, la norma europea obliga a expresar las potencias en W o en kW, siendo los CV DIN métricos una expresión secundaria. Y no somos los únicos, es así también en Australia, por ejemplo, desde 1977.
Y aquí seguimos, hablando de caballos de vapor cuando nos referimos a coches eléctricos. Y es que cuando se presenta la información de forma clara y convincente, como hizo Apple con el iPod para explicar que cabían 1.000 canciones en el bolsillo en lugar de hablarle a la gente de gigabytes, el público se queda con la idea. Nos pueden entonces vender máquinas de vapor, iPhones o coches.
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