
Medio siglo después, la electricidad convirtió ese primer intento en una pieza clave de la movilidad moderna.
Hoy resulta imposible imaginar una ciudad sin semáforos. Regulan millones de cruces cada día y forman parte del paisaje urbano desde hace más de un siglo. Pero el primero de todos no tenía nada que ver con los actuales. Y tuvo una vida útil muy corta.
Terminó volando por los aires.
Del ferrocarril a las calles de Londres
En el Londres de 1868 no había automóviles, pero el tráfico ya era un problema. Carruajes, coches de caballos, ómnibus y peatones se acumulaban alrededor del Parlamento británico, donde los diputados cruzaban la calle continuamente para acudir a las votaciones. Hasta entonces, el orden dependía de los gestos de un agente, un método que ‘a prensa de la época describió ese mismo año como una defensa muy pobre frente a los accidentes.
John Peake Knight, ingeniero ferroviario y máximo responsable de circulación de la South Eastern Railway, propuso trasladar a la calle las señales de semáforo que usaban en los ferrocarriles. Si impedía que los trenes chocaran entre sí, bien podría funcionar también para carruajes y peatones.
El 9 de diciembre de 1868 se instaló el primer semáforo en la esquina de Bridge Street con Great George Street, junto al Parlamento. Era un poste de unos seis metros de alto con brazos mecánicos y cuyas señales eran similares a las usadas en los ferrocarriles y que en la actualidad se siguen utilizando en algunos casos, como para los tranvías.
El brazo en horizontal significaba detenerse y el brazo inclinado, avanzar con precaución. No se usó la idea del brazo oculto, es decir, en vertical, que significaba vía libre. De noche, lámparas de gas con luz roja (detención) y verde (avance) tomaban el relevo. Todo el sistema lo accionaba a mano un policía.
La experiencia duró unas cuatro semanas. El 2 de enero de 1869, una fuga en la red de gas provocó la explosión del mecanismo y el agente que lo manejaba resultó gravemente herido. Algunas crónicas posteriores apuntan incluso a que pudo morir. En cuanto al semáforo se retiró por su peligrosidad y durante más de cuarenta años nadie volvió a intentar algo similar en el Reino Unido.
Sin embargo, la idea no era equivocada, lo que fallaba era la energía. El relevo lo tomó la electricidad, y no en Londres, sino en Estados Unidos. En 1912, el agente de policía Lester Wire desarrolló en Salt Lake City (Utah), para el cruce de la calle 200 South con Main Street, una caja de señales de tráfico eléctrica de madera con dos colores, rojo y verde, aunque nunca llegó a patentarla.
A partir de ahí, la tecnología se desarrolló al otro lado del Atlántico y se tardó todavía años en incorporar semáforos eléctricos en las calles europeas. Por ejemplo, el primer semáforo de España se inauguró el 17 de marzo de 1926, a las ocho de la tarde, en el cruce de la calle Alcalá con la calle Barquillo, junto a la cabecera de la actual Gran Vía (entonces calle Conde de Peñalver), en Madrid.
Lo instalaron sobre una farola de cuatro brazos existente y lo llamaron "farola de señales luminosas para regular la circulación de peatones y vehículos". Funcionaba de forma electromecánica con programación manual mediante clavijas, tenía seis luces y solo regulaba vehículos, no peatones.
Era algo tan novedoso que obligó incluso a redactar el primer Reglamento de Tráfico de la ciudad. Antes de ese semáforo, cuatro guardias urbanos regulaban a mano el tráfico de ese cruce.
Imágenes | "Y.ssk", Biblioteca Digital Memoria de Madrid
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