Quieren cerrar el centro de la ciudad al tráfico... y es todo un error

A raíz del Plan de Movilidad de Madrid cuyo contenido se filtró hace unos días, y teniendo en cuenta cuál es la tendencia que siguen cada vez más ciudades europeas en cuanto a restringir el tráfico al vehículo privado, nos ha dado por reflexionar acerca de este hecho y lo vamos a hacer desde dos perspectivas. Por el momento, va la consideración de que cerrar la ciudad al tráfico es un error.

¿Cómo? ¿Un error? ¿Con la que está cayendo? ¿Con la boina madrileña, las partículas tóxicas, el ruido, los atascos y todo lo demás? Sí, toda una equivocación que corre de ciudad en ciudad y de país en país. Analicemos por qué se puede considerar que a día de hoy cerrar el centro de las ciudades al tráfico es todo un error.

Tomando como punto de partida el caso de Madrid, resulta que actualmente alrededor de un 29 % de los desplazamientos se realizan a bordo de un vehículo privado. La apuesta está en reducir esa cantidad de vehículos, tratando de potenciar el uso del coche de San Fernando y también el uso del transporte colectivo de viajeros.

No aprendimos de la experiencia del tranvía

-- ¿Qué falta hace el coche en Los Ángeles? ¡Tenemos el mejor transporte público del mundo!

Hace unos días hablábamos de cómo caducó el modelo del tranvía en Estados Unidos y concluimos que no hubo tanto una conspiración como la demostración de que las cosas, cuando no se tienen por su propio pie, se caen a la mínima que alguien les propina un empujón. También dijimos (lo comentó alguien que firmaba como losenergeticos, sin que quedara claro si era uno o muchos, bien avenidos) que hay transportes públicos que no son tan limpios como se les supone.

Y aquí comenzamos a acercarnos a uno de los puntos clave para el rechazo a la medida que impone el toque de queda para el vehículo privado. ¿Hasta qué punto es menos... sostenible --como se dice ahora-- desde un punto de vista macro, ir en ir un coche actual que viajar a bordo de según qué mamotreto vacío y humeante, que le da cincuenta mil vueltas al barrio antes de dejarnos donde nosotros queríamos estar?

Ah, no, que no nos deja donde queríamos estar. Un momento, que hay que hacer transbordo...

Y sí, el metro también contamina. Aunque no sea de forma directa en el lugar en el que se mueve.

Sí, yo también utilizo varias de estas, pero una cosa no quita la otra

Pero volvamos al lugar en el que estábamos. Estábamos haciendo transbordo para ir de aquí a allá y de allá a aquí, y es que nuestra movilidad actual no es en absoluto comparable con la que teníamos hace unas décadas. De hecho, el éxodo masivo de las grandes ciudades a las periferias cada vez más concurridas no ha hecho sino disparar la necesidad del transporte privado.

¿Que por qué? Pues porque ni todo el mundo vive fuera de la ciudad por capricho ni todo el mundo acude al centro de la ciudad a pasear (y aunque así fuera... pero bueno, pongamos que no lo es). Hoy por hoy (y mañana por mañana), por definición el transporte privado es mucho más eficaz moviéndonos que lo que nunca podrá ser el transporte colectivo.

El engaño, la única vía para vencer sin convencer

El transporte privado se ajusta como un guante a las necesidades de la persona que lo utiliza, mientras que el transporte público no lo hace. Ni en ruta, cosa que ya hemos comentado, ni en horarios. Y el tiempo es dinero. Sí, dinero. Del que se encuentra o no en nuestros bolsillos. Por cierto, que si hablamos del vil metal (que de vil no tiene nada), habría que ver por cuánto nos sale la broma de ir arriba y abajo en transporte público.

Entre lo que pagamos por las infraestructuras, por los convoyes y por los billetes, la cuantificación se hace casi imposible, y el plato de la balanza se inclina a favor del transporte privado, excepto si uno tiene el pie derecho relleno de plomo o si lleva un coche especialmente caro o gastón. Con sólo comparar un poco los desplazamientos del día a día, hay muchos casos en que las cuentas no salen.

Una de las medidas previstas en Madrid consiste en aumentar el precio del aparcamiento:
de 2,75 euros a 4,85 euros, por dos horas en zona azul

La única forma de contrarrestar esta realidad es con engaños: el engaño de privatizar la calle, que es de todos, y cobrarnos un dinero por aparcar (al aire libre y bajo las palomas cagonas), el engaño de subvencionar el transporte público (cosa que ya vimos que no funcionaba), el engaño de hacernos sentir culpables por usar un medio de transporte mucho más eficiente que el que nos quieren vender...

Otro ejemplo: entre las medidas anunciadas para Madrid, se habla así del autobús: ante la “caída sostenida” de la velocidad de circulación, por la cual el 25 % del tiempo de trayecto trascurre en atascos o en semáforos en rojo, se quiere incrementar en 90 kilómetros la red de carriles BUS, dando además “máxima prioridad” a los autobuses en cruces con poco tráfico.

Aunque vayan de vacío, hay que entender.

Si nos vamos hacia Barcelona, tenemos otro tanto en la fabulosa infraestructura del tranvía, que hace un decenio eliminó carriles de circulación para dar cobijo a las hormigas que puedan pasear por los casi 30 kilómetros de vía que corta la ciudad prácticamente de punta a punta. Un espacio que queda perennemente reservado, ¿para qué, exactamente?

La presión del transporte colectivo es otra herramienta que están utilizando los gestores del espacio público para privatizar ese espacio de una forma que no le está permitida al ciudadano común. Y la parte más negativa de todo es que nos lo presentan como una forma de hacer más fácil nuestro día a día. Todo por nosotros, pero sin nosotros. Total, que si no es con engaños, no nos vencen. Y ni con ellos nos convencen, que tan tontos no somos.

Pero no entremos en cuestiones más o menos afectivas, aunque si lo hiciéramos pocos sistemas de transporte saldrían menos favorecidos que los colectivos. ¿Por qué debemos arriesgarnos a convivir con una vasta tipología de desconocidos, algunos de ellos carentes de la menor noción sobre higiene, y no viajar compartiendo espacio sólo con personas que no nos van a representar una molestia?

¿Por qué tenemos que asistir, de forma involuntaria pero forzosa, a un concierto de sintetizador, acordeón y violín desgañitado a primera hora de la mañana, que nos quitan toda la concentración para simplemente disfrutar de la supuesta tranquilidad que nos brinda el transporte público? No es una cuestión de clasismo, sino de salud mental.

El trabajador, el gran perjudicado

Ojo, y no hemos entrado todavía en la gran masa de trabajadores que utilizan realmente el vehículo privado para ganarse el pan día a día. Más allá de la nube de trabajadores que, levantándose una hora antes y acostándose una hora más tarde (¿y la salud, y el descanso?), podrían acudir a sus centros de trabajo en nuestra ejemplar red de transporte público, están aquellos que no pueden hacer otra cosa que conducir si quieren ganarse el pan con el sudor de su frente.

Distingamos entre quienes lo tienen un poco menos difícil (los repartidores) y quienes lo tienen... ¡más difícil todavía!, como en el circo (los comerciales, representantes, vendedores, corredores, viajantes... o como les queramos llamar ahora).

Sobre los repartidores, es magnífica la propuesta esbozada en Madrid. Como en la llamada almendra central se producen 33.000 operaciones diarias de carga y descarga y como buena parte de esas operaciones se realizan fuera de lugar, en vez de remodelar las infraestructuras para adecuarlas a las necesidades de los ciudadanos, se va a hacer al revés: forzar a los repartidores a trabajar con limitaciones horarias en el aparcamiento.

Quien haya cargado cajas y sacos, y quien haya lidiado con clientes, comprenderá lo absurdo y lo injusto de la medida. Y quien no haya tenido el placer... mejor para él. Pero no sólo es eso. Es que se supone que esas 33.000 operaciones redundan en actividad económica y por tanto en impuestos. ¿Para qué, exactamente?

Pero quien de verdad puede sudar tinta china es el comercial que, sin siquiera un vehículo derivado de turismo, sino con un simple turismo cargado de carpetas de clientes, muestras y catálogos, albaranes, facturas por abonar y cheques sin pagar, tenga que vérselas con dios y su madre para seguir trabajando en una ciudad que, cada día más, le va a cerrar las puertas. Lo mismo: será que su actividad económica no es importante.

Mañana, nuestro compañero Ibáñez tratará de demostrar por qué eso de que nos quieran cerrar la ciudad al tráfico no es tan mala idea. Veremos qué nos cuenta.

Continuará...

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