España afronta una de sus temporadas de incendios más destructivas de los últimos años: según datos del Ministerio para la Transición Ecológica hasta finales de julio habían ardido 173.651 hectáreas, casi seis veces más que en el mismo periodo de 2025. Cuando se apagan las llamas empieza un proceso mucho más lento y complejo: conseguir que esos ecosistemas se recuperen y evitar que determinados suelos degradados queden atrapados durante años sin capacidad para regenerarse.
Precisamente cómo acelerar la recuperación de un terreno degradado es una cuestión que lleva décadas ocupando a los ecólogos. En este sentido, uno de los experimentos más sorprendentes ocurrió casi por accidente en Costa Rica: allí no había un bosque recién incendiado, sino tres hectáreas de antiguos pastos tropicales muy degradados que apenas conseguían regenerarse.
Entre 1997 y 1998, unos científicos los cubrieron con 12.000 toneladas de cáscaras y pulpa de naranja y acabaron en los tribunales por ello. Cuando volvieron 16 años después, encontraron un bosque tan denso que tuvieron que abrirse paso con machete.
12.000 toneladas de naranjas y un experimento que nadie llegó a terminar
Todo comenzó en el Área de Conservación Guanacaste, donde los ecólogos Daniel Janzen y Winnie Hallwachs buscaban una forma simple y barata para recuperar antiguos pastos muy degradados que apenas conseguían regenerarse. Investigando posibilidades por la zona, encontraron a Del Oro, una empresa productora de zumos recién instalada entonces que generaba enormes cantidades de cáscaras y pulpa.
Los investigadores tuvieron una idea: aprovechar aquella materia orgánica rica en nutrientes para intentar recuperar el suelo. El trato era bueno para ambos, pues los investigadores podrían estudiar su hipótesis sobre el terreno y Del Oro donaba terrenos forestales al área de conservación y podría depositar allí sus residuos, después de extraer los aceites y ácidos con valor comercial (ahorrándose además construir una costosa planta para tratarlos). Así, cerca de 1.000 camiones acabaron descargando unas 12.000 toneladas de cáscaras de naranja sobre tres hectáreas.
Pero el experimento duró poco: TicoFruit, una empresa competidora, denunció que Del Oro estaba contaminando un parque nacional y el Tribunal Supremo de Costa Rica le dio la razón y ordenó detener los vertidos. La parcela quedó abandonada hasta que, en 2013, el investigador Timothy Treuer, entonces en la Universidad de Princeton, regresó para averiguar qué había ocurrido.
Necesitó dos viajes para encontrarla: las lianas habían engullido incluso el enorme cartel amarillo que señalizaba el lugar. Al otro lado de camino, seguía habiendo un pastizal con unos pocos árboles dispersos, pero en la parcela de las naranjas había un bosque tan cerrado que los investigadores necesitaban machetes para avanzar. “Me quedé completamente atónito”, recordaría Treuer.
Los resultados de la investigación, publicados posteriormente en la revista científica Restoration Ecology, confirmaron que el suelo era más rico, había mayor diversidad de árboles y una cubierta forestal más cerrada, y la biomasa leñosa aérea era un 176 % superior a la de la parcela de referencia. Aparecieron incluso especies asociadas a bosques maduros y una higuera cuyo tronco habría necesitado tres personas para rodearlo con los brazos.
La clave: tanto lo que aportaron las naranjas como lo que eliminaron
Los investigadores todavía no saben exactamente qué desencadenó semejante transformación, y Treuer lo definió incluso como “la pregunta del millón”. La principal hipótesis combina dos efectos: las naranjas aportaron nutrientes a un suelo muy empobrecido y, al mismo tiempo, la gruesa capa de residuos sofocó las gramíneas invasoras que impedían establecerse a los árboles jóvenes. El bosque encontró así unas condiciones mucho mejores para recuperar terreno.
Una de las principales conclusiones del estudio es una paradoja en sí misma: mientras la agricultura y la industria alimentaria generan enormes cantidades de residuos orgánicos que cuesta dinero gestionar, existen suelos degradados cuya recuperación puede ser lenta y cara. Para Treuer, conectar ambas partes de forma controlada podría reducir costes, recuperar biodiversidad y, gracias al crecimiento de nueva vegetación, contribuir también a almacenar carbono.
El experimento no demuestra que el simple hecho de esparcir restos de fruta sobre un monte quemado acelere su recuperación, porque el terreno costarricense no había sufrido un incendio. Pero sí abre una vía interesante para España: estudiar si determinados residuos agrícolas podrían utilizarse, bajo condiciones controladas, como una herramienta barata para restaurar algunos terrenos degradados tras el fuego.
Imágenes | Daniel Janzen & Winnie Hallwachs
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