Admito que para mí los descapotables siempre han tenido un toque de exclusividad que me hacen verlos distintos a los demás coches, pero también tener ciertas manías respecto a ellos.
Por ejemplo, no me gustan los descapotables diésel. Ya puestos a pagar el sobreprecio de un descapotable, no reparemos en gastos a la hora de mejorar la experiencia de conducción con un sonido más refinado. Es como darse el capricho de ir a un buen restaurante y no pedir el postre por ahorrar.
Obviamente mi consejo tiene sus excepciones, y a ver con qué cara le digo yo a alguien que hace 30.000 km al año y está encaprichado con un cabrio que tiene que comprarlo gasolina. No obstante, si los kilómetros que hacemos son pocos, que el sonido el motor también nos acompañe.
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