Las plataformas abandonadas son un gran problema del que las petroleras no se quieren hacer cargo. La excusa: las energías renovables

Cuando se habla del Mar del Norte, es más probable que pensemos en las plataformas petrolíferas que lo llenan que en las largas playas de arena fina de Oostende. Centenares de esas plataformas están actualmente abandonadas, algunas al estilo del FSO Safer, pero ni las petroleras ni los países a las que pertenecen tienen prisa por desmantelarlas y limpiar la zona.

Sus dueños prefieren dejarlas tal cual, atendiendo así a los enormes intereses financieros y estratégicos que supone tener un pie en el Mar del Norte en está época de transición energética.

El Marte del Norte no es esa inmensa masa de agua sin actividad humana. Pero no, hay 615 plataformas petrolíferas (o de gas) con 23.000 infraestructuras menores a su alrededor, hay además 43.000 km de oleoductos y gasoductos y unos 27.000 pozos de petróleo o gas.

Sin embargo, el 10% de las plataformas están en desuso, al igual que 8.500 km de óleo y gasoductos, mientras que el 85 % de los pozos están abandonados, según datos recopilados por el equipo internacional de investigación dirigido por ‘Follow the Money’.

Nadie sabe realmente qué pasa con las plataformas petrolíferas

Según el tratado OSPAR para la protección de la fauna y flora del Mar del Norte, y del cual forma parte España, al terminar la actividad de una plataforma, debe ser retirada, el pozo tapado y las tuberías enterradas o retiradas.

Mar del Norte, un rincón de Europa en el que hay 615 plataformas petrolíferas (o de gas) con 23.000 infraestructuras menores a su alrededor, 43.000 km de oleoductos y gasoductos y unos 27.000 pozos de petróleo o gas.

El problema es que casi nadie lo hace. “Un tercio de los oleoductos y alrededor del 10% de las plataformas también han dejado de funcionar. Y podría ser incluso más, ya que muchos oleoductos que se registraron como retirados en realidad sólo están fuera de servicio”, según explica el equipo de investigación. Además, las definiciones de lo que está en desuso o no difiere según las empresas, organismos o países.

Para colmo, hasta hace 20 años, no había obligación de registrar cables y tuberías instalados en el fondo del mar. “En la parte neerlandesa del Mar del Norte hay cables instalados desde mediados del siglo XIX, pero no todos están registrados. Y no siempre se sabe exactamente dónde están ubicados ni quién es su propietario" explica Jip van Zoonen, consultor y jefe de proyecto sobre permisos en el Mar del Norte en Rijkswaterstaat (agencia ejecutiva del Ministerio de Infraestructuras y Gestión del Agua).

Al final, nadie sabe exactamente lo que hay en realidad en el Mar del Norte, ni tampoco qué estructuras deben desmantelarse y cuándo. En todo caso, lo único que se conoce con exactitud es que la cantidad de infraestructuras abandonadas va a ir a más con el paso de los años. Por ejemplo, Dinamarca anunció en 2020 que dejará de extraer petróleo y gas de sus yacimientos del Mar del Norte para 2050 porque se agotan sus reservas, ni tampoco parece rentable extraer las que quedan.

Un juego de finanzas y estrategia

¿Por qué empresas y países no tienen prisa por desmantelar las infraestructuras que están en desuso o abandonadas? Por una razón obvia, cuesta mucho dinero. Pero no es el único motivo, también existe una razón estratégica.

A nivel financiero, la Comisión Europea ha calculado que limpiar el Mar del Norte de esas infraestructuras costará al menos 30.000 millones de euros de 2020 a 2030. A nivel de cada plataforma y toda la infraestructura que la rodea el coste se sale igualmente de las escalas entendibles para el común de los mortales.

A modo de ejemplo, el alquiler y el uso de los mayores barcos grúas del continente, necesarios para recuperar lo que está en el fondo del mar, cuesta la friolera de dos millones de euros al día por barco.

En los casos en los que sí se desmantela una instalación, la factura la acaba pagando en su mayor parte el país cuya petrolera puso ahí la plataforma. Noruega, por ejemplo, paga el 78% del coste total y el Reino Unido entre el 40% y el 70%, según el acuerdo que tenga con la petrolera. De ahí que nadie tenga prisa por desmantelar esas instalaciones, ni la petrolera ni el estado.

A nivel estratégico, son una baza enorme en la transición energética, es decir, podrían generar sustanciales ingresos para sus dueños en un futuro próximo. Así, algunas compañías están retrasando de forma legal, mediante una exención, el desmantelamiento de sus plataformas y oleoductos porque se van a usar para investigar el almacenamiento de CO₂ en ellas.

Reutilizar las infraestructuras con este objetivo permitiría un ahorro sustancial. Según la North Sea Transition Authority (NSTA), con que se reutilizasen tan sólo 50 de esos gasoductos para el almacenamiento de CO₂, se podría ahorrar hasta 7.000 millones de libras esterlinas (8.060 millones de euros).

Además, a medida que se hacen cada vez más necesarias fuentes de energía renovables para la producción de energía limpia, sobre todo si se acaba imponiendo la economía del hidrógeno, el hecho de disponer de una infraestructura en desuso en el mar le permitirá a las petroleras tener un nuevo modelo de negocio.

Cuantas más infraestructuras puedan destinarse a la reutilización, mayor será el papel del propietario de esas infraestructuras en el despliegue de nuevas formas de energía, como en la instalación de centrales eólicas marinas o el almacenamiento y transporte del hidrógeno, por ejemplo. De hecho, Europa planea convertir el Mar del Norte en una zona de producción de hidrógeno verde, incluso con islas artificiales.

En cuanto al riesgo ecológico de estas infraestructuras es minimizado por la mayoría de participantes.  Se habla de no romper el equilibrio actual del ecosistema, un equilibrio que no se tuvo reparo en poner patas arriba cuando se perforaron los primeros pozos. Además, muchas de esas estructuras todavía contienen miles de toneladas de crudo y nadie sabe cuánto tiempo van a aguantar.

La mayoría de países interesados prefieren dejar la mayoría de instalaciones como están. Sólo Bélgica y Alemania abogan por limpiar la zona, pero también son los países con menos infraestructuras en la zona.

Al final, la industria petrolera, como la banca, siempre gana. "No tiene que pagar por el saneamiento y se asegura un importante papel en la transición energética en alta mar. Esto podría reportarle miles de millones en beneficios y subvenciones en el futuro" recuerdan desde el colectivo.

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