
Las emociones influyen en nuestra manera de conducir, especialmente las negativas.
Hay cosas que la psicología lleva años diciéndonos y que seguimos ignorando. Una de ellas es esta: si acabas de tener una bronca, con tu pareja, con un familiar o con quien sea, y tienes que coger el coche (o ya estás conduciendo), es una situación que puede costarte muy caro.
No es intuición ni sentido común popular, es ciencia.
El riesgo se multiplica por diez
En 2016, el Virginia Tech Transportation Institute publicó en las ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ los resultados del mayor estudio naturalista de conducción realizado hasta entonces. Más de 3.500 conductores, más de 35 millones de millas de datos reales recogidos con cámaras, sensores y radar instalados en los propios vehículos de los participantes. Sin laboratorio, sin simulación. Conducción real.
Una de las conclusiones fue tan clara que resulta difícil de ignorar: conducir mientras se está visiblemente enfadado, triste, llorando o emocionalmente agitado multiplica casi por diez el riesgo de accidente. Para poner eso en perspectiva: usar el móvil al volante lo dobla. La emoción intensa es, en términos de riesgo, mucho más peligrosa que la distracción por las pantallas que tanto preocupa a las autoridades.
¿Por qué? Porque las emociones intensas consumen recursos cognitivos. Producen lo que los psicólogos llaman "visión de túnel". El cerebro estrecha su foco, ralentiza los tiempos de reacción y deja de procesar correctamente el entorno. No es que el conductor quiera conducir mal. Es que literalmente no puede hacerlo bien.
Lo que ocurre dentro del cerebro. Cuando discutimos, el sistema nervioso entra en un estado de activación que no se apaga al salir por la puerta. La ira reduce la percepción del riesgo, es decir, el conductor siente que controla más de lo que realmente controla, y tiende a conducir a más velocidad, de forma más agresiva.
La tristeza genera pensamientos intrusivos que compiten con la atención. La ansiedad mantiene el cuerpo en alerta, pero de una forma que no ayuda a conducir: los reflejos se vuelven bruscos, las decisiones se precipitan.
‘Las emociones en la carretera’ de Fernando Gordillo, Lilia Mestas y José M. Arana de la Universidad de Salamanca y la Universidad Complutense de Madrid, lo resume con precisión. “Las emociones influyen sobre procesos cognitivos como la atención, la memoria y la toma de decisiones, que afectan al rendimiento de las personas durante la conducción”. Las emociones negativas perjudican la conducción porque sencillamente ya no estamos a lo que tenemos que estar. No es una cuestión de carácter ni de experiencia al volante. Es nuestra naturaleza.
De un estudio realizado a petición de Audi España se desprende que los conductores españoles que se consideran personas tristes o pesimistas sufren accidentes de tráfico en porcentajes significativamente mayores (72% y 61,1%, respectivamente) que aquellos que se describen como alegres y optimistas (43% y 42,8%). Bajo el aburrimiento se presta menos atención, y bajo la irritación e indignación los conductores olvidan el respeto a los demás y asumen más riesgos.
La DGT ya lo sabe, y avisa. El estudio de Audi tiene ya 20 años, pero sigue siendo pertinente. De hecho, la propia Dirección General de Tráfico española lo recoge en su ‘Manual de Psicología Aplicada a la Conducción (edición 2024)’: los conductores que reaccionan con malestar o enfado tienen un 30% más de probabilidad de sufrir una colisión. Los que directamente no saben controlarse emocionalmente tienen un riesgo cinco veces mayor de accidente grave.
Desde 2024, además, los cursos de reeducación vial en España incluyen por ley un módulo específico sobre "el importante papel que puede jugar el estado emocional en la seguridad del tráfico". Llevamos décadas hablando del alcohol, la velocidad y el móvil. El estado emocional lleva años esperando su campaña.
Imágenes | RNDE, Kristine Javashvili, Vitaly Gariev
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