
Se han descubierto kilómetros de vías, locomotoras abandonadas y restos del legendario tren Salejard-Igarka
Locomotoras abandonadas, campamentos fantasma y kilómetros de vías férreas emergen de nuevo entre el barro y la tundra para recordar uno de los proyectos de infraestructura más ambiciosos y mortíferos de la era soviética: una obra construida por decenas de miles de prisioneros que costó miles de vidas antes de ser devorada por el hielo.
Entre todos esos hallazgos destaca el ferrocarril Salejard-Igarka, también conocido como la línea Transpolar o, de forma mucho más reveladora, el “Ferrocarril de la Muerte”. Concebido como una gigantesca arteria de transporte para conectar el interior de Siberia con los puertos del océano Ártico, acabó convertido en uno de los mayores fracasos de la era de Iósif Stalin. Hoy, más de setenta años después, vuelve a emerger de la tierra gracias al mismo entorno que contribuyó a condenarlo.
El ferrocarril con el que Stalin quiso conquistar el Ártico
La construcción de esta infraestructura comenzó en 1947 y debía unir las ciudades de Salejard e Igarka a través de casi 1.300 km de territorio inhóspito situado en gran parte dentro del Círculo Polar Ártico. Su objetivo era reforzar la presencia soviética en el norte, facilitar la explotación de recursos minerales como el níquel de Norilsk y crear una conexión estratégica con las rutas marítimas árticas.
Para levantar semejante obra se recurrió a la mano de obra de los campos Gulag 501 y 503: las estimaciones apuntan a que entre 80.000 y 120.000 prisioneros políticos, presos comunes y prisioneros de guerra participaron en los trabajos. Las condiciones eran extremas, con temperaturas que podían caer por debajo de los 50 grados bajo cero en invierno, escasez de alimentos, jornadas agotadoras y una logística casi imposible. Miles de personas murieron durante la construcción, motivo por el que la línea acabaría recibiendo el sobrenombre de “Ferrocarril de la Muerte”.
A estos problemas se sumaron los técnicos, ya que buena parte del trazado atravesaba terrenos pantanosos asentados sobre permafrost. Durante los meses más cálidos, la capa superficial del suelo se transformaba en un lodazal que deformaba terraplenes, desplazaba raíles y complicaba cualquier avance.
Así, los ingenieros soviéticos se enfrentaban a un entorno que parecía empeñado en sabotear cada kilómetro construido: la dificultad era tal que ni siquiera llegaron a levantarse los grandes puentes previstos sobre los ríos Obi y Yeniséi. Durante parte del año los suministros cruzaban en transbordadores y, cuando llegaba el invierno, el hielo se convertía en una improvisada ayuda para la infraestructura de transporte.
Pero la situación cambió de forma radical tras la muerte de Stalin en marzo de 1953, cuando las autoridades soviéticas revisaron los costes y la viabilidad del proyecto y decidieron cancelarlo de inmediato, ya que después de seis años de obras apenas se habían completado unos 698 km. Decenas de campamentos quedaron abandonados, junto con miles de toneladas de material ferroviario.
Paradójicamente, una parte de la infraestructura sobrevivió durante décadas al propio proyecto: la red telefónica instalada para coordinar las obras continuó funcionando hasta 1976, mucho después de que el sueño ferroviario de Stalin hubiese quedado enterrado bajo la nieve y el barro de la tundra.
El balance fue tan desolador como espectacular. Unas 60.000 toneladas de metal y al menos once locomotoras de vapor quedaron abandonadas en mitad de la tundra. A día de hoy todavía pueden encontrarse raíles, puentes, barracones y viejas máquinas dispersas a lo largo de cientos de kilómetros, convertidas en uno de los mayores y más insólitos yacimientos de arqueología industrial del planeta.
En los últimos años, el progresivo deshielo del permafrost está exponiendo de nuevo muchos de esos restos, atrayendo la atención de historiadores, arqueólogos industriales y fotógrafos de todo el mundo. Organizaciones como Gulag.cz llevan mucho tiempo ya documentando los vestigios de la línea y los antiguos campos de trabajo, con imágenes como las de este post.
Hace más de 70 años, Stalin intentó conectar el Ártico mediante una gigantesca infraestructura ferroviaria destinada a transportar materias primas y consolidar la presencia soviética en el extremo norte, pero su obra acabó derrotada por el clima, la distancia y la propia geografía. Hoy, el mismo Ártico que la condenó está devolviéndola a la superficie justo cuando el mundo vuelve a mirar hacia esta región como una de las grandes fronteras del transporte global.
Imágenes | Gulag.cz
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