Australia tiene la segunda recta más larga del mundo. Y no es la única interminable y aburrida del país. ¿La solución para no dormirte al volante? Jugar
Australia, ese país donde las arañas grandes como tu cabeza son inofensivas y los insectos más pequeños y monos pueden matarte en cuestión de segundos, es un país de contradicciones. Los atascos de Sidney son eternos, por ejemplo, y al mismo tiempo tienes carreteras que no son más que una recta interminable de 150 km, sin paisajes ni tráfico.
Y esa recta en el desierto, sin apenas tráfico, puede ser mucho más peligrosa que un tramo de curvas con niebla en las Blue Mountain. ¿Por qué? Porque te aburres y te duermes. Por eso han instalado señales de tráfico a lo largo de esas rectas que no son más que preguntas y respuestas de Trivial Pursuit.
¿Falta mucho para llegar?
Existe un tipo de peligro en la carretera que no tiene nada que ver con la velocidad o las curvas peligrosas: es el peligro de que no pase nada. Que el paisaje no cambie, que no haya que girar el volante, que el cerebro, sin estímulos, decida desconectarse sin avisar. En Australia, ese riesgo es una realidad cotidiana y a una escala difícil de imaginar desde España.
El interior del continente australiano es un territorio extremo para los conductores. La llanura Nullarbor ("sin árboles", en latín) se extiende por más de 200.000 km² de tierra caliza sin elevaciones ni variación alguna en el horizonte. Por ella transcurre la Eyre Highway que con un tramo recto de 146,6 kilómetros es la segunda recta más larga del mundo, siendo la primera la autopista A10 en Arabia Saudí. A 110 km/h, la velocidad máxima legal en esa zona, completarla lleva casi hora y media sin necesidad de mover el volante ni una sola vez.
Completarlo a 110 km/h lleva cerca de hora y media sin necesidad de tocar el volante. Y no es la única carretera así. La Stuart Highway cruza el país de norte a sur en más de 2.700 kilómetros con gasolineras separadas hasta 250 km entre sí y temperaturas de hasta 45 ºC. La Barkly y la Flinders Highway completan un mapa de rutas con el mismo perfil: asfalto decente, trazado predecible, paisaje repetitivo y prácticamente ningún otro vehículo a la vista.
La ciencia tiene nombre para lo que genera esa combinación de buen asfalto y monotonía: hipnosis de la carretera, o fiebre de la línea blanca. No es quedarse dormido, sino algo más engañoso.
Hipnosis de la carretera, o cuando conduces sin pensarlo
En la hipnosis de la carretera, el conductor sigue con los ojos abiertos y mantiene la velocidad, pero ha dejado de ser consciente de lo que hace. El cerebro entra en piloto automático y puede funcionar así sin que su dueño lo note. Los estudios señalan que este estado puede alcanzarse con apenas 20 minutos en un entorno monótono, mucho antes de que el conductor perciba que algo va mal.
Las consecuencias van desde la aceleración inconsciente hasta un tiempo de reacción prácticamente nulo. En Australia, la fatiga es cuatro veces más frecuente como causa de accidente que el alcohol o las drogas, y en Queensland es responsable de entre el 20 y el 30% de las muertes en carretera.
Ante este problema, las autoridades del estado de Queensland han ideado una solución sorprendentemente sencilla: preguntas de trivial en las señales de tráfico.
Al entrar en una zona considerada de alta fatiga, un cartel amarillo avisa: "Zona de fatiga. Los juegos de trivia te ayudan a mantenerte alerta." A partir de ahí, cada pocos kilómetros aparece una señal con una pregunta y, algo más adelante, otra con la respuesta. “¿Quién fue el primer ministro de Queensland? Sigue conduciendo y lo descubrirás”. Las preguntas van rotando para que los conductores habituales no se las aprendan de memoria.
El mecanismo que explota esta solución es el mismo que describe la neurociencia, un estímulo inesperado e irrelevante para la tarea que se está realizando obliga al cerebro a salir del automatismo. Leer la pregunta, buscar en la memoria, debatir la respuesta con quien viaja en el asiento del copiloto o anticipar la respuesta hace que se active nuestro cerebro.
La profesora Narelle Haworth, directora del Centre for Accident Research and Road Safety de Queensland, avala la lógica del sistema, aunque reconoce que no existe todavía ningún estudio que haya medido con rigor su impacto real en los accidentes. Tampoco hay preguntas que sustituyan una parada y una siesta cuando el cuerpo lo pide.
La iniciativa nació en 2012 en Queensland y se ha ido extendiendo a cinco carreteras del estado. En 2024 llegó al Territorio del Norte. Pero sigue siendo una medida local, no nacional: la gran recta de Nullarbor, por ejemplo, no tiene preguntas. Allí se recurre a bandas sonoras en los arcenes y señales de advertencia convencionales.
La imagen que deja todo esto es llamativa: un país combatiendo uno de sus mayores problemas de seguridad vial convirtiendo sus carreteras más inhóspitas en una especie de concurso de cultura general. No es la solución definitiva. Pero mientras conduces por un desierto infinito intentando responder a una pregunta, no estás dormido.
Imágenes | Bahnfrend, Diceman
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