¿Por qué se compró Bill Gates una aburrida berlina diésel si estaba encantado con su deportivo alemán? Quería ir más despacio, y no lo consiguió

Bill Gates
  • En los inicios de Microsoft, Bill Gates solía pensar y buscar inspiración pisándole a su Porsche 911

  • Acumuló tantas multas por exceso de velocidad que tuvo problemas con la justicia

Álvaro Ruiz

El magnate y filántropo Bill Gates tuvo un pasado algo turbio con la justicia por culpa de su afición a correr con el coche en la vía pública. 

Durante su juventud acumuló múltiples multas por exceso de velocidad y varias detenciones, de hecho, estuvo a punto de ir a la cárcel. Lo evitó comprando un Mercedes diésel muy lento.

Un Porsche 911 muy rápido y una forma muy curiosa de reflexionar

Antes de que Microsoft tuviera su sede en Bellevue, Washington, EEUU, la empresa fundada por Bill Gates y Paul Allen estaba en Albuquerque, Nuevo México, también en EEUU. 

Eso fue en la segunda mitad de los años 70, una época en la que Gates todavía era una figura anónima porque Microsoft era una empresa pequeña. Aun así, generaba suficientes beneficios como para que Gates se comprase como primer coche un Porsche 911 de segunda mano.

Ese deportivo jugó un papel importante en Microsoft y en la vida de Bill Gates. Cuando el empresario necesitaba pensar, cogía el coche para hacer kilómetros porque eso le ayudaba a reflexionar. El problema es que le gustaba conducir demasiado rápido y eso le acabó costando muchas multas, además de problemas con la policía y también con la justicia.

La famosa foto policial de Bill Gates detenido es de esa época, concretamente de 1977, cuando apenas tenía 22 años: curiosamente, no le arrestaron por exceso de velocidad, sino por saltarse un STOP y por no tener una licencia de conducir válida.

Unos años antes sí que fue detenido por exceso de velocidad y, más allá de las detenciones, acumuló tantas multas que tuvo que tomar una decisión como medida de autocontrol para evitar que le pusieran más. O al menos para intentarlo.

Y es que cuando Microsoft se trasladó al área de Seattle en 1979, Bill Gates seguía conduciendo su Porsche como si fuese robado, por lo que continuó acumulando multas.

De hecho, según ha contado él mismo en alguna ocasión, cuando tuvo que viajar de Albuquerque a Seattle lo hizo con su ‘nueveonce’ y en ese trayecto de 2.000 kilómetros le pusieron tres multas muy graves por exceso de velocidad.

Esa forma de conducir le llevó a tener una vista en el juzgado de tráfico de Seattle en 1983, cuando Microsoft ya era una empresa de dimensiones considerables. El día de la vista, Gates tenía una reunión con uno de sus rivales, Seymour Rubinstein, el dueño del procesador de texto más famoso en ese momento, WordStar. El objetivo del encuentro era hablar del lanzamiento de Microsoft Word, el procesador de texto de Microsoft.

A las puertas de la cárcel

Antes de la reunión, Gates le metió prisa a Rubinstein, explicándole que esa misma mañana tenía una vista en el juzgado de tráfico por sus multas de velocidad. Estaba a un paso de perder el carnet de conducir y algunas biografías señalan que incluso podía acabar en la cárcel.

Fue entonces cuando Rubinstein hizo que Gates “cambiase el chip”. Bill pensaba ir a la vista para discutir con la justicia, pero su rival empresarial le recomendó que fuese allí con otra actitud, que dijera que estaba arrepentido y que no iba a volver a correr con el coche.

Gates hizo caso y se libró de la retirada de carnet (también de cárcel, por supuesto). En ese momento, decidió tomar medidas para cumplir lo que había prometido en el juzgado de tráfico y no correr más.

Consciente de que no sería posible si seguía conduciendo su Porsche 911, pensó que con un coche más lento podría pesarle menos el pie, así que se compró un Mercedes-Benz diésel de color marrón, poco potente y, a priori, lo suficientemente aburrido como para que no le incitase a correr.

No se sabe qué modelo de Mercedes era ni cuándo lo compró exactamente, pero, probablemente, podría ser un W123 de finales de los años 70. La cuestión es que el plan del empresario estadounidense no salió bien y siguió acumulando multas por exceso de velocidad. Con el paso del tiempo, el Mercedes acabó averiado porque su dueño no le hizo el mantenimiento cuando tocaba.

Fue entonces cuando decidió acabar con su particular medida fallida de autocontrol y volver a los deportivos. Es más, poco después se compró un Porsche 959, aunque no pudo estrenarlo hasta que pasaron 13 años... pero esa es otra historia. Como aquella de cuando compró el que probablemente sea el coche blindado más lento de todos los tiempos: un ladrillo de Volvo a prueba de balas.

Imágenes | Microsoft, Mercedes-Benz, Unión Europea y Wikipedia

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