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Roadtrip Pasión™: Cruzamos Estados Unidos de Los Ángeles a Detroit (parte 2)

A la llegada a Flagstaff, el frío lugar de Arizona donde dejamos ayer el relato, todo el grupo de viajeros nos reunimos en el lobby del hotel para charlar sobre qué haremos al dia siguiente. Tenemos la posibilidad de visitar el Gran Cañón, aunque eso aumenta en unas tres horas nuestra jornada de conducción entre el lugar donde estamos y la siguiente parada, Amarillo, Texas.

Tras barajar las diferentes posibilidades decidimos madrugar para intentar llegar al Gran Cañón a la hora del amanecer. Es casi medianoche y de nuevo el despertador sonará a las cinco de la madrugada, pero… ¿a quién le importa? ¡Vamos al Gran Cañón! Definitivamente no hemos venido aquí a dormir. Hay que aprovechar el tiempo al máximo.

Con una temperatura algo más agradable que la de ayer a media noche y tras un gofre de lo más americano, de tamaño considerable y con fresas por encima, volvemos a ponernos en marcha, aunque esta vez nos intercambiamos los coches con otra de las parejas, formada por dos compañeros alemanes, Bjoern y Heike, quienes pasan al Clase E 350 berlina, dejándonos a mi compañero Sebastién y a mí un E 500 descapotable.

Roadtrip Pasión™: Cruzamos Estados Unidos de Los Ángeles a Detroit (parte 2)

Este V8 de 408 CV va a ser el modelo que conduciremos de aquí al final del viaje, así que tendremos que acostumbrarnos a su agradable sonido y sus prestaciones. Qué mala pata que sea tan pronto y haga tanta rasca. Parece que tenemos que esperar unas horas para poder quitar la capota sin helarnos en el intento.

Como ya he dicho, la visita al Gran Cañón supone aumentar la jornada de conducción en algo más de tres horas. No obstante, no se puede estar a apenas una hora de distancia de un lugar así de emblemático y dejar de ir por ganar unas horas de sueño o evitar estar más tiempo en el coche. De ninguna manera.

A medio camino y en plena Arizona, hacemos una paradita para repostar los coches y comprar algun tentempié. La gran mayoría de gasolineras por las que hemos pasado (salvo las más rurales o apartadas) cuentan con un sistema de pago por tarjeta integrado en los surtidores que te permite repostar a cualquier hora del día, aunque no haya ningún trabajador.

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En casi todas las gasolineras la mayoría de las mangueras son de color negro, pero curiosamente, son de gasolina, y no de diésel. Los pocos surtidores que hemos visto de gasóleo tienen mangueras de color verde. Justo al contrario que aquí.

Llenos los depósitos, habiendo pagado poco más de 3 dólares por cada galón (unos 3,8 litros), entramos a la pequeña tiendecita de la gasolinera, donde nos atiende una amable mujer mayor, que se queda boquiabierta al ver entrar a un grupo de unas diez personas a eso de las 6 y media de la mañana. “Nunca ha estado esto tan lleno a estas horas“, comenta la señora, y se ríe mientras hacemos cola para pagar nuestros refrescos, cafés y dulces, y canturreamos “On the road again“, de Willie Nelson.

Aunque pretendíamos llegar al Cañón al amanecer, se nos hace un poco tarde y decidimos aprovechar la bonita luz de primera hora de la mañana para hacer fotos del grupo de coches en algún lugar perdido de Arizona. Tras un pequeño paseo por un camino de tierra, llegamos a un punto que parece apropiado. Aquí nos quedamos (al menos un rato).

Roadtrip Pasión™: Cruzamos Estados Unidos de Los Ángeles a Detroit (parte 2)

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Por fin, con el sol brillando y una vez terminada la sesión de fotos pertinente, nos entra una extraña valentía y decidimos descapotar el coche para disfrutar del pequeño trayecto que nos falta para llegar a nuestro destino. Con nieve a ambos lados de la carretera y temperatura rondando los cero grados, la gente con la que nos cruzamos nos mira con cara de asombro. ¿A dónde irán estos locos a cielo descubierto? deben pensar.

A pesar de haberlo visto mil veces en fotografías y películas, no me esperaba que el lugar fuera tan impresionante. El Gran Cañón es una auténtica pasada y choca sobre todo por su magnitud, tremendamente mayor de lo que esperaba. Menudo sitio y menudo frío. El viento te deja helado, pero merece la pena estar al borde del abismo, literalmente, en un paraje tan espectacular.

Con el tiempo en los talones, en lo que va a ser la tónica del roadtrip, volvemos sobre nuestros pasos para coger rumbo a Amarillo, Texas. De ahora en adelante nos despedimos de la nieve y de los parajes montañosos o arbolados. El norte de los Estados de Arizona y Nuevo Mexico es prácticamente desértico. Tenemos unas cuantas horas por delante en las que vemos el horizonte miremos donde miremos.

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Por supuesto, el hotspot para la conexión a Internet que llevamos en el coche es incapaz de encontrar señal en un lugar donde sólo estamos nosotros, el asfalto, algún que otro cactus y enormes trenes de mercancías que parecen no acabar nunca y que nos alegran la vista de vez en cuando con sus cientos de vagones.

Tras otra parada para rellenar los depósitos de los coches, decidimos buscar un sitio para comer, pero es más difícil de lo que parece cuando estás perdido en medio de la nada (sobre todo porque hay que ponerse de acuerdo sobre qué queremos comer). Unos camioneros de la zona, que estan en la gasolinera, nos indican que a unas 30 millas tenemos un pueblo grande, llamado Gallup, donde no habrá problemas en encontrar diferentes restaurantes.

Efectivamente, en Gallup la oferta culinaria es amplia (como en todos los pueblos de Estados Unidos, que parecen no tener más que comercios de comida rápida) y nos topamos con restaurante de la cadena Sizzler, donde nos apretamos un buen trozo de carne típicamente americana para coger energías de cara al último tramo del día.

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Aunque sobre el mapa los sitios parecen estar relativamente cerca, una vez en carretera las distancias parecen multiplicarse. Este país es enorme. Aunque las comparaciones son odiosas, en una de nuestras jornadas de conducción de más de 10 horas, en las que apenas atravesamos uno o dos Estados, podríamos prácticamente cruzar España de arriba a abajo (Bilbao-Cádiz).

A las 5 y media de la tarde pasamos por Albuquerque, Nuevo Mexico, pero ya es prácticamente de noche. El precio de recorrer 4.500 kilómetros en cinco días es que no puedes conducir sólo de día (y menos atardeciendo tan pronto), así que te pierdes el paisaje durante esas horas en las que se viaja de noche.

La oscuridad también hace que el tráfico se reduzca mucho en algunos tramos de las interestatales, pasando minutos y minutos sin ver luces de otros coches. Entre lo recto de las carreteras y lo vacías que están, en algunos momentos nos pesa más de la cuenta el pie derecho.

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De hecho, poco después de entrar por fin en el primer condado del Estado de Texas, Oldham, nos encontramos con un coche patrulla de la policía estatal (State Trooper), parado en el arcén de nuestro mismo sentido, con todos los rotativos iluminados en medio de la noche.

Levantamos un poco el pie y pasamos por delante del coche de policía a unas 75 millas por hora, la velocidad límite en el tramo. Poco después, mientras trabajo en el ordenador (conduce mi compañero), me doy cuenta de que hemos vuelto a alcanzar la velocidad a la que circulábamos anteriormente, unas 90 millas. Un gran error.

El tío ha apagado las luces y se ha puesto a seguirnos, así que en unos minutos le tenemos detrás, dándonos el alto. Como en ese momento vamos dos coches juntos, nos para a los dos y nos invita amablemente a acompañarle a la oficina del sheriff más cercana para pagar los 240 dólares de multa que supone circular a 92 millas por hora, en lugar de a 75. Además, el policía nos advierte de que si no pagamos en el acto, podemos dormir cinco días a la sombra.

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Al final tenemos la experiencia completa, con visita incluída a la oficina del Sheriff, donde éste juega con el iPad mientras su Dodge Charger patrulla espera en la puerta con el motor en marcha. Lamentablemente, de todo esto no hay fotografías. Mejor no jugar con los tejanos. Y hablando de tejanos, llegamos por fin a Amarillo, Texas, donde dormimos.

Mañana continúa el viaje, con coches viejos de por medio y chuletón para desayunar. No te lo pierdas.

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Continuará…

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