Ruta en coche camino de Finisterre. Conduciendo hasta el fin de la Tierra

Hay un lugar en Galicia en el que la Tierra toca a su fin. Así fue bautizado el cabo de Finisterre, finis terræ, para avisar a los visitantes de que a partir de ahí se acabó lo que se daba. Terminaba el mundo y comenzaban los océanos y los monstruos y, en definitiva, el miedo a lo desconocido.

Finisterre, o Fisterra, es un bello enclave que encontramos en mitad de una presentación de Nissan. Mientras hablamos de la evolución de los SUV y los crossovers, teniendo en la cabeza cómo ha crecido el sector en los años pasados, nos perdemos por una bella ruta que nos lleva desde Santiago hasta el fin del mundo conocido. Hoy hablamos de un viaje idílico. El análisis de los números, que es algo más frío, ya lo haremos otro día.

Arrancamos en Santiago de Compostela a bordo de un Nissan Juke de discreto color amarillo, y nos disponemos a acariciar la costa por la ría de Muros, en dirección a Punta Uia.

Así, nuestros primeros pasos transcurrirán cómodamente por la AG-56, continuada menos cómodamente en el corredor CG 1.5, una supuesta vía para automóviles, aunque señalizada al estilo de las descatalogadas vías rápidas, que aguarda su turno mientras sigue registrando siniestros, hasta que algún día por fin sea desdoblada en autovía.

Superamos la CG 1.5, y aunque en la ruta tenemos marcado un posible punto 1 para detenernos y contemplar el paisaje, pasamos de largo al dar por bueno lo que nos comentan en Nissan: el fotógrafo de la marca se ha pasado 15 días en la zona, esperando a que haga acto de presencia el sol, pero nosotros no vamos a estar de suerte, si lo que buscamos es un cielo azul y luminoso. Está gris y hay llovizna. Benvidos á Galiza!

Nos adentramos en la sinuosa carretera AC-550, que bordea el mar, parapetados tras unos bosques que nos separan de las aguas, parando en algún instante para sacar alguna que otra foto ligera que dé testimonio del momento, antes de acabar recalando en el Hotel Punta Uia.

Allí, en un ambiente muy familiar, aparte de probar una gloriosa empanada de pulpo y una sublime tarta de Santiago que quitan el sentío, nos enteramos de que la costa de Muros mide como 25 kilómetros de largo y da pie a un sinfín de playas. En la parroquia de Esteiro, que es donde se encuentra ubicado el Hotel Punta Uia, encontramos siete de ellas: Raimundes, Fíntela, Somorto, Agrocobo, Paramean, Portiño y Medrón.

Azul, verde, gris, blanco

Sin duda, el agua es un elemento indispensable para la vida, y sin agua no se entiende Galicia. Ni su verdor de innumerables matices ni sus cielos, que hoy se muestran a ratos plomizos y a ratos blancos, y que nos hacen sentir melancólicos, tanto a mí mismo como a mi compañero de fatigas, el gran Juan Carlos Grande (coches.net).

Mientras vamos caminando por aquí y por allá, descubriendo algunos de los rincones que nos ofrece esta gran casa rural, el día gris se adentra en mis huesos. Es hora de partir.

Abandonamos el lugar, habiendo cambiado nuestro caballo por el Nissan Qashqai con el que llegaremos a Finisterre [lee aquí la prueba del Nissan Qashqai, por Héctor Ares]. Pronto encontramos un inmenso e impresionante paraje natural protegido, la espectacular zona de Louro. El monte Louro, de 241 metros s.n.m., y el gran lago que se abre a sus pies se reparten la belleza con la playa del lugar.

Nuestra siguiente parada obligada será la playa de Carnota. Allí, a pesar del mal tiempo, entendemos que estamos en un lugar singular de Galicia. Nunca mejor dicho. Con sus 7 km de costa, es la playa más larga de toda la Comunidad Autónoma, una tierra de costas serradas, cortadas por las rías y selladas por los acantilados. Carnota es... otra cosa, un remanso de paz en el salvaje perfil que une, o separa, Galicia y el mar.

Si larga es la playa, suave es la curva que describe aquí la carretera. Se trata de una ruta que invita a relajar el paso con el coche, y a detenerse aquí y allá para dejarse llevar por unos paisajes que, vistos con la necesaria perspectiva, pueden resultar inspiradores y evocadores.

Foto: Feans

Pero a nosotros nos acucian las prisas de una ruta montada para ser disfrutada en pequeñas dosis, que el reloj no perdona, así que proseguimos la marcha y nos dirigimos hacia nuestro destino. Pasaremos junto al embalse de Santa Uxia, y allí se encuentra otro de esos espectáculos de la Naturaleza que Galicia esconde para que el visitante los descubra: la cascada de Ézaro, un continuo de torrentes que van a desembocar en el río Xallas.

Foto: Dorna

Avanzando en nuestro camino cruzaremos Corcubión y llegaremos hasta nuestro destino, no sin antes dar un pequeño rodeo por un caminito que nos han preparado en el navegador, para que dejemos por un momento el asfalto. No es gran cosa, si lo que queremos es jugar a los todoterrenos con un SUV, pero esto nos permite dar un rodeo junto a las antenas de la zona, y descubrir un paseo que, a pie, promete ser toda una terapia para la gente estresada.

Y desde lo alto del caminito, ya sobre un asfalto olvidado, observamos el punto final.

El fin del mundo, al alcance de la mano

Data de 1853 y se erige a 130 m s.n.m. Es el segundo faro situado más al oeste de toda Europa, con permiso del faro de Cabo Touriñán, tal y como nos explicó Héctor Ares cuando se dedicó a atar cabos con aquel barco llamado BMW 640d Cabrio. Pero fue Finisterre el lugar que, durante miles de años, inspiró todo tipo de leyendas, como aquella que aseguraba que el Océano Atlántico no era más que una sima de agua finita, tras la cual el sol descansaba por las noches, dando paso a una zona de tinieblas poblada por monstruos marinos.

Dicen que la luz del faro de Finisterre se ve a 65 km de distancia, alertando sobre los riesgos de una costa que hoy se muestra gris y que en días de tormenta amenaza con ser muy peligrosa.

La planta de su torre es octogonal, y se yergue sobre la casa del farero frente a la plaza de la República Argentina. Por lo general no se puede circular por la zona, pero la marca ha pedido los correspondientes permisos y ahí estamos... algo masificados. Como tenemos a un montón de compañeros haciéndose la foto de rigor, decidimos que no es el momento y aprovechamos la imagen oficial del Juke en rojo frente a un cielo anaranjado, mientras el faro sigue guiando a los marinos.

De vuelta a casa, bordeando Mazaricos

Toca regresar a Santiago de Compostela, y lo hacemos con un Nissan XTrail. El camino se abre hacia el interior, para ir a buscar la cara norte del pantano de Mazaricos, antes de cruzar la zona salpicada de pueblecitos que nos llevará hasta la capital de Galicia.

Foto: luscofusco

La obra fue construida a finales de los años 70 para dar agua a toda la zona. Situado a 415 m s.n.m., el embalse sirve como coto de pesca, y su entorno propicia la observación de las aves de la zona. Y a nosotros nos encantaría detenernos a contemplar el paisaje, pero por desgracia hay un avión que sale en breve hacia casa y tenemos todavía una hora de camino hasta el Aeropuerto de Santiago de Compostela. Otra vez será.

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