
Unas antiguas imágenes por satélite han revelado 396 fuertes romanos desconocidos en los desiertos de Siria e Irak
El descubrimiento demuestra que Roma levantó una gigantesca red de transporte y comercio en lugar de una simple frontera militar
Siempre imaginamos las fronteras del Imperio romano como enormes barreras diseñadas para detener al enemigo plagadas de murallas, torres de vigilancia y soldados esperando una invasión. Pero la realidad era bastante más compleja: Roma también entendía sus fronteras como espacios de circulación donde viajeros, comerciantes, animales y mercancías se podían mover con seguridad.
La prueba irrefutable apareció en 2023, cuando los arqueólogos Jesse Casana, David D. Goodman y Carolin Ferwerda, de la Universidad de Dartmouth, publicaron en la revista Antiquity un estudio basado en imágenes desclasificadas de los satélites espía estadounidenses CORONA y HEXAGON.
Estas fotografías de los años sesenta y setenta funcionan como una valiosa cápsula del tiempo: congelaron el terreno justo antes de que la expansión urbana, los embalses modernos y la agricultura intensiva borraran los relieves para siempre. Gracias a ellas localizaron 396 fuertes desconocidos en los desiertos de Siria e Irak, triplicando prácticamente los 116 que el pionero de la arqueología aérea Antoine Poidebard había documentado desde su biplano en los años veinte.
La frontera de Roma que en realidad era una gran red de servicios
Poidebard interpretó aquellos fuertes como “una línea militar creada entre los siglos II y III d. C. para contener incursiones persas y ataques de pueblos nómadas”. De hecho, muchas de estas edificaciones reforzaban calzadas comerciales y militares tan estratégicas como la famosa Strata Diocletiana, construida bajo los mandatos de Septimio Severo y Diocleciano.
Durante casi un siglo, esa idea puramente defensiva marcó la visión tradicional de la frontera oriental romana, pero el nuevo mapa obtenido desde el espacio cuenta una historia diferente. Los fuertes no formaban una línea de norte a sur, sino un corredor de este a oeste que atravesaba la estepa siria conectando Mosul, junto al río Tigris, con Alepo y el Mediterráneo.
La mayoría de estos recintos eran pequeños cuadrados (de entre 50 y 80 metros de lado), aunque los satélites han desvelado la existencia de auténticas macroestaciones logísticas que superaban los 200 metros por lado con complejos arquitectónicos y ciudadelas interiores. Situados en zonas con escasos recursos, estos nodos servían esencialmente para proteger las rutas de caravanas, apoyar el movimiento de tropas y garantizar el transporte de mercancías.
Visto desde una perspectiva actual, su función recuerda a una red de áreas de servicio repartidas por una gran autopista: lugares donde conseguir agua para los camellos y el ganado, almacenar suministros, descansar o encontrar protección durante largos viajes por el desierto. Así, la frontera romana no era una simple una línea que separaba territorios, sino más bien una infraestructura diseñada para gestionar la conectividad de un imperio.
Este descubrimiento conecta con otro hallazgo reciente en la misma región: la inmensa red de canales de la Edad del Bronce en Mesopotamia que conectaba ciudades como Ur, Uruk, Lagash o Eridu. En ambos casos, la tecnología actual está obligando a cambiar la idea tan arraigada de que aquellas grandes obras del pasado no solo servían para defender territorios, sino para mover personas, bienes e información a una escala que hasta hace poco parecía imposible.
La inteligencia artificial se prepara para descubrir las próximas rutas perdidas
A comienzos de este año, el laboratorio dirigido por Casana recibió una subvención histórica de 11 millones de dólares de Schmidt Sciences para aplicar inteligencia artificial al análisis automático de los enormes archivos de imágenes CORONA y HEXAGON. Así, lo que antes exigía años de trabajo revisando fotografías una a una podrá acelerarse mediante algoritmos capaces de reconocer carreteras antiguas, canales, fortificaciones y otros paisajes arqueológicos ocultos en cualquier parte del planeta.
Y es urgente: el propio equipo de Dartmouth ya advirtió del aumento del expolio mecanizado y los daños causados por los conflictos recientes sobre numerosos yacimientos de Siria. De hecho, muchos de los fuertes que Poidebard fotografió hace un siglo ya habían sufrido un deterioro tan grande que en las imágenes CORONA solo pudieron identificarse con seguridad 38 de los 116 originales. Paradójicamente, los satélites que nacieron para vigilar una guerra moderna se han convertido en la mejor herramienta para salvar las huellas del pasado antes de que desaparezcan.
Imágenes |David Shankbone (Wikipedia); Jesse Casana , David D. Goodman y Carolina Ferwerda e imágenes CORONA cortesía del Servicio Geológico de EEUU
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