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fauna en ruta: ¿Estás seguro?

Hace unos días, en aquel artículo sobre los límites de velocidad que perpetré, un amigo cuyo nick es ariasdelhoyo lanzó el siguiente comentario sobre la idea de que hay coches… y coches, en relación con las velocidades pasadillas de vueltas:

Un ingeniero de Michelín, amigo mío, harto de ver crash test, probando sus productos en montones de vehículos distintos, más seguros, menos seguros, me dijo: a partir de una determinada velocidad da igual si vas en un Twingo que en un Mercedes.

Bueno, que el crash test se celebre a sólo 64 km/h ya nos indica un poco por dónde van los tiros de la seguridad, y dicen que una bionda soporta un envite de un turismo a 110 como máximo, así que en esencia Arias del Hoyo (oye, se lo pongo separado porque junto queda raruno) tiene toda la razón del mundo… aunque se deja un pequeño detalle, que es de lo que voy a hablar yo hoy.

Sobre cómo han ido evolucionando los sistemas de seguridad del automóvil no voy a añadir mucho a todo lo que ya sabes, que no es poco. Ah, y si te falta documentación, te recomiendo humildemente que leas de vez en cuando los artículos que se marca Javier Costas en Circula Seguro. Vale la pena.

Uno de esos artículos, bastante reciente, habla largo y tendido sobre un libro curioso: ‘Inseguro a cualquier velocidad‘. No te cuento mucho de qué va para no estropearte el final, con eso de que el mayordomo es el asesino y el niño en realidad es hijo de su tío, pero el título es ilustrativo.

Los coches han evolucionado, pero el homo sapiens, no

Evolución

La mecánica de la evolución tecnológica (que no la evolución tecnológica de la mecánica) se basa muchas veces en la rectificación del error con posterioridad a la puesta en marcha de una tecnología. Entonces la tecnología evoluciona y todos somos muy felices. ¿Todos? ¡No! El pobre desgraciado que comprobó demasiado tarde que aquel airbag era una chapuza digna de Pepe Gotera y Otilio se quedó con la boca abierta… y los dientes en el estómago.

En cualquier caso, el homo sapiens no evoluciona al mismo ritmo que su tecnología. De hecho, incluso hay seres que marcan el camino de la involución, si tienes tele seguramente sabes de lo que hablo, así que por mucho que la tecnología haya evolucionado (a costa de quien sea), la estructura básica de tu organismo sigue siendo la misma que la que tenía tu padre, que la heredó de tu abuelo, y como en vuestra familia siempre habéis sido muy vuestros, tu abuelo la heredó de sus antepasados.

Vamos a pinchar de una vez el globo de la ilusión: llevamos instalada la misma versión 1.0 desde hace miles de años (y algunos se quedaron como neardenthales, pero eso es otro tema) y no hemos evolucionado para hacernos más inmunes a los avatares que nos puede traer un choque con el coche.

De hecho, al contrario: pese a la evolución científica, cada vez estamos más fatal (y si no, que se lo pregunten a mi psiquiatra antes de que se suicide): contraemos más enfermedades respiratorias, más enfermedades del sueño, más estrés y más demás trastornos que, por cierto, afectan a la conducción, especialmente en lo referente a la percepción y la toma de decisiones. Con estos mimbres…

Conductores que son Fermat

King of the road

El caso es que los coches evolucionan más o menos, pero siempre dentro de una ilusión que el homo sapiens cree porque le conviene creer. Es lo que decía Arias del Hoyo que le contaba su amigo de Michelin: a ciertas velocidades, la castaña es igual de fea con un Twingo que con un Mercedes.

Ah, con un matiz. ¿Qué te sugieren los términos garantía, seguridad, confianza? Bienestar y tranquilidad, ¿no es cierto? El Mercedes (y digo Mercedes como podría decir cualquier otra cosa, no se me vaya a enfadar nadie) vende con su imagen garantía, seguridad, confianza.

Por su parte, el Twingo (y digo Twing… bueno, ya sabes) se vende como un cacharrillo divertido, mono y coquetón para moverse por la ciudad con agilidad y sin problemas. Es un coche práctico. Desde luego, el comprador de un Mercedes no busca lo mismo que el comprador de un Twingo.

¿Adónde voy a parar? A la espiral del ser humano, esa que hace miles de años que no cambia y que es responsable de que todos queramos más y más y más y mucho más, y responsable también de que cuando llevo en mi coche ABS, BAS, ESP y Acandemorenau® puedo fliparme de la hostia, que al fin y al cabo yo soy the King of the road y a mí no me puede nadie.

Dicho de otra manera: desde que nace, el ser humano busca límites. Lo hace cuando se gira en la cuna y sus padres al verlo sonríen, babean y sacan cuatrocientas mil fotos iguales del acontecimiento. Busca límites también cuando pone un pie sobre el suelo. Y cuando se agarra al mueble y da un primer paso. Y cuando por fin se suelta a andar e intenta encaramarse a la silla, a la mesa y hasta a la lámpara como sus padres no le pongan coto.

Y cuando tiene toda la tecnología a su disposición, esa que ha ido evolucionando a costa de muchos disgustos, la exprime hasta buscarle el límite. Y cuando encuentra ese límite, el que marca la Física, a veces es demasiado tarde. A eso se le llama exceso de confianza.

Hay vehículos cuya imagen sugiere un exceso de confianza que se ve a la legua, mientras que otros no. Cuando escucho que alguien cuenta que con su coche va muy seguro, me viene a la memoria cómo forjé yo mi sentido de la observación y la anticipación: conduciendo un coche que no me enmascaraba la realidad.

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