Un Porsche de 800 CV, una bicicleta extrema y un final abrupto: así fue el intento de récord de velocidad más loco de los años 70

Un proyecto que terminó en fracaso y quedó marcado por la muerte prematura del ciclista

Irene Mendoza

La historia de la automoción no se ha escrito sólo a base de tecnología, industria, motores, récords de velocidad y competición. A veces se construye en el límite de lo extremo, con proyectos tan radicales que parecen imposibles para un ser humano incluso antes de intentar llevarlos a cabo. El de Jean-Claude Rude es uno de ellos.

En 1978, con solo 23 años, este ciclista francés decidió que quería ser el humano más rápido jamás visto sobre una bicicleta. Tenía una obsesión muy concreta: alcanzar los 240 km/h aprovechando el rebufo de uno de los coches de carreras más salvajes de su tiempo, un Porsche 935 de 800 CV del equipo Martini Racing pilotado ni más ni menos que por Henri Pescarolo.

Un récord que solo podía nacer a rebufo de un coche

Desde principios del siglo XX, los grandes récords de velocidad en bicicleta demostraron que, a partir de cierto punto, no ganaba quien pedaleaba más fuerte, sino quien mejor vencía a la aerodinámica colocándose a rebufo de un vehículo. En 1962, el francés José Meiffret fue el primero en superar los 200 km/h tras un Mercedes 300 SL modificado. Y once años después, el estadounidense Allan Abbott subió el listón hasta los 223 km/h en las salinas de Bonneville.

Porsche 935 Récord velocidad bicicleta truncado

Jean-Claude Rude quería ir un paso más allá. Sabía que no bastaba con un coche rápido: necesitaba uno de competición, capaz de sostener velocidades extremas con precisión. Así apareció Henri Pescarolo, piloto oficial de Porsche y leyenda de Le Mans, que tras semanas de insistencia aceptó ponerse al volante del Porsche 935 y convertirse en la pieza clave de todo el experimento.

El Porsche 935 y la bicicleta más extrema que se recuerdan

Pero el Porsche 935 Turbo no era precisamente un coche dócil. Su enorme turbo entregaba la potencia de forma salvaje, obligando a Henri Pescarolo a dosificar el acelerador con una precisión de relojero. Mantener al ciclista dentro del rebufo era vital: sacarlo de esa burbuja de aire a más de 200 km/h significaba, con toda probabilidad, una caída fatal. “Su vida estaba literalmente en mis manos”, recordaría años después el piloto en declaraciones recogidas por Porsche.

Para maximizar la estela aerodinámica, Porsche diseñó una estructura trapezoidal en la zaga del coche y un rodillo en el parachoques trasero que permitía a la rueda delantera de la bicicleta pegarse literalmente al 935. La bicicleta tampoco tenía nada de normal: un plato delantero casi del tamaño de la rueda, un piñón trasero diminuto y un desarrollo tan largo que cada pedalada hacía avanzar 27 metros.

Arrancar por sí solo era imposible, así que una motocicleta empujaba a Jean-Claude Rude mediante una pértiga hasta alcanzar velocidad suficiente. Tampoco ayudaba el entorno. El intento se realizó en el circuito de pruebas de Volkswagen en Ehra-Lessien, cerca de Wolfsburgo, una pista con rectas que empezaban y acababan en curva. Nada que ver con las largas líneas rectas de Bonneville: aquí coche y ciclista tenían que ir muy sincronizados.

El 23 de agosto de 1978, a las 10:30 de la mañana, comenzó el intento definitivo. La motocicleta impulsó a Rude hasta unos 150 km/h y, a partir de ahí, todo quedó en manos de sus piernas y de la precisión del piloto, Durante unos segundos, los ansiados 240 km/h parecían posibles, pero entonces pasó una de las mil cosas que podían pasar.

El neumático trasero de la bicicleta reventó, un fragmento de caucho se atrapó en el cuadro y la rueda quedó bloqueada. Rude logró controlar la derrapada y salir ileso, pero el susto fue definitivo y el proyecto nunca volvió a intentarse, quedando congelado para siempre cuando el ciclista falleció poco después y el 935 modificado pasó a ser una de las historias más extremas y frágiles jamás asociadas a la velocidad.

Imágenes | type7, Porsche 

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