
El GPS nació en plena Guerra Fría como "chivato nuclear" y tardó dos décadas en llegar al coche por la Disponibilidad Selectiva
Hoy nos parece inconcebible conducir sin GPS: ya sea con Google Maps, Waze o el navegador del coche, es fundamental para nuestro día a día. Pero esta tecnología no surgió como servicio civil, sino como un sistema militar de alto secreto. Y estuvo casi 20 años capada para los mortales comunes.
Para conocer el origen del GPS (Global Positioning System por sus siglas en inglés) tenemos que remontarnos a la Guerra Fría, en plena carrera armamentística entre la URSS y EEUU. Su salto al público general no llegó hasta el año 2000, cuando el entonces presidente Bill Clinton ordenó desactivar la conocida como Disponibilidad Selectiva.
Una red de satélites para controlarlos a todos, en plena Guerra Fría
El GPS tal y como lo conocemos hoy nació con el programa Navstar en la década de los 70. Fue desarrollado por el Departamento de Defensa de Estados Unidos con un presupuesto multimillonario y, por supuesto, siendo de alto secreto. EEUU necesitaba conocer la ubicación al milímetro de sus fuerzas armadas: desde barcos a aviones, pasando por las tropas o emplazamiento de armas.
¿Por qué? Pues, tanto para guiarlos como para calcular con precisión la trayectoria de misiles balísticos de posibles ataques. El 2 de septiembre de 1973, doce oficiales del Pentágono se reunieron para definir el Sistema Satelital de Navegación para la Defensa (DNSS, por sus siglas en inglés). Semanas después, este programa se bautizó como Navstar.
El objetivo era crear una red de satélites que, trabajando en conjunto, permitiría triangular posiciones exactas en cualquier punto del planeta: desde océanos a puestos de tierra. Entró en funcionamiento en los años 80, con el nombre de Navstar-GPS, que más tarde se simplificó a GPS.
La 'Disponibilidad Selectiva'
Un poder conlleva una gran responsabilidad, que diría el Tío Ben. Rápidamente EEUU se dio cuenta del inmenso poderío de esta red de satélites: si era pública podría ser aprovechada por potenciales enemigos, empezando por los soviéticos. Su solución fue la Disponibilidad Selectiva.
Esta SA, por sus siglas en inglés, se basaba en una degradación intencionada de la señal GPS pública, salvaguardando así el uso de los datos de navegación para la localización de armas, barcos y vehículos militares. En otras palabras: mientras que la señal militar estaba encriptada y ofrecía el posicionamiento milimétrico, la señal de uso civil se "ensuciaba" con ruido para que tuviera un margen de error que podía variar aleatoriamente entre 15 y 100 metros.
Lo que significa que comprarse un dispositivo GPS en los años 90 para llevarlo en el coche tenía poco sentido para orientarse: no era lo suficientemente fiable para orientarse con exactitud en carretera. Aunque podía dar una referencia aproximada, habría resultado poco útil para tomar la salida de una autopista o encontrar una dirección concreta.
El botón de apagado de Clinton
Todo cambio el 1 de mayo de año 2000, suponiendo un antes y un después para el automóvil. Aquel día Bill Clinton promulgó la orden ejecutiva que apagó la Disponibilidad Selectiva. Declaración mediante, anunció que EEUU dejaría de "degradar intencionalmente las señales del Sistema de Posicionamiento Global (GPS) disponibles para el público a partir de la medianoche". Además explicó que era lo que denominaban como Disponibilidad Selectiva, y las consecuencias de la decisión: "los usuarios civiles de GPS podrán determinar ubicaciones con una precisión hasta diez veces mayor que la actual".
En principio se había planificado que el "apagón de la SA" se haría efectivo en 2006, pero la seguridad nacional estadounidense concluyó que no se vería perjudicada si se implementaba cinco años antes. De la noche a la mañana, la precisión de la señal pública del GPS pasó de un margen de error de 100 m a unos pocos metros: entre 3 m y 10 m. Posteriormente en 2007, EEUU adquirió la nueva generación de satélites GPS ya sin la función de la Disponibilidad Selectiva.
De TomTom a Google Maps
Esta decisión abrió la puerta a la industria de navegación de consumo, incluyendo a los automóviles. En la década de los 2000 comenzaron a proliferar los dispositivos GPS de firmas como TomTom o Garmin: un aparato que se pegaba con ventosa al parabrisas y que indicaba el camino al destino.
Los que vivimos los mapas de carretera bien podemos afirmar que fue un salto enorme. Ya no necesitábamos un copiloto que fuera chequeando la Guía Campsa o bien planificar la ruta de antemano: fijabas el destino y la pantalla te guiaba. El futuro era eso: adiós al miedo de perderse en un viaje, o dar vueltas y vueltas para dar con el nuevo domicilio de un familiar.
Más tarde, con la llegada de los smartphone, irrumpieron las apps como Google Maps o Waze. Permitieron usar el móvil como GPS, ahorrándonos tener que pagar por dos dispositivos. Y en pocos años se integraron en el ecosistema del coche, gracias a la conexión Android Auto o Apple CarPlay. O bien recientemente de manera nativa con Android Automotive, sin necesidad de conectar el teléfono.
En resumen, cada vez que activamos Google Maps antes de un viaje, estamos aprovechando la decisión tomada en la Casa Blanca hace más de 25 años y una tecnología que nació para localizar submarinos nucleares y emplazamientos militares.
Imágenes | Pexels, TomTom, Wikimedia, Polestar
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