Hace 54 años Toyota tuvo una idea loquísima: convertir un coche familiar en una camper desplegable. Parecía un ataúd con ruedas, pero tenía más sentido del que parece

Un familiar de los 70 transformado en camper desplegable, pensado para viajar, dormir y volver a casa conduciendo

Irene Mendoza

A principios de los años 70, en plena fiebre del caravaning, muchas marcas se lanzaron a experimentar sin complejos. Viajar con caravana exigía técnica y paciencia, así que algunos pensaron que el problema no era el conductor, sino el propio concepto del remolque. De ahí surgieron ideas tan llamativas como la Shadow, una caravana estadounidense que se acoplaba directamente al techo del coche familiar con la promesa de mayor estabilidad y maniobras sencillas.

Ese mismo espíritu innovador explica la apuesta de Toyota. En 1972, cuando el coche familiar era la base de los grandes viajes por carretera y todavía no existían ni SUV ni monovolúmenes, la marca japonesa presentó el Toyota RV-2 en el Salón de Tokio. Un prototipo de shooting brake de dos puertas que buscaba integrar en un solo vehículo el uso diario y la escapada recreativa.

Un familiar que quería ser refugio de fin de semana

El RV-2 nacía tras un primer tanteo llamado RV-1, basado en el Celica y pensado para remolcar una tienda. Con el RV-2, Toyota dio un paso más al integrar todo en la carrocería. La base exacta nunca quedó del todo clara, entre Corona y Mark II, pero las dimensiones sí eran contundentes para la época, con 4,73 m de largo y una silueta baja y estilizada.

Sin duda, su elemento de diseño más llamativo estaba en la parte trasera. Dos grandes paneles tipo concha se abrían lateralmente y transformaban la zaga en un espacio habitable. Una lona completaba el conjunto y el portón abatible servía como banco, creando una escena pensada para comer, descansar y disfrutar del entorno sin salir del coche.

El interior reflejaba a la perfección ese espíritu tan loco de los 70. Moqueta gruesa, tapicerías mullidas y módulos desmontables que podían usarse como bancos o cama. Toyota afirmaba que podían dormir cuatro adultos, dos en la parte trasera y otros dos reclinando por completo los asientos delanteros. No había cocina ni baño, solo mobiliario portátil y soluciones pensadas para escapadas cortas.

Ingenioso por fuera, limitado por dentro

Bajo el capó montaba un seis cilindros en línea de 2,6 l con unos 130 CV y cambio manual de cinco marchas. Toyota llegó a anunciar cerca de 190 km/h de velocidad punta, una cifra llamativa para un vehículo cuyo atractivo real estaba parado, con la parte trasera abierta y la lona desplegada.

Tras su presentación en Tokio, el RV-2 realizó una gira por EEUU y generó mucha curiosidad. Algunos medios especializados llegaron a describirlo como “una solución ideal para viajar y acampar”, destacando su comodidad en carretera y su concepto flexible para escapadas improvisadas. El contexto, sin embargo, jugó en su contra.

En 1973 estalló la crisis del petróleo, el mercado cambió de prioridades y los familiares empezaron a perder protagonismo. Un vehículo recreativo grande, complejo y de uso muy específico dejó de tener sentido comercial casi de la noche a la mañana. Aún así, el RV-2 que nunca pasó de prototipo, anticipó la idea de viajar ligero, dormir donde apetece y volver a casa conduciendo. No fracasó por falta de visión, sino por llegar demasiado pronto a un mundo que todavía no estaba preparado para vivir sobre ruedas.

Imágenes | Toyota, archivo

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