El coche que solo se mueve por la ciudad casi nunca se acaba de calentar correctamente. De casa al trabajo, del trabajo al súper y vuelta a empezar, el motor arranca, apenas se calienta y ya lo apagamos. Es cómodo para el conductor, pero no tanto para la mecánica.
Scotty Kilmer, mecánico con 58 años de oficio, defiende que de vez en cuando conviene hacer una ruta larga y a ritmo constante. No se trata de correr ni de saltarse los límites de velocidad, sino de que el motor pase tiempo a su temperatura de trabajo.
¿Puesta a punta a la italiana?
La razón principal es la humedad. En los arranques en frío el aceite se contamina con condensación que no se evapora si el motor no se calienta lo suficiente. Para comprobar si hay humedad, recomienda abrir el tapón de llenado y buscar una pasta blanquecina y espumosa.
Kilmer calcula que hace falta cerca de una hora a velocidad de carretera para sacarla del cárter, y en eso acierta. El aceite debe mantenerse entre 90º y 100 °C de forma sostenida.
Donde flaquea un poco su discurso es en lo que llama “puesta a punto italiana”, en referencia al estereotipo de que en Italia se conduce muy rápido. Según él, a unos 100 km/h la gasolina limpia válvulas y segmentos de pistón a su paso. Forma parte del folclore de los talleres de antaño más que de una verdad técnica. Que un motor funcione a buena temperatura, caliente, ayuda, pero no equivale a una puesta a punto.
La batería también paga los trayectos breves. Cada vez que se arranca el motor se lleva mucha energía y, si el coche se apaga a los pocos minutos, no hemos dejado tiempo al alternador para devolver la energía. Unos veinte minutos a buen ritmo suelen bastar para recuperar la carga. Si se ignora, el desenlace es previsible, un coche que no arranca y una visita al taller.
El extremo contrario tampoco conviene. Circular mucho rato a 30 km/h impide que el motor suba de temperatura, lo que complica la regeneración del filtro de partículas, tanto de los motores diésel como gasolina de inyección directa, y deja hollín y carbonilla en pistones, válvulas y bujías.
De hecho, el filtro de partículas se limpia quemando el hollín retenido, y eso solo ocurre con el escape muy caliente. La regeneración pasiva empieza hacia los 350-450 °C, pero la activa, en la que la centralita inyecta combustible extra para subir la temperatura, necesita llegar a unos 550-600 °C y mantenerse un buen rato. Y eso solo se consigue con ritmo sostenido.
Una hora o 40 minutos a velocidad de autopista lo garantizan con margen. En ciudad el proceso se interrumpe una y otra vez, el hollín se acumula y, además, parte del combustible de la postinyección acaba diluido en el aceite.
Imágenes | Scotty Kilmer, Bayram Er, Malte Luk
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