Vivir unos días en una camper puede ser una aventura divertida, pero convertirla en la vivienda habitual durante más de tres años es otra historia. Irene y Carlos, de @unavidacamper, son una pareja que ha hecho precisamente eso: viven a tiempo completo en una furgoneta de solo 10 metros cuadrados, donde duermen, cocinan, trabajan y descansan junto a sus dos animales.
Ellos mismos se encargaron de camperizarla durante cuatro meses y bautizaron su casa sobre ruedas como la ‘Pomboneta’. Desde entonces han recorrido siete países y han aprendido que la vida camper puede ser muy satisfactoria, pero también bastante menos idílica de lo que muestran las redes sociales. Porque, como ellos mismos explican, viajan con “una perra que no queda quieta y una gata que finge que la perra no existe”.
En 10 m² también hay que aprender a tener espacio propio
“En la ‘Pomboneta’ no hay habitaciones independientes”, explican. Eso les ha obligado a aprender una forma diferente de convivir y a crear espacios ‘propios’ aunque físicamente no existan. Leer, escuchar música, desconectar o simplemente tener un rato para uno mismo puede ser suficiente. “Aunque no haya espacio físico, cada uno tiene su momento y su lugar en este metro cuadrado”.
La convivencia también les ha enseñado que los pequeños roces pueden hacerse enormes cuando dos personas comparten cada día el mismo espacio, más siendo tan pequeño. Su consejo es hablar de las molestias antes de que se acumulen y evitar tomar decisiones importantes cuando están cansados. Algunas de sus peores discusiones surgían precisamente al final de la jornada, cuando todavía tenían que decidir dónde aparcar o dormir.
Ahora intentan resolver esas cuestiones con antelación... porque como ellos mismos dicen: “Las pequeñas cosas en 10 metros cuadrados crecen”.
No todo son campos de flores y atardeceres
La realidad de vivir en una camper en pareja queda muy lejos de los post de instagram, y es algo mucho más cotidiano. Hay días de carretera, jornadas de teletrabajo interminables, días de recados como ir a la lavandería y hacer compras o el mantenimiento y noches en las que toca parar donde resulte práctico porque todavía quedan kilómetros por delante.
Tampoco han descubierto que vivir en una furgoneta sea necesariamente mucho más barato: “El dinero se gasta de una manera muy diferente”. Al desaparecer algunos gastos propios de una vivienda convencional aparecen otros, como el combustible, la conectividad, las lavanderías o el mantenimiento de un vehículo que además funciona como casa. Es una diferencia importante para cualquiera que esté pensando en dar el salto: reducir el coste de la vivienda no significa automáticamente reducir todos los gastos.
Tres años después, estos son los errores que evitarían
Precisamente porque ya han pasado por esa fase de adaptación, Irene y Carlos también comparten los errores que cometieron durante los primeros meses: en este sentido, uno de los consejos más importantes es contar desde el principio con un fondo de emergencia suficiente.
Cuando la furgoneta es al mismo tiempo medio de transporte y vivienda, una avería o un imprevisto económico puede complicar mucho más las cosas. También recomiendan “no confiarse con la autonomía eléctrica”: una instalación puede parecer suficiente sobre el papel, pero vivir dentro de la camper obliga a conocer cuánto consume realmente cada aparato y a controlar los recursos disponibles. Agua, electricidad, comida o conectividad dejan de ser elementos invisibles, como pasa en una casa convencional, y forman parte de la organización diaria.
Otro de sus aprendizajes es planificar con tiempo dónde pasar la noche. Dejar esa decisión para el final de una jornada de conducción puede convertirse en una fuente innecesaria de estrés, especialmente si ya hay cansancio acumulado. Por eso también recomiendan evitar desplazarse de noche cuando no sea necesario. La libertad de viajar en camper no consiste en conducir hasta que el cuerpo aguante, sino en saber cuándo toca parar.
La parte buena también existe, y es precisamente la que buscaban
Después de más de tres años, Irene y Carlos tampoco esconden por qué decidieron hacerlo: querían vivir una experiencia que llevaban tiempo soñando, viajar por el mundo junto a sus animales y descubrir lugares nuevos. Y eso también forma parte de la realidad de vivir en una camper: hay inconvenientes que se aceptan porque compensan por lo que se obtiene a cambio.
La clave está quizá en no confundir una vida diferente con una vida sin problemas. Diez metros cuadrados pueden convertirse en un hogar durante años, pero exigen organización, capacidad de adaptación, respeto por el espacio del otro y cierta previsión. Irene y Carlos han aprendido que no hace falta tener una camper enorme para hacerlo posible, pero sí conocer de antemano las limitaciones de vivir sobre ruedas. Y después de tres años, su conclusión resume perfectamente todo lo anterior: “La furgoneta perfecta no existe. El momento perfecto tampoco. Lo único que existe es la decisión de empezar”.
Imágenes | @unavidacamper
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