La correa de distribución es un componente del coche cuya función es, en esencia, mantener sincronizados el cigüeñal y el árbol de levas para que los pistones y las válvulas trabajen en el momento preciso. Si esa coordinación falla, el motor puede sufrir daños muy serios en cuestión de segundos.
Por eso el kilometraje no debería ser la única referencia a la hora de cambiarla. Roberto Casas, mecánico especializado, recomienda cambiar la correa “cada 60.000 kilómetros o cinco años como máximo”, pero pone el foco en el tiempo que lleva instalada: aunque un coche apenas haya salido del garaje, también puede necesitarlo, ya que los materiales de la correa envejecen con el tiempo.
La correa que mantiene el motor perfectamente sincronizado
La correa combina materiales como caucho y nylon y trabaja constantemente sobre las poleas del sistema, por lo que con el paso de los años, puede perder propiedades, deteriorarse o incluso arrancar dientes. Casas recomienda “prestar especial atención entre el cuarto y quinto año” y recuerda que algunos síntomas, “como un crujido”, pueden indicar que algo no marcha bien.
De todas formas, el intervalo de 60.000 km o cinco años no debe aplicarse automáticamente a todos los coches: el propio mecánico insiste en consultar las especificaciones del fabricante, porque cada motor tiene su programa de mantenimiento. El mayor peligro no es la rotura de la correa en sí, sino en lo que ocurre después: el árbol de levas deja de girar, mientras que el cigüeñal y los pistones pueden continuar moviéndose.
En muchos motores, un pistón puede encontrarse entonces con una válvula que ha quedado abierta y golpearla y el resultado puede ser una cadena de daños que afecte a válvulas, pistones, bielas, juntas y otros elementos internos, hasta llegar incluso a hacer necesario sustituir el motor completo.
Conviene tener en cuenta que, cuando cambiamos la correa, tensores, rodillos y poleas forman parte del mismo sistema y su estado debe comprobarse durante la operación. Si alguno está desgastado, puede provocar un problema con la correa recién instalada. También conviene revisar la bomba de agua en aquellos motores en los que recibe movimiento de la distribución: si tiene holgura, pérdidas o desgaste, sustituirla aprovechando que el sistema ya está desmontado puede evitar tener que repetir buena parte del trabajo.
La alternativa a la correa es la cadena de distribución, fabricada con eslabones metálicos y generalmente más resistente al paso del tiempo. Eso no significa que una cadena sea eterna: también tiene tensores, guías y otros componentes sometidos a desgaste. En ambos sistemas, el mantenimiento que establece el fabricante sigue siendo la referencia principal.
El kilometraje bajo no significa que se pueda aplazar el cambio
Casas recuerda que el caso más fácil de olvidar es el del coche que apenas se utiliza. Este puede tener apenas 20.000, 30.000 kilómetros (o incluso menos) y conservar todavía su primera correa de distribución, pero el paso del tiempo sigue afectando a sus materiales. Por eso existen intervalos que combinan kilómetros y años: cuando se alcanza cualquiera de los dos límites establecidos para ese motor, toca realizar el mantenimiento.
Por todo ello conviene tener mucho cuidado al comprar un coche de segunda mano, sin tener documentación sobre el último cambio de distribución. Si no existe un registro fiable de cuándo se sustituyó la correa, no hay una forma sencilla de saber cuánto tiempo de vida le queda.
En ese caso, comprobar el historial y seguir las indicaciones del fabricante permite evitar que una pieza relativamente pequeña termine provocando una de las averías más caras que puede sufrir un motor. La cifra que da Casas sirve como referencia, pero la regla definitiva está en el manual del coche: la correa de distribución tiene fecha de caducidad aunque el cuentakilómetros diga lo contrario.
Imágenes | Roberto Casas
En Motorpasión |
Ver 0 comentarios