
La ciencia lleva décadas estudiando por qué somos incapaces de vernos al volante como realmente somos. Y la respuesta es tan incómoda como fascinante.
Prácticamente cada persona que está conduciendo ahora mismo piensa sinceramente que conduce mejor que el resto. Pero no un poquito mejor, sino que es mejor conductor y con diferencia. Es algo estadísticamente imposible. Aun así, esa persona que pasa con el semáforo en ámbar, la que no se mueve del carril del medio por nada del mundo o el quemado que va prácticamente empujando al coche que tiene delante en el carril izquierdo, todos invariablemente creen que conducen mejor que nadie.
Esa sensación de ser mejor conductor que cualquiera, sea cierto o no, tiene que ver con la innata ilusión de control. Y eso influye en cómo conducimos y al final en la seguridad vial, la nuestra y la de todos.
"Tranqui, que yo controlo"
Las campañas de seguridad vial solo funcionan si la gente percibe que el mensaje le concierne y decide modificar su comportamiento. No obstante, los estudios psicológicos revelan que muchos conductores confían en exceso en sus habilidades y acaban por normalizar la conducción temeraria y el incumplimiento de las normas.
Creemos que conducimos mejor que nuestro vecino, cuñado o que el profesor de autoescuela impartiendo clase práctica en el coche de delante. No es que seamos todos unos creídos, hay una explicación científica llamada efecto Wobegon.
Que nos creemos que conducimos mejor, no es una figura de estilo. Es así. En 1981, el psicólogo sueco Ola Svenson pidió a un grupo de personas que valoraran su habilidad al volante comparada con la del resto de participantes. El 88% se situó por encima de la mediana. El 77% dijo ser más seguro que la media.
Cuatro décadas después, un estudio similar con 1.203 participantes confirmó el mismo patrón. El 93% se consideraba más hábil que el conductor promedio y el 91% más seguro. Los resultados fueron idénticos independientemente de la escala de medición utilizada. La estadística hace imposible que más de la mitad de los conductores estén por encima de la mediana. Aun así, casi todos lo creen.
La psicóloga Ellen Langer demostró en 1975 que las personas tienden a creer que controlan situaciones que en realidad dependen del azar, siempre que exista algún elemento activo de participación. El volante es exactamente eso, un dispositivo físico que genera una sensación de dominio sobre el entorno.
Y lo peor es que la experiencia no nos hace necesariamente mejores conductores. Cuanto más tiempo se pasa conduciendo, más se consolida la percepción de que uno mismo es un crack conduciendo, aunque la habilidad real no mejore en la misma proporción. La ilusión de control (ese “tranqui, que yo controlo”), nos lleva a conducir con más riesgo. Este sesgo afecta igual a conductores noveles que a veteranos. Tener el carné desde hace veinte años no neutraliza el sesgo; en muchos casos, lo amplifica.
Lo más perturbador no es que la gente se crea mejor conductor antes de tener un accidente, es que lo sigue creyendo después de tener uno que ha provocado. En 1965, Preston y Harris entrevistaron a 50 conductores hospitalizados tras accidentes en los que la mayoría de los entrevistados fueron declarados responsables tras la investigación y los compararon con 50 conductores sin historial de accidentes.
Ambos grupos se valoraron por encima de la media. La percepción de sus propias capacidades no cambió después de los accidentes; simplemente atribuyeron el siniestro a factores externos. Esto es el núcleo del problema para la seguridad vial: el feedback negativo no llega, y cuando llega, se rechaza.
Las campañas de seguridad vial están condenadas a fracasar
El conductor que ve un anuncio sobre exceso de velocidad piensa que va dirigido al otro. El que lee sobre distancia de seguridad cree que él ya la respeta. Este mecanismo —técnicamente llamado efecto de tercera persona— se alimenta directamente de la superioridad ilusoria. No es cinismo ni mala fe, es un sesgo cognitivo profundo que opera de forma automática.
Lo más incómodo es que no hay una solución clara. Los simuladores y las clases de conducción segura mejoran habilidades, pero no hay evidencias sólidas de que lo aprendido se traslade luego a la carretera en el día a día, más allá de unos pocos días después del curso.
Mientras eso no cambie, el cuñado seguirá siendo el peor conductor de la familia. Y tú también. Al igual que yo.
Imágenes | Max Avans, Anatoli Idetov, Motorpasión
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