
En 1970, la Unión Soviética puso en marcha uno de los proyectos científicos más ambiciosos de la Guerra Fría: perforar 15 kilómetros bajo la superficie terrestre
Sabemos más sobre la superficie de Marte que sobre lo que ocurre bajo nuestros pies en la Tierra. Y aunque pueda parecer una exageración, perforar unos pocos kilómetros en la corteza terrestre ha sido uno de los mayores desafíos técnicos de la humanidad. Por eso, cuando la Unión Soviética anunció en 1970 que pretendía excavar un pozo de 15 km de profundidad, el proyecto parecía más propio de la ciencia ficción que de la ingeniería.
La iniciativa, nombre en clave SG-3, se desarrolló en la península de Kola, muy cerca de la frontera con Noruega. Lo que la URSS buscaba no era petróleo, ni gas, ni minerales… Solo querían llegar lo más profundo posible, a lo que nadie había llegado para estudiar directamente el interior de la Tierra por primera vez en la historia; era la carrera por llegar donde, literalmente, nadie había llegado antes.
Lo que encontraron sorprendió a los científicos
Todo esto en un contexto de Guerra Fría que se libraba en el espacio, en los océanos y hasta bajo tierra. Porque, mientras EEUU miraba hacia el cielo con Apolo, los soviéticos hicieron lo contrario: mirar hacia bajo para estudiar el subsuelo terrestre porque sus científicos estaban convencidos de que la perforación permitiría comprobar teorías geológicas que hasta entonces solo podían estudiarse mediante cálculos y ondas sísmicas.
Kola no fue casual, los soviéticos estudiaron y sabían que allí estaban algunas de las rocas más antiguas del planeta, lo que les daba la oportunidad de estudiar capas únicas de la corteza terrestres, prácticamente inaccesibles. Querían alcanzar los 15.000 metros; nunca nadie había intentado algo así.
Y naturalmente, a medida que descendían al pozo, las dificultades crecían de forma exponencial. Durante los años ‘70 entró en funcionamiento una enorme torre de perforación de 74 metros de altura diseñada específicamente para el proyecto. El equipo debía trabajar con kilómetros y kilómetros de tuberías sometidas a presiones extremas, y solo la columna de perforación pesaba más de 200 toneladas.
Solo extraer e introducir el equipo les llevaba hasta 18 horas y, aún así, nada garantizaba el éxito. Sobre 1984 alcanzaron los 12.066 metros, y entonces, una avería provocó la pérdida de miles de metros de tubería en el interior del pozo. Recuperarla era imposible, así que los ingenieros abandonaron parte de la perforación y comenzaron una nueva a varios kilómetros.
A pesar de ello, llegar tan lejos había dado a los soviéticos información única e inesperada; descubrieron algunas teorías geológicas ampliamente aceptadas no encajaban con la realidad observada en profundidad como que determinadas capas que se creían formadas por basalto resultaron ser muy diferentes, hast aparecieron fracturas llenas de fluidos en rocas que se consideraban impermeables.
Lo más sorprendente fueron los microfósiles de plancton a seis kilómetros de profundidad, lo que obligó a replantear algunas ideas sobre la evolución geológica de la zona. También descubrieron que las temperaturas aumentaban mucho más rápido de lo previsto, y a 10 kilómetros de profundidad ya rondaban los 180 ºC, mientras que a 12 ya eran 200 ºC. En esas condiciones, algunas rocas dejaron de comportarse como materiales rígidos, y en lugar de fracturarse, comenzaron a deformarse lentamente bajo la enorme presión existente en profundidad.
La Tierra intentaba cerrar la herida
Claro, aquello cambió las reglas del juego: cada vez que los perforadores abrían un nuevo tramo, las paredes del pozo tendían a desplazarse hacia el interior de forma lenta, pero constante. La perforación no se detenía porque existiera una roca imposible de atravesar, sino que se detenía porque el propio agujero intentaba desaparecer.
Cuanto más descendían, mayor era la temperatura, mayor la presión y más difícil resultaba mantener abierto el conducto. Así que los ingenieros soviéticos descubrieron que el verdadero desafío no era tanto perforar, sino impedir que la Tierra cerrara el camino.
¿El final? Fueron los 12.262 metros de profundidad, lejos (pero no tanto) de los 15 kilómetros inicialmente previstos. Hoy sigue siendo el agujero vertical más profundo jamás realizado por el ser humano. En 1992, la Unión Soviética ya había desaparecido y los intentos de seguir descendiendo llegaron a su fin. Las condiciones térmicas y mecánicas hacían inviable continuar.
Imágenes | Alexander Nokinov, Wiki Commons
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