Maserati Ghibli Diésel, prueba (parte 2)

En el Maserati Ghibli Diésel, se nota el toque artesanal en algunas partes del interior. Por ejemplo las costuras del tapizado con sus pequeñas arrugas e irregularidades, demuestran que no las hace una máquina alemana, sino una señora italiana que lleva toda la vida ejerciendo de costurera y se llama Francesca.

Esa artesanía se combina que tiene su encanto, se combina a su vez con elementos como el Maserati Touch Control y su el pantalla táctil de 8,4", que nos deleita con un menú muy intuitivo y fácil de usar. Todo de serie. Esa pantalla aglutina tanto los mandos de la radio y navegador como los de la climatización, que por su parte tiene los botones separados en una consola central.

El volante tiene un tacto bueno, a pesar de que para mi gusto es un pelín grande. Por su parte los mandos que se sitúan en los brazos del mismo no son muy intuitivos y son demasiado pequeños. ¿Por qué no los hacen más grandes si tienen espacio de sobra?

Los asientos son cómodas butacas con un buen apoyo lateral, tapizadas en piel de color granate en el caso de la unidad de pruebas (3.170 euros). Lucen el logotipo de la marca sobre los reposacabezas delanteros y traseros y son cómodos y deportivos al mismo tiempo, como esperas en un coche de estas características.

El salpicadero por su parte también va perfectamente tapizado en piel, otro extra que cuesta 1.056 euros. Está presidido por el pequeño reloj de agujas situado en posición central. Un reloj elegante y conseguido, no como el de algunos de sus competidores más directos.

En las plazas traseras hay espacio de sobra para las piernas, y únicamente los ocupantes de la plaza central tendrán problemas debido a la mayor altura que le confiere el túnel central.

Por lo demás, el ambiente del interior es magnífico, principalmente por la perfecta combinación que crean los materiales nobles como la fibra de carbono (opcional por 3.144 euros) que se sitúa por toda la consola central que combina a la perfección con el techo forrado en alcántara oscuro (opcional por 1.603 euros).

En la consola central hay una guantera de gran tamaño, así como otros dos compartimentos más pequeños perfectos para dejar los objetos cotidianos. En este sentido es un coche muy práctico. Además en la parte delantera de la banqueta encuentras un interruptor que permite mover los pedales de forma eléctrica para encontrar la posición de conducción perfecta. Todo un punto a su favor.

Detalles que desentonan antes de ponerlo en marcha

Como casi siempre ocurre en un coche de este segmento, hay algunos detalles que desentonan, que ensombrecen un conjunto que salvo por estas pequeñeces, está a un nivel como puedes esperar en un Maserati.

Hablo por ejemplo de la tapa del maletero, que hace un ruido feo al cerrarla, ya que pesa muy poco y tiene poca consistencia. En ese sentido me recordó más a un Fiat Línea que a lo que esperas de un Maserati. El interior del maletero por su parte no tiene revestimiento de la parte superior, por lo que es fácil rozar tus preciosas maletas de Louis Vuitton contra el aluminio visto.

Aunque hemos nombrado muchos elementos opcionales, lo cierto es que el equipamiento de serie es bastante completo. Además por menos de 4.500 euros cada uno, dispones de los Paquete Comodidad, Paquete Premium, Paquete Clima Frío, Paquete Business, Paquete Business Plus, Paquete Executive, Paquete Executive + asientos con ventilación y el Paquete Sport para equipar el coche a tu gusto.

Llega el momento de ponerlo en marcha. La llave es un telemando muy grande y pesado, para que sientas siempre que llevas en tu bolsillo las llaves de la máquina que siempre has querido tener en tu poder. Lleva el tridente de Maserati en un tamaño muy llamativo, para marcar el terreno cuando la dejas encima de la mesa en el restaurante.

El coche cobra vida pulsando un botón, situado a la izquierda del volante como si de un Porsche se tratase. La unidad de pruebas equipaba el sistema de acceso y arranque sin llave, así que sólo tienes que dejar el pesado telemando en alguno de los huecos del habitáculo, pisar el freno y arrancar el motor.

En un primer momento ya aprecias que el sonido del motor no tiene casi nada que ver con el que esperas en un diésel. Únicamente si tienes el oído muy fino, por las mañanas saliendo del garaje con las ventanillas bajadas y el motor todavía fuera de su rango de temperaturas óptimas te darás cuenta de que estás al volante de un diésel.

Una vez que el motor ya tiene temperatura, es el momento de ver como se comportan esos 275 caballos de los que hace gala. El motor se siente muy lleno desde bajas revoluciones, con una respuesta rápida e inmediata a los movimientos del acelerador.

El sonido ronco que acompaña acompasadamente a la aguja del cuentarevoluciones mientras sube de marchas, es bonito, deportivo y no defrauda a los ocupantes del lujoso habitáculo. Dispone de un sistema llamado Maserati Active Sound que se encarga de afinar la melodía. El par motor se hace notar si le pedimos la respuesta adecuada, tiene patada y te pega al asiento como esperas de un diésel de planteamiento deportivo. No es para menos porque tienes 600 Nm desde las 2.000 RPM.

El coche se nota mucho más ágil que el Quattroporte, y eso se agradece. Las suspensiones no son especialmente duras, y eso que este llevaba las llantas opcionales de 20 pulgadas que amortiguan peor los baches.

La palanca de marchas que permite manejar la caja ZF de ocho marchas es muy tradicional, con posiciones P, R, N y D. No hay levas tras el volante ni la palanca se mueve hacia los lados para permitir un uso secuencial, sino que este modo se activa cuando una vez que tienes el selector en D, lo empujas de nuevo hacia atrás.

No es el método más intuitivo, ni el más práctico, y volver de nuevo a la posición D es casi imposible salvo que seas un maestro en esto de meterla en el sitio o que optes por pulsar dos veces el botón M situado a la izquierda de la palanca, el actual activa o desactiva el modo secuencial. En este sentido el Ghibli debe mejorar para hacer estos sistemas más prácticos y utilizables para cualquiera. Además carece de levas de cambio en el volante, algo que debería llevar de serie o al menos ofrecerlo en opción.

Dinámicamente el coche se siente muy ágil, y acelera con contundencia. Durante los más de 350 kilómetros de la prueba, eminentemente en ciudad, el consumo fue de 10,7 l/100 km, y eso que inexplicablemente no entró el start/stop en funcionamiento en ningún momento.

El motor estira bastante para ser diésel, aunque no es necesario estirarlo porque tanto en la banda media de revoluciones como abajo, tiene respuesta más que de sobra.

Por desgracia una vez más toca hablar de la caja de cambios ZF, que no parece llevarse del todo bien con el motor y la electrónica, y en ocasiones cuando esperas que pase a la marcha superior para seguir acelerando, avanzando y empujando, la caja se queda "atrapada" en una marcha inferior a la adecuada sin motivo alguno.

Ese es tal vez el mayor defecto del Maserati Ghibli Diésel, que el conjunto no parece estar perfectamente coordinado entre si, y eso te lleva a situaciones que no esperas en un coche de estos tiempos.

Es extraño porque las cajas de cambios ZF de 8 velocidades están de sobra probadas en otros modelos. Tal vez tengan que afinarlo un poco más en el futuro.

Dejando este aspecto a un lado, el Maserati Ghibli Diesel cumple más que de sobra con las expectativas. La dirección tiene un tacto bastante directo y preciso, lo cual ayuda cuando lo conducimos en ciudad.

El sonido está muy conseguido, ya que a pesar de tratarse de un motor tres litros, suena como un bi-turbo diesel de Audi o BMW. En Modo Sport la intensidad del sonido se hace notar todavía más, es un sonido ronco y agradable al oído tanto en el interior como en el exterior gracias al Maserati Active Sound.

Continuará el lunes con el desenlace final de la prueba y las conclusiones...

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